Opinión / A mí no me líe

Asirón y sus homenajes dan grima

Por Javier Ancín 14 Febrero, 2018 - 8:59

Si para ser político hace falta tener un cinismo bastante elevado, para ser un político del nacionalismo vasco lo de ser un cínico en grado superlativo es indispensable. Un político nacionalista vasco tiene unos niveles de cinismo tan potentes que podría poner él solo otro Tesla en órbita.

Joseba Asirón durante un acto de los partidos que conforman Bildu, incluidos los herederos de Batasuna.. MIGUEL OSÉS
Joseba Asirón durante un acto de los partidos que conforman Bildu, incluidos los herederos de Batasuna.. MIGUEL OSÉS

Entro al periódico y leo que el alcalde ha puesto dos descapotables a dar vueltas alrededor de la tierra, él solito. Otro homenaje antifranquista en el que se pone a la cabeza, como si yo, que me pongo de jamón hasta el culo, me pusiera al frente de una manifestación vegana.

Si conseguimos convertir el cinismo del nacionalismo vasco en combustible, por cantidad, tenemos asegurada la carrera espacial para los próximos 100 años. Al menos le habremos encontrado, por fin, una utilidad universal al nacionalismo, esa ideología destructiva que tanto daño ha hecho en los últimos 100 años en Europa.

Lo que no consiguió el régimen dictatorial de Franco, liquidar a los antifranquistas, lo continuó, tomando el testigo, el nacionalismo vasco, asesinando a tiros y bombazos a los que siguieron luchando contra el fascismo en democracia. El nacionalismo vasco se puso a la faena de acabar el trabajo que el dictador dejó a medias.

Pienso en Tomas Caballero, en Pamplona, un antifranquista que hasta que no lo acribilló el nacionalismo vasco, nadie pudo callar sus gritos de libertad. Un luchador contra una ideología dictatorial asesinado por otra -en realidad siempre es la misma-, ideología dictatorial.

Un antifascista al que lo mató ese fascismo vasco que hoy saca pecho, blanqueando relatos, falseando historias y sin haber pedido perdón jamás por la salvajada que montaron durante cuarenta años, aniquilando a todo lo que les molestaba para el proyecto de su patria fanática vasca.

Pienso también en López de Lacalle, que lo asesinaron en un anodino porche de Andoain, cuando volvía de comprar la prensa y echar un café de barrio. Su delito, escribir artículos y haber sido un luchador antifranquista que seguía peleando contra los herederos de aquel fascismo solo, a su aire, desde sus palabras. Dejó un charco de sangre roja, de izquierdas, y un paraguas volcado. El nacionalismo vasco volvió a terminar el trabajo que dejo Franco sin concluir. Franco lo metió a la cárcel cinco años. El nacionalismo vasco lo metió en la tumba con cadena perpetua.

O a Ernest Lluch, otro al que Franco expulsó de la universidad de Barcelona por subversivo, asesinado a manos del nacionalismo vasco en el siglo XXI por pedir diálogo, porque este ex ministro de sanidad siempre pedía el diálogo. El nacionalismo vasco nunca ha querido dialogar. Un 21 de noviembre lo mataron, como continuación macabra de la tradicional fiesta de fachas del 20-N. La traca final a los fastos fascistas de ese año. De fascista a fascista y tiro -en la nuca- porque me toca.

Por eso cada vez que le veo al alcalde nacionalista vasco de Irroña sacar pecho palomo, poniéndose el primero a homenajear a antifranquistas, me da una vergüenza ajena insoportable.

Que el nacionalismo vasco, ideología que más antifranquistas ha asesinado desde que Franco está muerto, les homenajee, da una grima que tira para atrás. Una grima tan grande que apesta, como los mil cadáveres que han dejado en nuestra cuenta constitucional, pudriéndose en la memoria que no quieren que nadie recuerde, estos últimos cuarenta años. Lo que ellos no saben, porque Shakespeare tampoco lo han leído, es que han conseguido llegar al trono de Escocia matando a Duncan, pero que la verdad de Malcolm y Macduff los derrotará para siempre. Y eso es todo.

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