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Opinión /

La victoria terrorista

Por Iñaki Iriarte 16 noviembre, 2015 - 0:22

Los países que sufren el terrorismo tienden a repetirse como un mantra que éste jamás conseguirá imponer sus ideas y que será derrotado.

Sin embargo, es preciso ser consciente de que el terrorismo es mucho más efectivo, en sentido literal, de lo que nos gustaría creer. Casi siempre acierta a producir aquello que busca crear: terror. Thomas Hobbes nos enseñó que el miedo es la más sociable de las pasiones, porque resulta mucho más poderoso que el interés o la razón para juntar a los individuos. Es innegable, pero el miedo sirve también para separar a unos colectivos de otros. Teje marañas de recelos que se tardan generaciones en deshacer, alimenta tanta incomprensión, que nos convierte en rehenes del pasado, poniendo ante nuestros ojos las premisas para un futuro enfrentamiento a gran escala.

Los atentados terroristas tienen a menudo un carácter ilocutivo: crean la realidad en la que creen. Consiguen, por ejemplo, que los protestantes y los católicos se odien en Irlanda del Norte, que los judíos no puedan convivir con los palestinos, o que los cristianos vean a los musulmanes como enemigos. Confirma, así, su visión del mundo, demostrándonos la validez de sus diagnósticos. Además, al actuar más allá de cualquier frente de batalla, torna ilimitada la geografía bajo amenaza. Tampoco emplea uniformes, con lo que logra que recelemos de todos los miembros del colectivo al que sus militantes pertenecen.  

En el caso concreto del terrorismo yihadista, nuestra principal amenaza, su éxito reside en convencernos de que cualquiera de los 1.300 millones de musulmanes del planeta puede desencadenar una masacre en cualquier momento. A partir de entonces la intolerancia se impone como la alternativa más prudente. Cada matanza indiscriminada refuerza el silogismo que concluye: “Son todos iguales”. Intentar matizar, diferenciar, reflexionar, ser riguroso, ecuánime, evitar las simplificaciones, ir más allá de lo inmediato, etc., se antoja una muestra de cobardía e incluso de velada complicidad con los monstruos.

El terrorismo radicaliza nuestro imaginario colectivo –el de todos, seamos o no conscientes de ello-. No nos deja casi más remedio que aceptar como una evidencia palmaria su perversa visión del mundo. “Es verdad, nos odian. Nunca van a dejar de hacerlo, da igual lo que hagamos. Debemos responder, odiarlos, eliminarlos a todos en cuanto sea posible y, mientras tanto, mantenerlos lejos de nosotros”.

Esto sucede así porque las bombas y los fusiles no sólo matan cuerpos: también mutilan nuestro código de valores, aquello que hace a Occidente algo más que otra civilización en la historia y lo convierte en un modelo atemporal. Los terroristas amputan de nuestro foro interno la generosidad, la tolerancia, la moderación, la templanza, la ecuanimidad, la curiosidad, la confianza, el respeto y la simpatía hacia los diferentes, hacia quienes vienen de ese amplísimo espacio geográfico al Sur y al Oriente de nuestro mundo. Con ello han conseguido erigirse a nuestros ojos en los referentes o arquetipos con los que cotejamos inquietos a muchos de nuestros vecinos. “¿De qué estarán hablando? ¿Ríen por el ataque? ¿Prepararán otra masacre? Se parecen a esos rostros que mostró la televisión…

Ese otro parece diferente, occidentalizado… pero acaso haya optado por disfrazarse y sea todavía más peligroso…”. Demasiadas personas corren el riesgo de dejar de contar como individuos y devenir en meros estereotipos a causa de su aspecto externo. Cada vez son más quienes piensan que habría que exigirles que borren de su apariencia cualquier signo que recuerde de donde vienen, que se quiten el pañuelo, que vistan como nosotros, que renuncien a parecer ser otra cosa. Que pidan perdón, en definitiva, haciéndose invisibles. Ya se ha vuelto improbable establecer verdaderos diálogos con ellos. Llegará un punto en que cualquier conversación sólo servirá para confirmar prejuicios y afianzar la mutua suspicacia.

Hay poco que decir en esta situación. Toda palabra que no sea de odio suena a flatus voci ante un charco de sangre. La malinterpretación va camino de erigirse en sistema. Pero acaso haya todavía que recordar que los crímenes los cometen los individuos y que ni nuestro derecho, ni nuestra moral nos permiten culpar por el parentesco o el parecido físico. Tampoco está de más recordarnos que en nuestra historia reciente se ha masacrado también en nombre de Cristo, de la Nación, del Socialismo, de la República, de la Democracia, la Civilización, la Igualdad y la Diferencia. El fanatismo se acomoda a cualquier credo: lo que le gusta es matar.

Ello, sin embargo, no implica que debamos cruzarnos de brazos o, peor aún, repartir guirnaldas de flores entre quienes nos odian, aguardando dócilmente el próximo zarpazo. Tenemos que combatir el fanatismo –con la palabra y, como esta rara vez es suficiente, también con las armas-, pero nada más que el fanatismo. En definitiva, no dejemos de ser sociedades abiertas.

De manera creciente empiezan a abundar las voces que acusan a la comunidad musulmana en Europa de mostrar una indiferencia cómplice con la violencia terrorista. Sé que estas acusaciones son injustas. Pero igual que a la mujer del César no le bastaba con ser honrada, ha llegado la hora de visibilizar en mucha mayor medida el desacuerdo. Sería, por ejemplo, muy hermoso ver un acto ecuménico en el que las diversas confesiones religiosas, cristianas, musulmanas, judías, etc., mostraran su respeto a la vida y su apuesta por la mutua tolerancia.  


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