Opinión / Editor del Grupo Diariocritico.

No hay política como el 'show' de la política

Por Fernando Jauregui 29 noviembre, 2015 - 22:20

Nunca lo importante y lo interesante tuvieron un divorcio más claro.

Nunca, jamás, desde que comenzaron aquellos debates Aznar-Felipe González en 1993, la televisión ha tenido un papel más protagonista en un proceso político en España. Jamás, en cuarenta años que quien suscribe lleva viviendo este proceso político, ha habido mayor presencia de los líderes en los medios y jamás, me parece, hemos tenido los españoles una visión más liviana, más superficial, más incierta, de lo que nos aguarda a la vuelta de las elecciones. Cambio, sí, pero ¿seguro que para bien? Eso quizá comencemos a entreverlo ya esta misma semana, cuando comienza la campaña 'oficial'; aunque ¿cómo saber si ahora el juego va de veras ante el 'show' que nos anega?

¿La cumbre del cambio climático? Pché, eso deja bastante indiferente, parece, a una opinión pública mucho más interesada en ver cómo se comporta Mariano Rajoy en su encuentro con Hollande a la hora de sortear cualquier petición inmediata de ayuda militar española para combatir el yihadismo en Siria.

¿Elecciones en Venezuela? Eso solamente sirve para tirarle algunas piedras a la cabeza a un candidato emergente, antes admirador del chavismo. ¿Qué ocurrirá en Cataluña?  Pues tampoco parece que eso apasione ahora a los españoles, pese al reto suscitado por la CUP asamblearia, y pese a que la mitad de los catalanes, dicen los sondeos, quiere nuevas elecciones como solución frente a la 'pesadilla Artur Mas'. ¿Reforma de la Constitución? Claramente, la gente no va a votar a favor o en contra de un partido porque se muestre en este punto más o menos regeneracionista.

Entonces, ¿qué? Entonces, resulta que hemos descubierto la piedra filosofal en el espectáculo político: a los españoles nos apasiona mucho más que escuchar propuestas y respuestas a los temas que acabo de citar, a lo que parece, ver a nuestra vicepresidenta montando en globo, al hombre que protagoniza el favor de las encuestas conduciendo un 'kart' o a quien fue la revelación de la temporada 2014, un político que no puede ser más atípico incluso en su aspecto físico, tocando la guitarra para interpretar 'duerme negrito'.

¿Quién diablos va a querer preguntar a los que mañana regirán los destinos de la nación por el porvenir climático, por el ambiente de guerra generalizada, por el mantenimiento del estado de bienestar? Bah, ya llegará todo eso cuando alguien nos gobierne, tras el 20-D, que ya llega: de momento, que viva el circo, ya que parece que también habrá pan.

Y conste que no abomino de este forzado acercamiento de los antes inabarcables políticos al espectáculo; simplemente, creo que hace falta otra cosa, algo más, un vistazo a lo que 'ellos' piensan hacer con las cuestiones que sin duda marcarán nuestras vidas, nuestra democracia, nuestra conformidad con la tierra. Sí, es la frivolización. Esa que hace ganar puntos a un presidente del Gobierno cuando se convierte en inesperadamente simpático comentarista deportivo, o cuando gana, como ganará esta semana, a Bertín Osborne al ping pong.

La que dice que 'humaniza' a Pedro Sánchez tragándose una cerveza con tabasco, a Albert Rivera casi volviendo a desnudarse, ahora anímicamente, como en los viejos tiempos hizo físicamente, o a Pablo Iglesias contándole sus cosas a una María Teresa Campos, a la que hace un año hubiese calificado sin dudar de formar parte de la 'casta'. No, no ha virado solamente el líder de Podemos, ni ha mudado Rajoy hacia una proximidad no hierática; lo han hecho también todos los demás. ¿Por qué se me ocurre en estos días tan agitados rememorar aquella película, tan exagerada, titulada 'el show de Truman', o algunas otras similares?

No, no es la dictadura de la televisión: la caja no tan tonta juega su papel, que también tiene, claro, su parte positiva. Por ejemplo, cuando comience, que ya comienza, la etapa de los debates, en los que confío que los contendientes entrarán más a fondo a explicarnos sus hasta ahora desvaídos programas.

Lo que ocurre es que el cambio parte en dos al cuerpo social ante unas elecciones más decisivas que nunca, alumbradas por los sorprendentes resultados de las encuestas, que dicen que tres formaciones van empatadas en cabeza: nunca, que yo recuerde, habíamos asistido a algo igual. El estallido definitivo del bipartidismo. Y ese cambo es interpretado en clave espectacular por unos, en clave sosegada, o llámele inmovilista, por otros.

Y, así, tenemos desde aquel primer encuentro, hace algunas semanas, Rivera-Iglesias ante las cámaras, de la mano de Jordi Évole, o ese otro cara a cara que se prevé entre Rajoy y Sánchez y que moderará la misma persona que moderó el 'encuentro decisivo' entre Aznar y Felipe González. En 1993, ya digo. Así que en esa disyuntiva, por poner un ejemplo gráfico y televisivo, que es lo que está de moda, andamos.


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