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Derain, Balthus, Giacometti y la amistad artística

Por Miguel López-Remiro 08 Febrero, 2018 - 9:29

Comienza la temporada de arte de 2018 en Madrid coincidiendo con la próxima apertura de la feria de arte Arco que se celebra a finales de febrero de cada año.

Wim Wenders, Foto del estudio de Balthus en Rossinière
Wim Wenders, Foto del estudio de Balthus en Rossinière

Los museos, galerías y fundaciones de Madrid cambian colecciones y exposiciones aprovechando este momento álgido de visitantes y de atención del público.

Una de las instituciones que presenta nuevo programa es la Fundación Mapfre, que guarda la muestra del fotógrafo Brassai para finales de mes, pero que ya ha inaugurado en su sede principal de Recoletos una brillante exposición sobre tres figuras clave del arte de la primera mitad del siglo XX: André Derain (1880-1954), Balthus (Balthasar Klossowski) (1908-2001) y Alberto Giacometti (1901-1966).

La muestra ha sido concebida por el Museo de arte moderno de la Villa de París, donde ya se pudo ver el pasado verano, y cuenta con importantes préstamos de museos, como la Tate o el Hirshorn de Washington, y de destacadas colecciones particulares. Destaca el trabajo de investigación realizado en la selección de las piezas así como en la elaboración del catálogo de la exposición. La obra de estos artistas no es fácil de ver en España, y junto a lo excepcional de poder ver un conjunto de obra así, y al hecho de que Derain, Balthus y Giacometti nunca habían sido expuestos o confrontados en una muestra, la exposición es interesante por la tesis que la sobre la que se asienta.

Y es que, lejos de ser un ejercicio curatorial de estilo o un intento de hacer dialogar obras de diferentes autores, se parte de un dato concreto, esto es, de la amistad que unió a estos tres artistas, amistad que se inicia a principios de los años 30 y que se prolongaría durante décadas. La exposición ahonda en esta relación para enseñarnos cómo aún siendo los tres muy diferentes en la formalización estética de sus obras, juntos crearon una comunidad estética. Así, todos jugaron desde los márgenes de la modernidad y no entraron en las sendas normales que marcaban los renglones de cómo hacer vanguardia.

Su visión artística guarda en común un interés por una figuración un tanto mágica, pero vemos también en sus obras como atienden a paisajes y bodegones, retratos y trabajos para el mundo del teatro con figurines y escenografías, o cómo ambos exploran "las posibilidades de la realidad" frente a la tragedia del tiempo de guerras que les tocó vivir.

En esa tesis de reconstruir la comunidad que tejieron entre ellos destaca, desde mi punto de vista, el interés común de los tres en realizar ejercicios sobre el arte del pasado para comprender su propia realidad como artistas: vemos dibujos de Giacometti copiando obras de Miguel Angel, de Donatello o del antiguo Egipto; vemos delicadas dibujos de obras de la Iglesia de San Francesco de Arezzo de Piero de la Francesca realizadas por Balthus o vemos un Derain que se fija en Pieter Brueghel.

Y casi a modo de nota a pie de página de la exposición, aparece en una esquina de la exposición una joya fotográfica de Wim Wenders con la que me quedo: dos imágenes del estudio que Balthus ocupó en el pueblo suizo de Rossinière desde los años 70 hasta su muerte en el año 2001. Las fotos nos trasladan a la atmósfera del pintor y nos ayudan a entender el juego del taller desde el que se fabrican las obras. De nuevo, otro artista, en este caso Wenders, mirando al trabajo de otro para comprender la realidad del arte.

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