Opinión / In foro domestico

La mujer, menos

Por Ángel Luis Fortún Moral 08 marzo, 2017 - 0:06

“Las mujeres deben ganar menos y punto”. Con este argumento de autoridad, el eurodiputado Korwin-Mikke justificó la diferencia salarial de hombre y mujer; con la normalidad de representar millones de votos y sentirse acompañado por hombres y mujeres que la defienden.

Tres mujeres en un paisaje.
Tres mujeres en un paisaje.

La diferencia salarial entre hombre y mujer se remonta al inicio mismo de la Revolución industrial, justificado por numerosos economistas y filósofos, como el francés Pierre-Joseph Proudhon, que en 1858 recogía sus “estudios” en un influyente libro: “La Justicia”: “el hombre es a la mujer como 3 es a 2”.

Proudhon influyó en el socialismo y la socialdemocracia (el socialismo francés lo considera uno de sus padres), Marx reconoció su influencia, (aunque terminaron enfrentados), como también influyó decisivamente en el anarquismo de Bakunin y hasta sirvió de inspiración al protofascista George Sorel.

Pero más allá de ideologías políticas, la obra de Proudhon también se considera precursora de la sociología, y esto es lo relevante: a la diferencia salarial entre hombre y mujer se le ha presupuesto un fundamento “científico” que ha calado con demasiada facilidad en el acervo cultural de nuestro tiempo.

Y, de este modo, pensadores y filósofos que se erigían como defensores de los derechos de los trabajadores, con sus argumentos permitieron que en las fábricas se hicieran realidad sangrantes discriminaciones. Hay muchos ejemplos, como la diferencias salariales en las fábricas de papel de Prusia, en 1871, por la producción de 1.000 hojas de papel, a un hombre se le pagaba entre 18 y 20 marcos, mientras que una mujer recibía entre 9 y 12 marcos por las mismas 1.000 hojas.

Ejemplos, pero no hechos aislados, porque la diferencia salarial, el menor coste de la mano de obra femenina provocó que las industrias contrataran a más mujeres que a hombres. Así, en la Comuna de París, en 1870, se registraron 35.000 mujeres obreras frente a 21.000 hombres. Es lógico, si producen lo mismo pero cobran menos.

Especialmente claro resulta el testimonio de un acusado por desórdenes públicos en Lancaster, en 1853: “Señores miembros del Jurado, aún no les he descrito el sistema de la fábrica de Stockport, en el que el amo emplea a 600 personas y no le permite a un solo hombre trabajar. Y en Brandshow he visto maridos llevando a los bebés a las fábricas para que sus madres los amamanten durante el almuerzo. Tales son los casos que he podido conocer directamente, pero hay otros miles de casos semejantes”.

Y si producían lo mismo, ¿cómo se justifica que cobraran menos? Como es obvio, el debate sobre el valor de la mano de obra femenino pasó de los “estudios científicos”, que trataban de justificarlo, al debate parlamentario, como el que se celebró en la Cámara de los Comunes, que concluyó: “Las mujeres tienen menos necesidades”.

Por cierto, un inciso: la Cámara de los Comunes también debatió sobre el trabajo infantil (otra mano de obra barata). En este caso la conclusión fue que prohibir el trabajo infantil vulneraba el derecho del niño a trabajar.

Esta situación de competencia que suponía la mano de obra femenina provocó un cambio sustancial durante la Segunda Revolución Industrial. Lo anticipa Proudhon en su obra póstuma de 1865, La Pornocracia: “la mujer que trabaja es una ladrona que le roba el trabajo a un hombre”. Y advierte que “una nación, después de haber comenzado con viril energía, puede afeminarse y, por eso mismo decaer”.

En este proceso (virilizar y recuperar el trabajo) coinciden dos ideas: la protección social y la protección de la mujer. Y en este proceso, también es curioso, vuelven a coincidir ideologías radicalmente opuestas.

Así, la organización anarco-sindical CNT advertía en 1910 que “hemos de considerar que la disminución de las horas de trabajo de muchos de nosotros las debemos al penoso trabajo de las mujeres en las fábricas” y por ello proponía la “abolición de todo trabajo que sea superior a sus fuerzas físicas”.

Años más tarde, 1938, señalaba que “no se concibe que la obrera pueda ocupar todos los puestos de trabajo en la producción”, por miedo a que ciertas actividades «inadecuadas biológicamente a su condición sexual y temperamental pudiesen originar una degeneración de la raza».

Por su parte, la doctrina social de la Iglesia postulaba por su parte que “el trabajo a gran escala de las jóvenes en las fábricas rebaja más de lo conveniente el salario de los hombres” y “las madres de familia no deben de trabajar en las fábricas porque les impide desempeñar como es debido sus deberes de esposa y madre”. Así lo argumentaba el profesor Max Turmann en el Congreso del Movimiento Femenino Católico de Francia en 1900.

En este consenso general, los diversos Parlamentos liberales de finales del siglo XIX y comienzos del XX aprobaron numerosas leyes que establecían la prohibición del trabajo femenino “allí donde pueda ser nocivo para la salud y la moralidad”.

De este modo, la mujer paso de ser mano de obra barata, a ser mano de obra prohibida y ultraprotegida; aunque era por su bien y el de la sociedad, la raza o la familia, según el postulado ideológico que lo defendiera.

Paralelamente, esos mismos parlamentos liberales aprobaron normas fiscales que incentivaron (incluso con la exención total para el empresario, como en Irlanda) la producción doméstica (“home industries, weving, lacemaking…”). Trabajo doméstico del que ni las organizaciones sindicales, ni la doctrina social de la Iglesia, ni el proteccionismo de los gobiernos social-liberales apreciaron riesgo alguno de precariedad o condiciones abusivas para las mujeres.

Ya lo había establecido Karl Marx en su obra El Capital: “los diversos trabajos que engendran estos productos, la agricultura y la ganadería, el hilar y el cortar, etc. son, por su forma natural, funciones sociales, puesto que son funciones de una familia en cuyo seno reina una división propia y elemental”. Así es que, de puertas adentro de los hogares, la revolución social y el marxismo no entran. Y punto.

La Historia escrita de las revoluciones industriales y del movimiento obrero coloca como único protagonista sacrificado y explotado al hombre que con su empeño logró el progreso de la humanidad. Pero lo cierto es que la mujer constituyó una mano de obra, en muchos casos, incluso más numerosa y productiva que la del hombre. En todos los casos, discriminada y postergada. Porque sí.


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