Opinión / Sabatinas

El tiempo regalado

Por Fermín Mínguez 15 junio, 2019 - 9:25

Así se titula un ensayo precioso de Andrea Kóhler sobre la espera, ese tiempo entre acciones y su importancia. También sobre esa falta de conciencia sobre qué nos presiona y si eso es realmente importante. Planteamos carreras de fondo a ritmo de esprint. No pinta bien.

Dos personas brindan con unas cervezas bajo una puesta de sol.
Dos personas brindan con unas cervezas bajo una puesta de sol.

Ha sido una delicia leer este ensayo, sobre todo porque ha sido un libro plastilina. Llamo así a aquellos que te permiten adaptar su contenido a tu percepción, moldearlos y crear una idea nueva a partir de la original. Me encantan estos libros.

En este caso me he reconciliado con las esperas, yo que soy un impaciente de manual, porque he descubierto no solo lo que enseñan sino el partido real que se les puede sacar. Estamos convencidos de la necesidad de aprovechar el tiempo, pero confundimos aprovechamiento con rendimiento cuantificable y/o profesional.

El tiempo es oro, hay un capítulo que se llama así, nos repetimos una y otra vez, sí, pero ¿qué es el oro? Si entendemos oro como rendimiento económico, como producción o como relleno profesional, nos aboca a una vida en la que el éxito nos vendrá dado por el tiempo empleado en conseguir objetivos profesionales, ajenos la mayoría de las veces a nuestros objetivos vitales. A un frenesí justificador de actividad para contar al mundo lo ocupados que estamos. El tiempo no es un presupuesto a invertir, ni una estructura a la que sacarle rendimiento. El tiempo es vivir, así de simple.

Un capítulo del libro lo encabeza una frase de Peter Sloterdijk, filósofo alemán al que vuelvo a llegar tarde porque estuvo en Barcelona el mes pasado, que dice que: “¿Quién podría negar que los abreviadores y ansiosos por acabar han sabido organizarse en los últimos dos mil años como el más efectivo grupo de presión psicopolítico?” Y no puedo estar más a favor. Evaluadores de tiempos, de urgencias, de necesidades de mejora, de actualización, de no cerrar un proyecto para empezar otro, de justificar los resultados a través de terceros, en definitiva, de pensar siempre en los polvos y poco en los lodos que se dejan atrás. No esperar a ver las consecuencias, porque no interesa, claro, y seguir agitando la amenaza de que con estos polvos actuales habrá peores lodos. Lodos que no hay intención de esperar y sí de que se queden atrás siendo responsabilidad de otros.

Köhler dice en un momento del libro que “la mera idea de que un día faltaremos casi se ha perdido. Y, sin embargo, la espera es un estado en el que el tiempo contiene el aliento para recordar la muerte. No carpe diem, sino memento mori”. Es así, hay un frenesí por hacer que nos impide ver para qué hacemos las cosas, perdemos de vista que todo irá pasando, dándole una importancia a lo inmediato que no tiene. ¿Han pensado qué hacen cuando les toca esperar? ¿a qué dedican el tiempo generalmente? Quitando a aquellos que se dedican a salvar el país haciendo informes y exceles mientras esperan, la mayoría nos dedicamos a lo que nos gusta, lo que nos llena, ¿no? Leemos, escuchamos música, pintamos o garabateamos, escribimos, los niños juegan, miramos a la gente pasar, o nos cuidamos limándonos las uñas o perfilando rímel y pestañas. Pensamos incluso. La espera es un campo de abono necesario, aquel barbecho que se hacía para que la tierra descansara y cogiese fuerza en lugar de presionarla a producir frutos sin sabor como hacemos ahora.

El tiempo regalado es un concepto precioso porque es imposible regalarlo envuelto o como antigüedad, ¿se imaginan que alguien nos pudiera regalar diez minutos de hace diez años?, ¿se lo pueden imaginar? Los diez minutos de cuando nos conocimos, de una primera vez, o mejor de una segunda que las primeras se complican, esos diez minutos previos en los que sabemos lo que va a pasar y que nos permita disfrutarlo el doble, ¿se imaginan? Pues no, eso no es posible, la única forma de hacerlo es vivirlo, y vivirlo de forma que siempre lo podamos recordar, seguramente en una de esas esperas que consideramos inútiles y que el recuerdo puede convertir en oro.

Hace un año que escuché tu voz por última vez, “vale” dijiste. Si pudiera volver a esos diez minutos mataría por hacerlo, y a estas alturas de la vida uno ya va teniendo una lista de candidatos, créanme, pero no va a ser posible. Así que toca refugiarse en las esperas para volver a ti, y toca, sobre todo, invertir el tiempo en aquello que realmente ofrece la posibilidad de ser recordado, que merezca una toma de decisiones arriesgada y personal. Y no estar siempre pendiente del miedo que no deja vivir, que te aleja de lo que eres y sobre todo de los que te quieren. La amenaza es la herramienta de los abreviadores de Sloterdijk, de los que saltan de proyecto en proyecto porque ninguno es suyo y así como llegan se irán. La espera es el arma de quienes creen en lo que hacen y confían en verlo florecer.

Me quedo a esperar contigo.

Nos vemos mañana, ¿vale?

Vale.


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El tiempo regalado