Opinión / A mí no me líe

Escribir

Por Javier Ancín 20 diciembre, 2019 - 9:44

A veces se me olvida cuánto me gusta escribir. El acto de hacerlo. Sin preocuparme de que quede bien o mal, de si dice algo concreto o lo deja todo en el aire, volando.

Una mesa con adornos navideños y una carta. ARCHIVO
Una mesa con adornos navideños y una carta. ARCHIVO

Escribir incluso sin palabras. Como cuando de crío, en aquella Olivetti completamente mecánica que había por casa, ponía un folio y tecleaba frenético, sin componer ninguna frase, solo por el gusto de oírla percutir con aquellos brazos metálicos que salían de sus tripas y luego volvían a ellas, por crear ritmo con las letras hasta escuchar el timbre que te anunciaba el precipicio, empujar el carro hasta el otro lado y volver a hacer sonar la melodía.

Ese fue mi el primer instrumento musical que tuve. Antes de aprender piano, como hice años después, ya había tocado mil sinfonías.

Escribir... ahora con una copa de vino cerca, un café, parapetado tras un muro de libros, los pies sobre la mesa, música en los auriculares y dejarse llevar por el pulso de los dedos sobre el teclado táctil del iPad. Tac, tac, tac... Buscar el compás y disfrutar del trayecto. Sin destino. Desde que escribo sin teclas acaricio mejor la curva praxiteliana de tu cadera.

Algo de eso hago también cuando salgo a correr. No planifico la ruta, silencio los avisos de kilómetros, de velocidades, de minutos y solo escucho el pulsómetro. Entre 140 y 160 latidos por minuto donde quieran llevarme los pies. Una hora y media feliz por ese pentagrama en blanco.

Ojalá haber sido más joven para dilatar trotando ese espacio, ojalá que el vino o el café o la bebida isotónica fuera más caudalosa para que ese tiempo de juntar letras pudiera durar un libro entero. Nunca correré un maratón y nunca escribiré uno pero nunca dejare ya de correr y de escribir, como cuando era un crío.

Menos lo que quisiera olvidar, que eso ya he asumido que está tatuado, a veces se me olvida casi todo de lo que me gusta. Y de vez en cuando uno se lo tiene que recordar.

Lo que nunca se me olvida, desde niño, es la necesidad de buscar el avión cuando lo escucho rugir cerca. La necesidad de entornar los ojos, abrir inevitablemente la boca al levantar la cabeza para encontrarlo ahí arriba. Fiero cuando despega, completamente dócil cuando desciende.

Nunca pilotaré el avión que un día soñé con hacerlo pero nunca dejaré de viajar. Viajar, escribir, correr es estar vivo. Y no hay sensación más agradable que la de saber que durante un rato de tu vida eres completamente invencible, inmortal, niño y viejo a la vez. Eterno.

Escribir con la ilusión con la que siempre redactabas la carta de deseos a los Reyes Magos. No le pido más al año que viene. Eso... y que nunca más se vayan los que quiero.

“Busca algo que te guste, y hagas lo que hagas, ámalo; como amabas la cabina del Cinema Paradiso cuando eras niño”.

Feliz Navidad, amados lectores, por si no nos vemos. Y eso es todo.


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