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Opinión / Editor del Grupo Diariocritico.

Elecciones catalanas

Por Fernando Jauregui 13 septiembre, 2015 - 18:11

Titulo esta crónica como la titulo consciente de que estamos inmersos en la campaña más atípica de cuantas haya uno vivido en sus ya muchos años como comentarista político. Ni siquiera en la definición (¿autonómicas? ¿plebiscitarias? ¿primarias hacia las generales?) de las elecciones se ponen de acuerdo ni los protagonistas, ni los politólogos, ni los ciudadanos, que somos al fin y al cabo los sujetos pacientes de lo que inventan nuestros representantes para crear problemas de manera que luego se sientan satisfechos de haberlos solucionado (o no...) 'in extremis'.

   Trece días, muchas encuestas y supongo que algunas sorpresas -por ejemplo: ¿en qué acabó el registro de Convergencia por la Guardia Civil?- nos quedan por delante para llegar al gran acontecimiento, ese 27 de septiembre en el que, gane quien gane, vamos a perder todos, aunque espero que no lo perdamos todo. Mariano Rajoy trata de situarse en modo estadista en sus discursos en Cataluña; a Pedro Sánchez se le notan las ganas de convertirse en presidente del Gobierno central, Albert Rivera es, de todos los futuros candidatos nacionales, quien pisa terreno más conocido y Pablo Iglesias la verdad es que no sé en qué anda, porque cada día le escucho un mensaje más dispar que el anterior.

   Frente a este panorama, los candidatos a las elecciones 'autonómicas' propiamente dichas adoptan formas y fórmulas variadas, pero todos andan como perdidos: Albiol, del brazo de Rajoy, en clave de mítines minoritarios, porque el PP tiene muy poco que hacer en Cataluña; Iceta, bailando ante los suyos, que tampoco son demasiados, con un Pedro Sánchez que anda como descolocado, sin poder imponer sus tesis federalistas, aún poco claras; Rivera, con Rivera, eclipsando obviamente a su aún bastante desconocida candidata Arrimadas; los de Podemos, discutiendo si son o no de Podemos; y los independentistas...

De los independentistas, un observador que, como yo, se sitúa a seiscientos kilómetros del epicentro de las tormentas, aunque ocasionalmente se acerque a él, tiene que hablar con distancia y con la mayor objetividad posible, teniendo en cuenta el apriorismo de que la independencia de Cataluña me parece una catástrofe para 'ellos' y para 'nosotros', que en el fondo somos lo mismo. Y, desde ese plano, he de reconocer que los de 'Junts pel sí' están logrando hacer la campaña más coherente y, a la vez, más incoherente. Hablan solamente de lo idílico que será todo cuando Cataluña se separe de España, pero no dicen cómo lo van a lograr, ni quiénes, ni con quiénes, porque solos no pueden. Las incógnitas son muchas, desde cómo diablos van a luchar, ellos, ¡ellos!, contra la corrupción, hasta en qué clave van a gobernar, cuando en su lista hay rojos más rojos que el laborista británico Corbyn y conservadores más conservadores que el antisecesionista Cameron; aconfesionales furibundos y gentes próximas al Opus Dei; keynesianos y afectos al liberalismo de Chicago; religiosas que se definen a sí mismas como 'monjas cojoneras', algún cantante pasado de moda -lo siento, Llach: yo también te quise- y algún ex entrenador de la selección nacional, la 'roja'. Todo ello, encabezado por un tipo estrafalario a más no poder, que se reclama ex comunista, si es que se reclama algo.

No sé qué más datos se necesitan para que los catalanes que miran con aprensión su futuro, y el del resto de España, se queden en su casa el próximo día 27. Claro que está el sentimiento victimista, el triunfo del eslogan 'Madrid nos roba' , el indudable mesianismo de Artur Mas, que ha sabido interpretar bien la partitura de los cada día más evidentes errores que se producen, respecto de Cataluña, en el resto de España en general y en la clase política 'nacional' en particular. ¿Cómo no va a ganar 'su' lista estas elecciones trufadas de errores de ministros, de personalismos de los líderes de la oposición, de incongruencias de algunos emergentes de mal gusto, como hablar de 'dar sexo, latigazos' a Mas?

Esta oposición no ha entendido, y si lo ha entendido no quiere entenderlo, que estas elecciones catalanas, tengan el carácter que tengan, se han cargado ya a los partidos tradicionales y muchas formas convencionales de hacer política. Ni ha comprendido que las elecciones generales de nada servirán si los supuestos peores -declaración unilateral de independencia desde un Parlament no sustentado por una mayoría de votos- se confirmasen. En la campaña se siguen buscando trucos, mensajes esotéricos, y no se habla con claridad de un futuro de diálogo, de mantener a los catalanes satisfechos dentro de España, no se tienden manos -quizá, entre Rajoy y Mas ya sea imposible, pero no entre otros--, no hay un lenguaje razonable, más allá de la mesura que hay que reconocerles tanto a Rajoy como a Sánchez (y a Rivera), que saben lo cara que puede costarles esta ronda una vez que aterricen en La Moncloa.

Así, caminamos todos por el filo de la navaja de estas elecciones catalanas-generales-autonómicas-primarias-secundarias-plebiscitarias o pre-plebiscitarias. Toma ya. La que nos han montado Mas y su jefe 'de facto' Junqueras es de órdago. Una insensatez tal que las cosas jamás volverán a ser como eran, aunque no son solamente Mas y su jefe 'de facto' los únicos culpables, claro. Reconocer las culpas que han, hemos, tenido en el lado de acá tal vez contribuyese algo a empezar a arreglar los efectos que el elefante en la cacharrería está provocando, porque el elefante es un poco burro, como bromearían los electores norteamericanos. Pero la verdad es que ni el elefante ni el burro son, ay, autocríticos. Ni pasan por ser los más imaginativos del zoológico este en el que nos hallamos.


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