Opinión / In foro domestico

ETA y los finales no definitivos

Por Ángel Luis Fortún Moral 23 abril, 2018 - 10:00

ETA va a conseguir, como Franco, fenecer en cómodo lecho, languideciendo al ritmo de las necesidades de su régimen y tras agonía prolongada al efecto.

Una pintada con el anagrama de ETA aparecida en Pamplona en los últimos meses.
Una pintada con el anagrama de ETA aparecida en Pamplona en los últimos meses.

Y, como el franquismo, el demonio de ETA dejará abiertas brechas que volverán a supurar, en generaciones que ni saben ni querrán saber.

Entre frases grandilocuentes, injustas y falsas, se pierde otra oportunidad histórica para construir, sobre la base de reparación, verdad y justicia. Agitan de nuevo un eslogan populista: la sociedad derrotó a ETA. Como también nos creímos que la Transición fue un éxito de la sociedad. Nos halagan y, con ello, pretenden eludir los análisis y procesos imprescindibles. La responsabilidad es peligrosa porque nos exige individualmente.

Desde luego que resulta injusto y bastante inexacto afirmar que a ETA la derrotó la sociedad, así, a bulto. Ahí está el ejemplo, valiente y honesto, del Arzobispo de Pamplona, reconociendo la responsabilidad de la Iglesia.

Claro que sí. La adulación colectiva ayuda a olvidar los años que nos costó, como sociedad, oponernos con firmeza a ETA y a su entorno. Obviamos el daño que inflingimos a las víctimas con nuestros silencios y vacíos, siquiera involuntarios. Claro que luego reaccionamos, sí. Luengo rato después.

ETA es una banda terrorista que surgió al albur del terrorismo revolucionario, socialmente idealizado, en las décadas de 1950 y 1960. Un terrorismo como instrumento político, que la sociedad (especialmente en sectores progresistas) asumía como justificado por el fin. Ese aliento social está ahí y es responsabilidad de la sociedad. De hecho, lo exacto es reconocer que tardó demasiado tiempo en vencerse al terrorismo revolucionario por el apoyo social que recibía.

Tenemos que hablar también de ese momento en que, aunque fuese en lo profundo de nuestros pensamientos, había una explicación o sentido al atentado. Eso también fue responsabilidad nuestra. Aunque nunca lo reconoceremos.

¿Puede asegurarse con exactitud que la sociedad española ha derrotado al idealizado terrorismo revolucionario? ¿De verdad hemos superado, como sociedad, la idea de recurrir a la violencia? O peor, ¿de verdad quedará claro que utilizar la violencia no sale gratis para la construcción de una sociedad avanzada?

Lo exacto es destacar, una y otra vez, que las víctimas jamás reclamaron venganza, tan solo justicia. Que desde el primer momento se sometieron, con modélica resignación, a las instituciones. Y que, todavía hoy, siguen sin ser atendidas convenientemente.

Precisamente por el ejemplo que siempre nos han dado las víctimas, resulta completamente injusto atribuirnos méritos en una derrota que todavía debemos conseguir como sociedad.

Pero no, el mérito lo tiene la sociedad, que derrotó al terrorismo. Ya. Ni siquiera somos justos para reconocer como verdaderos referentes sociales a esas miles de familias que siempre, siempre, siempre han mostrado públicamente su entrega a los cauces institucionales.

Injusto es seguir olvidando el ejemplo de miles de personas que arriesgaron sus prestigios políticos, sociales y hasta profesionales por cuestionar públicamente nuestra parsimonia y los extraños intereses creados del conmigo o contra mí.

Lo exacto y lo justo es que, como se idealizaron otras gestas históricas, se inserte en nuestro acervo que este país tuvo la enorme suerte de contar con gentes que han estado muy por encima de lo que nos merecimos, en la clandestinidad de los reconocimientos, al menos durante las décadas de nuestro silencio y pasividad. Pero ni eso.

La Justicia igual para todos, es el replicante mensaje de las élites acorraladas por sus responsabilidades en corruptelas y despilfarros irresponsables. También ahí tiene un trato excepcional este terrorismo.

ETA, acurrucada en una suerte de limbo, sigue emitiendo comunicados y auspiciando directrices políticas, sin tener que pasar el más mínimo proceso de justicia social y colectiva por haber asesinado a decenas de niños y niñas. ¿Hay una justicia igual para todos los asesinatos de niños y niñas?

¡Y cuela!

Estaría bien que los del Pacto Antiterrorista, de sucesivas y pomposas reediciones, expliquen cómo un órgano judicial entero, la Audiencia Nacional, creado ex proceso para combatir con la mayor eficacia posible el terrorismo, resulte igual de efectivo, a veces menos, que cualquier Juzgado de Instrucción o de lo Penal, tanto en las ejecuciones como, especialmente, en la reparación de las responsabilidades civiles.

Al igual que los millones desaparecidos durante la corrupción felipista y los millones distraídos por la corrupta bonanza de las faraónicas gestiones del PP, los millones y millones causados por los sanguinarios mordiscos de ETA se pierden en ese totum revolutum de la indeterminación colectiva. Agujero que terminará pagando un incapaz Estado de Social que heredan también las próximas generaciones.

Da igual. El Pacto Antiterrorista sirvió para salir en las fotos y obtener los votos necesarios. Misión cumplida.

España nunca fue Estado de matices. Imperan la brocha gorda, los argumentos de bajo vientre y el tanto monta, verde que seco, para mantener en pie los chiringuitos y las sinrazones que permitan seguir existiendo a costa del enfrentamiento de buenos y malos.

Una vez más, en la historia de este país, nadie está realmente dispuesto a afrontar procesos de futuro, donde la reparación la verdad y la justicia sean una verdadera guía para las generaciones futuras. Una vez más, ETA será otro elemento descontrolado para poder utilizar a placer en el secular enfrentamiento de las dos Españas.


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