Opinión / Sabatinas

Las señales

Por Fermín Mínguez 20 junio, 2020 - 9:37

Me fascinan esos procesos propios de atención por los que atendemos a unas señales y a otras no, sobre todo cuando ignoramos las señales que nos cuestionan lo importante.

"Cada señal ignorada es una oportunidad perdida. ¿Qué recordaremos de estos días cuando recobremos el bienvivir diario?"
"Cada señal ignorada es una oportunidad perdida. ¿Qué recordaremos de estos días cuando recobremos el bienvivir diario?"

Una de las cosas que más me gusta es ver documentales biográficos, sobre todo musicales. Me encanta ver cómo viven otras personas, cómo deciden y sobre todo como perciben su vida. Es como mirar por la ventana de la casa de otro. Me gusta, aparte del voyerismo puro, porque siempre aprendo algo viendo a otros tomar decisiones, por muy cinematográficas que sean. Buscando señales que me ayuden con las decisiones propias, que son mucho más difíciles de tomar.

El último documental ha sido “El camino más largo”, sobre la gira de Bunbury en EE. UU. en 2010. Si les gusta Bunbury lo tienen que ver sí o sí, pero si no les gusta también merece mucho la pena. Abre con esta frase “Hay momentos en la vida, fáciles de reconocer, en los que sabes que ahí todo fue en otra dirección”, ahí ya me enganchó.

A mí me pasa, no sé a ustedes, que si miro hacia atrás veo esos momentos con nitidez, los podría dibujar al milímetro incluso si fuera Antonio López. Algunos previsibles y otros no, o al menos eso creía hasta que decidí fijarme en todas las señales previas que los acompañaban y que decidí ignorar. La puñetera atención, la selectiva y la sostenida. Y la necesidad de justificar lo que no decidimos hacer aún sabiendo que es bueno. Hay nombres técnicos a patadas para esta dejadez en la toma de la decisión correcta, procrastinación es la mejor, pero cobardía también vale y es más clara. Ojo que no hablo de no tomar decisiones, sino de tomar decisiones que no son la correcta para evitar otras de más calado.

Sobre la atención hay miles de estudios, todos entretenidísimos, de verdad. Hay uno sobre atención selectiva, el modelo de filtro tardío de Deustch y Deustch, que dice que analizamos todos los estímulos que nos llegan, pero que sólo atendemos a los que consideramos importantes. Y eso depende de lo que consideremos importante en cada momento. De esta forma habrá mil oportunidades que pasen por delante y a las que no haremos ni puñetero caso porque tenemos el foco puesto en otra cosa. Esto es muy de amor adolescente, cuando idealizábamos a alguien, generalmente poco conveniente, y no prestábamos atención a nadie más por muy delante que se nos pusiera y con mejores intenciones seguro, ¿les suena?

También está la atención sostenida, que es la que nos da continuidad, nos permite aprender y que como todo lo sostenido, tiende a decaer. A esto se refiere la teoría de la habituación, que dice que cuanto más habitual es una cosa, cuanto más se repite, hace que decaiga nuestro interés. Habla de señales irrelevantes por repetitivas, y esto es peligroso. Bajamos el estado de alerta ante determinadas señales por habituarnos.

Hay señales que dejamos de escuchar, y, es más, incluso intentamos acallar. Nos hemos acostumbrado a cosas excepcionales de forma que no les prestamos atención. Y ya dan igual las señales que nos lleguen, que nos hemos blindado al riesgo. Da igual que llevemos un mes de Robinsons, Paudoneses, Ruiz-Zafones y Unzués porque eso no nos va a pasar a nosotros, les pasa a ellos. Nosotros ya tenemos los filtros de Facebook para solidarizarnos. No nos va a pasar nada. Volveremos a la rutina, tan necesaria como dañina, como una especie de mórfico que ayuda a paliar pero engancha.

Y cuando nos pregunten qué tal volveremos a responder que trabajando mucho, que qué se le va a hacer. Quejándonos de algo que muchas veces nos hemos autoimpuesto para no ver el vació que estamos construyendo, convencidos de que haciendo que trabajamos más somos mejores. Esa percepción, tan de vieja escuela, que hace sentir importantes a quienes se quejan continuamente de todo lo que hacen, como si hicieran un favor a la sociedad.

Da igual que tengamos mil señales si no les hacemos caso. Luego lo justificaremos con un “así es la vida”, cuando la vida no es de ninguna manera genérica. La vida es la de cada uno.

Decía Andrea Köhler en El tiempo regalado, del que ya les he hablado alguna vez, que “la mera idea de que un día faltaremos casi se ha perdido”, y es verdad. No solo de que faltaremos, sino que también nos olvidamos de que faltarán los otros. Los que necesitamos y a los que queremos. Da igual que tengamos señales diarias de qué puede pasar ahora, porque nuestra atención está en lo que pasará después, y si hay algo, o alguien, que nos cuestiona, pues lo omitimos o nos lo quitamos de encima. No vaya a ser que no solo nos cuestione a nosotros, sino que cuestione también la historia que nos hemos montado. No vaya a ser que lo bueno nos desmonte el plan, oiga, con el esfuerzo que nos ha costado llegar a ser tan importantes e imprescindibles, por favor.

Suele ser tarde cuando nos damos cuenta de que los momentos que realmente nos han impactado no son los profesionales, sino los que hemos vivido de confesiones, de carcajada limpia o de pena compartida. Emboscados en esa atención selectiva de vivir para el futuro se nos escapa la vida entre los dedos, rodeándonos de perfiles que no nos cuestionen para evitar afrontar decisiones que sí son importantes. Sedados con consejos y consejeros de la continuidad, evitando el dolor y la alegría de decidir.

Miren, durante esta broma pesada del confinamiento una de las cosas que he hecho ha sido recopilar por años las canciones que cierran las Sabatinas, (y que sigo poniendo aunque ustedes, queridas y queridos, no les hagan ni caso), y hay algunas que sólo con ver el título sé a qué artículo pertenecen. ¿Saben cuáles son?, pues las que más me costó escribir, esas que hablan de lo importante, las que sacuden; en las que compartí cosas que los consejeros mórficos dicen que no hay que compartir, que si demasiada intensidad, y demás. Me acuerdo de lo importante, y no tengo ni idea de qué canción acompañó a qué artículo de opinión política o social. (Este es el enlace de cada temporada por si quieren pasarse, les dejo aquí las del último año).

Cerraba Bunbury el documental diciendo “Vive el sueño de una puta vez, deja de esperar que haya algo detrás de esto y sentir infelicidad por necesidades que no sabes cuáles son”, totalmente de acuerdo. No sabemos cuáles son esas necesidades, ni siquiera si vamos a cumplirlas, ni con quién. No sabemos qué y quiénes de nuestra felicidad actual van a estar aquí mañana. No tenemos ni la más mínima idea del tiempo que podremos estar llorando felicidades perdidas como para no darnos la oportunidad de celebrar felicidades actuales.

Cada señal ignorada es una oportunidad perdida. ¿Qué recordaremos de estos días cuando recobremos el bienvivir diario? ¿Qué recordaremos de todos estos duelos cuándo dejen de ser noticia? ¿Qué haremos con todos los propósitos de mejora cuando olvidemos el miedo a que nos pase algo? ¿Qué será de nosotros cuándo olvidemos todas estas señales?

¿Qué será de ti? ¿Y de mí? De nosotros depende aprovechar todas las oportunidades y señales que estamos recibiendo. ¿Servirán de algo? Ojalá sea uno de esos momentos en los que todo empieza a ir en otra dirección.

Disfrutemos, como de las cosas que no vuelven más.


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