Opinión / In foro domestico

Más allá del coronavirus

Por Ángel Luis Fortún Moral 28 agosto, 2020 - 8:45

Todo el esfuerzo y el empeño debe ponerse en la planificación y ejecución de medidas: destinar medios sin contemplaciones.

Un joven se baña en una piscina de Pamplona durante la crisis sanitaria del coronavirus. MIGUEL OSÉS
Un joven se baña en una piscina de Pamplona durante la crisis sanitaria del coronavirus. MIGUEL OSÉS

Recta final de la temporada de piscinas. No se conoce que hayan sido origen de ningún brote de coronavirus, aunque hayan las primeras instalaciones en cerrar cuando aparecen brotes en pueblos o barrios, como medida de prevención. Así pues, parece que las medidas adoptadas en el sector de las piscinas de verano han resultado acertadas.

Va a ser que si nos ponemos en serio, pero de verdad, resulta posible asegurar actividades frente al coronavirus, como ha ocurrido con las piscinas o en campamentos y actividades de verano que también han logrado mantenerse a salvo. Como está ocurriendo en centenares de empresas, en las que si bien hay casos de positivos, se producen fuera y los protocolos reaccionan inmediatamente impidiendo el contagio en la empresa. Pero, claro, hay que ponerse muy en serio, en lugar de dejarse arrastrar por la tentación cavernícola del confinamiento por sistema y esperar la lluvia de millones de la Unión Europea.

Entonces, ¿qué impide hacer lo mismo en actividades esenciales como educación o sanidad? Sin duda, será necesario planificar y, sobre todo, no escatimar en medios. Es más cómodo esperar la ayuda de Europa y, mientras tanto, recortar derechos, que están baratos por el miedo y resulta muy fácil acogotar por la ejemplar responsabilidad de la inmensa mayoría.

Insistir una vez más. El confinamiento como medida puntual, ante una situación irreversible, en todo caso debe ser excepcional. Todo el esfuerzo y el empeño debe ponerse en la planificación y ejecución de medidas: destinar medios sin contemplaciones.

Caen en un doble error quienes piensan que al tratarse de una situación muy pasajera no merece la pena el excesivo gasto de medios (pruebas, rastreos, reducción de aforos, formación, campañas de información práctica, personal y directa…). Como si se tratara de un fenómeno puntual, un terremoto o un temporal de nieve, que pase y luego ya se reconstruirá.

Primer error, el coronavirus se quedará para siempre. Incluso con vacuna, habrá que gestionar rebrotes durante años, como ocurre con otras muchas epidemias a las que se sigue haciendo frente. Cuanto antes aprendamos a manejarla, antes recuperaremos esas actividades esenciales para el desarrollo como sociedad.

Segundo error, muchas de las medidas que están resultando efectivas no son meros parches; resultan medidas adecuadas para abordar algunas de las reformas y exigencias que llevamos años barruntando como necesarias para que no colapse el planeta ni la sociedad. Por tanto, en lugar de considerarlas despreciables, conviene pensar más allá del coronavirus.

El uso de mascarillas, la higiene permanente y sobre todo la ventilación de espacios cerrados reducirá los casos de gripe y otras afecciones respiratorias estacionales. Por tanto, no son medidas exclusivas para el coronavirus. Y aun cuando se generalice la vacuna, seguirán resultando, si no necesarias, muy oportunas.

Reducir aforos en las aulas, aumentando el número de formadores, sin duda ninguna redundaría en una mayor calidad en la educación de manera automática. Luego se pueden revisar contenidos, recorridos, opciones formativas… De momento, dado que la necesidad inmediata obliga a reducir el número de asistentes por aula, aprovéchese para comenzar por ahí esa sempiterna reforma educativa. Y mejor si es por pacto de Estado o de Comunidad Foral. Por fin, acercarse a las admiradas ratios finlandesas de entre 12 y 15 criaturas por docente. Será por infraestructuras. Con la de centros educativos que se han vaciado con el largo descenso de natalidad.

Los rastreos sanitarios. No confundir con las aplicaciones telemáticas. El rastreo sanitario ahora se encuentra abrumado por la geométrica progresión de los contagios. Pero el sistema sanitario ya daba muestras de agotamiento. Listas de espera y demoras inexplicables para un simple proceso febril. Atención sanitaria a contrarreloj y sin posibilidad de seguimiento. Enfermedades (epidemias) en las que el seguimiento resulta más necesario que la puntual atención médica. Diabetes, enfermedades cardiovasculares, demencias… Y tratamientos cada vez más personalizados. Muchas empresas de seguros de salud estaban ofertando como producto estrella la atención sanitaria telefónica, en cualquier momento. El sistema de rastreo, más allá del coronavirus, puede establecerse como estructura del sistema sanitario para cubrir muchas de las tremendas carencias del actual. Por tanto, no es un parche.

En fin, la masificación como fenómeno socioeconómico del último siglo ya se barruntaba que tocaba a su fin. El consumo a paladas, el café para todos y en cuanta mayor cantidad mejor, nos estaban llevando a la aniquilación de la Naturaleza y de la Persona.

Ahora resulta que esa globalización de las masas es, precisamente, el caldo de cultivo de la actual pandemia de coronavirus. Es el punto débil de nuestra sociedad. Posiblemente, como volverán las masificaciones con mascarilla y guantes, otra pandemia campará a sus anchas.

Por eso, todas las medidas que exijan volver a prestar atención al individuo dentro del colectivo no son pasajeras. Es un cambio de paradigma. Sólo desde la miopía y el cortoplacismo se puede concluir que las medidas contra esta pandemia son pasajeras.

He aquí la encrucijada: soluciones en masa o la persona como protagonista. Seguir con el confinamiento indiscriminado, a la espera de una solución masiva, o hacer a cada individuo partícipe y agente de los cambios necesarios para superar esta pandemia y las siguientes. La dinámica de la sociedad humana demuestra que el avance supone muchas pérdidas individuales, luchando en todos y cada de sus miembros. El grupo no prescinde del viejo, del débil, ni del enfermo. Como especie, la enfermedad y la muerte se han combatido y superado luchando por todos y cada miembro del grupo. Cuando la masificación desdibuja a las personas y las transforma en meras piezas de una masa indeterminada, entonces se pone en riesgo la especie humana. Al menos, su admirable evolución. Es lo que está en juego, más allá del coronavirus.


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