Opinión /

Defender la tradición

Por Iñaki Iriarte 22 diciembre, 2020 - 7:33

Articular una defensa de la tradición, que no se cifra en la defensa de costumbres ya extinguidas, ni en la nostalgia de tiempos no conocidos, sino simplemente en el derecho a no estar perdido, a tener un hogar, una historia, una familia y una cultura. 

Una vista de la plaza del Castillo de Pamplona desde la calle Carlos III de la capital navarra. ARCHIVO.
Una vista de la plaza del Castillo de Pamplona desde la calle Carlos III de la capital navarra. ARCHIVO.

Entre los griegos era tradición que durante la fiesta de Atenea Tritogeneia las muchachas, divididas en dos bandos, se enfrentaran entre sí a pedradas y bastonazos. Entre los campesinos de Normandía era tradición que hacia el solsticio de verano los jóvenes escogieran a uno de ellos como “lobo verde”. Ataviado con ramas y arbustos se hacía amago de quemarlo en las hogueras de San Juan. En los valles cantábricos de Navarra era tradición anunciar a las abejas la muerte del señor o la señora de la casa, animándolas a hacer cera para sus funerales.

A lo largo del tiempo, la tradición -y con ella las costumbres- ha cambiado tanto que casi parece obligado concluir que constituye una especie de estafa, un invento cuya origen se ha puesto todo cuidado en ocultar. Se diría que Ravel acertaba cuando la definió como “la personalidad de los imbéciles”.

Pero las cosas no son tan simples.

En el fondo, no hay nada de contradictorio en que la tradición cambie. Apenas hay nada humano que no lo haga. También lo hacen las palabras, la moral, las ideas y el rostro de quienes queremos. Pero sin esos referentes efímeros nos es imposible aprender de nuestros padres, comunicarnos con nuestros coetáneos y enseñar a nuestros hijos. Y no hay, por lo tanto, memoria, comunidad, ni cultura. Tampoco el hecho de que la tradición sea inventada –como todo lo que no es pura biología- demuestra su futilidad.

A todos nos gusta volver a casa. Por mucho que nos divierta viajar o vivir experiencias nuevas. Igual que los animales vuelven a sus madrigueras o a sus nidos, a los primates bípedos que somos, el tiempo inclemente o la sensación de cansancio nos empujan a refugiarnos en un hogar. Es cierto que normalmente cambiamos de vivienda a lo largo de nuestra vida, cada vez  con más frecuencia. Pero eso no invalida la necesidad que tiene el ser humano de regresar a algo más que una habitación de hotel o una de esas cápsulas para dormir que hay en Japón. Y el progreso, las migraciones, los avances tecnológicos, la inteligencia artificial, etc., todavía no han podido borrar esa tendencia atávica.

Cuando nos mudamos a un nuevo barrio, a otra ciudad u otro país, por muy ilusionados que estemos, nos sentimos perdidos, desubicados. Y esa desagradable sensación permanece hasta que llegamos a familiarizarnos con nuestro nuevo territorio. Este verbo, “familiarizarse”, es un fantástico hallazgo del lenguaje. Porque no solo emparentamos con las personas, también lo hacemos con las cosas, las calles, los sonidos, los olores, los parajes y, especialmente, las casas. Desarrollamos hacia ellos un hábito de cercanía y esa sensación de comodidad, seguridad y confianza que caracterizan a lo familiar y nos ayudan a apropiárnoslos.

Todo esto tiene mucho que ver con la tradición. Esta es el conglomerado de ideas, costumbres, sabores, conceptos, rituales y sentimientos que nos dan estabilidad y nos reconfortan cuando estamos cansados. Algo así como un hogar para nuestra conciencia. La pequeña magia que, como dicen unos versos del poeta palestino Nizzar Qabanni, hace que amemos el pan y el café de nuestra madre, a pesar de que, al fin y al cabo, no sean sino pan y café corrientes.  

Por eso no puedo imaginar a alguien que pueda vivir sin algún tipo de tradición, de familia, de hogar, físico y mental. Un ser que soporte vivir en una mudanza perenne, en un mundo en el que todo cambie constantemente de forma y de fondo, en el que no se pueda decir qué está bien y qué está mal y no haya una estrella polar, una quibla. Un lugar en el que todas las palabras y todas las relaciones muten sin descanso y en el que, por ello, tus hermanos, tus hijos o tus padres puedan dejar de ser de golpe tus hermanos, tus hijos y tus padres.

Vivimos en una época desconcertante. No es que los cambios se hayan acelerado más de lo que resulta posible digerir. Tampoco es solo que el mundo se haya vuelto irreconocible para quienes lo levantaron. Es mucho más serio. Ante nuestros ojos hemos visto extenderse y conquistar la hegemonía a una moral que solo tiene como objeto burlarse de las referencias de quienes siguen los valores que les enseñó el amor de sus familiares y sus maestros. Extraña paradoja la del relativismo que se predica hoy en día: todo es relativo, todo es lícito, menos (¡ya es mala suerte!) los valores que tú consideras buenos. Esos, precisamente, son falsos y dañinos. No debes enseñarlos a tus hijos; ocúltalos. No se persigue, en efecto, procurar que cada uno pueda vivir en paz como crea correcto, sino obligar a quienes no comulgan con la “nueva lengua” a renegar de sus convicciones (inciertas, sujetas a la duda, pero tuyas) y hacerles proclamar públicamente su culpabilidad. Privar al ser humano de ese hogar para la conciencia.

Por eso, la cuestión no se cifra en que unas nuevas creencias sustituyan a las que han enmohecido. Porque apenas se nos ordena profesar un nuevo dogma, sus programadores empiezan a armar el discurso que conducirá a su interdicción. Hacia lo que apuntan es a que nadie tenga principios, ni marcos estables. Que el ser humano se quede solo, desnudo y (ellos creen) inocente, a merced de sus instintos. No ven que así no podrá hallar cobijo ni descansar.

El culto que Occidente ha prestado a la juventud ha traído dos grandes males. Paradójicamente, una sociedad envejecida y, al mismo tiempo, una sociedad que solo sabe seguir los preceptos de la moda. Somos como niños que rompen las torres que levantan, antes incluso de terminarlas. Agotados, frenéticos, sobreestimulados y que no quieren detenerse, dejar de jugar e irse a dormir. Cada vez más irascibles, más caprichosos y más asustados.

Es preciso dar una respuesta desde el plano de las ideas y el de la acción política a este desvarío. Articular una defensa de la tradición, que no se cifra en la defensa de costumbres ya extinguidas, ni en la nostalgia de tiempos no conocidos, sino simplemente en el derecho a no estar perdido, a tener un hogar, una historia, una familia y una cultura. Un marco de sentido, un pan y un café maternos. Poder celebrarlos y transmitirlos en paz, sin que sean atacados ni pintarrajeados.


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