Opinión / Sabatinas

La espiral del silencio

Por Fermín Mínguez 06 junio, 2020 - 9:22

Es una teoría de la comunicación de finales de los 70 que habla de cómo condiciona e influye la opinión pública sobre los individuos, sobre cómo se priorizan unos temas y se ocultan otros, y sobre la presión de opinar contra lo que se supone como bueno. Ciencia ficción, vamos…

"La espiral del silencio explica, a grandes rasgos, que la presión de la opinión pública influye sobre la opinión de cada individuo, y que una postura que es defendida como buena, o normal, por un grupo de opinión".
"La espiral del silencio explica, a grandes rasgos, que la presión de la opinión pública influye sobre la opinión de cada individuo, y que una postura que es defendida como buena, o normal, por un grupo de opinión".

La teoría se recoge en un libro de 1977, La espiral del silencio, escrito por Elisabeth Noelle- Neumann, politóloga de juventud oscura a pesar del glamour del doble apellido.

La espiral del silencio explica, a grandes rasgos, que la presión de la opinión pública influye sobre la opinión de cada individuo, y que una postura que es defendida como buena, o normal, por un grupo de opinión, sus miembros la asumirán como buena independientemente de que lo sea, ya que la presión de ser aceptado por el grupo puede más que el miedo a ser rechazado por discrepar, aunque lo que digamos sea cierto.

¿Les suena? A mí me recuerda a las teorías pedagógicas de socialización de los niños, que las hay a patadas cuando descubren a los iguales, y que hablan de una aceptación de las normas de grupo para que no les expulsen o les peguen en el recreo. La diferencia principal es que estas teorías se desarrollan en niños de unos seis u ocho años, y los aquí presentes ya estamos un poco más talluditos.

Habla la teoría de la importancia de los medios de comunicación pública, y como se puede influir en la opinión particular contando unos temas y ocultando otros, de hecho contar unos temas de forma repetitiva, oculta de por sí los otros, y cómo esto crea un clima de opinión. Es curioso como Elisabeth compara los climas de opinión con un contagio, porque la opinión mayoritaria se extiende rápidamente por toda la sociedad, o al menos por todo el grupo de opinión. Da miedo pensar que no tenemos capacidad de opinión personal más allá de presión de grupo, ¿no les parece? La teoría habla también de un núcleo duro que resiste, como si fuera la aldea de Astérix y Obélix, ahora y siempre al invasor de opinión. A estos son a los que la espiral del silencio intenta aislar no dándoles espacio de opinión para que no cuestionen la idea de la mayoría. No confundir con quienes se autodefinen núcleos de opinión, por favor.

Como les digo la teoría es de finales de los 70, donde el acceso a la información estaba más restringido, y era más difícil todavía cuestionar la opinión de la mayoría. Curiosamente, con el acceso a la información actual, con la posibilidad de que cada uno tengamos un púlpito desde el que convertirnos en opinadores, esta teoría se refuerza. Se lo digo con la validez que me da la observación, sin más rigor que el mío, aviso. Se refuerza porque ahora la teoría tendría más sentido en plural, como Las espirales del silencio, ya que cada grupo de pertenencia tiene su propia espiral.

Lo pensaba el otro día cuando mantuve dos conversaciones con dos grupos diferentes sobre Irene Montero e Isabel Ayuso. Les prometo que hubiera preferido hablar de rugby, hasta de cervezas artesanas si me fuerzan, pero los temas fueron estos. En ambos grupos se defendía la validez de las propuestas de una, ridiculizando la postura de la otra. Vale que tampoco podemos estar todo el día con un nivel de tertulia del Café Gijón, pero llamaba la atención lo tajante de las opiniones a favor, y lo humillante de las opiniones en contra. No seré yo quien defienda a ninguna de ellas, pero estaremos de acuerdo en que algo criticable tendrán, y una vez valorado, elegir. Aquí les pido por favor a los del manual de la justa comparación, los de que no se pueden comparar unas cosas con otras, los del “qué mal todo”, y aquellos que necesitan cuantificar cuánto de malo ha de ser uno para ser juzgado, que cojan unas pinturicas y pinten y coloreen un rato, gracias. O llámenme equidistante y acabamos antes, pero la cuestión es que la ausencia total de autocritica es lo que convierte a la espiral en el tornado del silencio. Arrasa.

Diría que hay propuestas individuales que me gustan en todos los partidos con representación parlamentaria, y cuando digo todos, digo todos. Lo que pasa también es que hay partidos en los que muchas de sus posturas me repelen, y que la forma de conseguirlas me produce tanto asco que no puedo considerarlos ni como opción, pero esto no tendría que capar la posibilidad de admitir lo que sí me gusta. Y esto parece que está prohibido. O el cielo o la hoguera. El clima de opinión que Elisabeth decía que se convierte en opiniones y votos, mira tú, igual es por eso. Esto enlaza con las teorías de pensamiento de grupo, que dicen que individuos “normales” asumirán cualquier decisión por irracional que sea con tal de mantener la armonía entre su grupo de iguales. Huyendo así del conflicto, y no valorando otras opciones posibles incluso aislando a los miembros que las propongan. Con los míos al abismo, que dicho al revés suena más ridículo: al abismo, sí, pero con los míos.

Es una pena, pero así convertimos el consenso en un combate que hay que ganar a los puntos. ¿No les llama la atención que para aprobar una medida como el estado de alarma, vinculada a una pandemia sanitaria se negocien otros aspectos que nada tiene que ver? O estás de acuerdo con las medidas que se toman, o no está de acuerdo, pero estar de acuerdo si me das algo de lo mío, o consigo más presupuesto para otras cosas no tiene demasiado sentido, ¿no creen? Como tampoco me cuesta creer que todos los parlamentarios de cada partido piensen igual respecto a la pandemia. ¿Nadie del PSOE está en contra de prorrogar el estado de alarma? ¿Nadie del PP está a favor?

Me gusta pensar que si todas las voces discordantes, las que la espiral del silencio deja fuera, tuvieran la capacidad de organizarse, se abriría un nuevo escenario de negociación y consenso. Pero también me gusta pensar que me volverá a salir pelo, o que conseguiré una forma física envidiable tomando un batido mágico. Qué se yo, pero sería estupendo romper la baraja, y dejar de darles estatus de divinidad a estas medianías que tenemos como referentes políticos, ¿no creen?

Y yo tendría que estar hablando de que sólo queda un mes para San Fermín y que hoy es el último peldaño de la escalerica. Porca miseria


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