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Blog / Capital de tercer orden

Traumatismo

Por Eduardo Laporte 10 julio, 2016 - 13:29

Siempre pudo el no al sí ante el dilema de correr o no correr por el miedo al traumatismo. Al souvenir poco lustroso no ya de un siete de cornada en el muslo sino de un golpazo en el cogote contra un bordillo.

El mozo enganchado en el callejón por uno de los toros de Pedraza de Yeltes. EFE  Peio Hernández
El mozo enganchado en el callejón por uno de los toros de Pedraza de Yeltes. EFE Peio Hernández

Estaba la historia de dos hermanos; salieron juntos en Santo Domingo y al encontrarse a la conclusión, las cosas habían cambiado para siempre. Uno de ellos permanecía intacto, pero el otro se había desnucado con unas consecuencias fatales: una pérdida de las capacidades cognitivas para toda la vida. Se había quedado tontico para siempre por correr un mal día el encierro.

A un amigo, Pedro Pegenaute, le pisoteó el trémulo cuerpo toda la manada, una mañana de los indies finales de los noventa, y lo dejó molido, herido, bañado en sangre, como les sucede demasiado a don Quijote y Sancho. Salió del trance y hoy lo ve desde la barrera. Que corran otros.

En este cuarto encierro, con esos toros rojizos y salmantinos de Pedraza de Yeltes, ha vuelto a trabajar el capotico de San Fermín, con el corazón sin duda ablandado tras esos tres primeros cánticos made in El Tuli, y merece un premio por cierto aquel sanferminero que cuela el ¡AUPA! entre canto y canto, por esa rasmia que nos recuerda instantáneamente a ese inefable personaje osasunista e hiperlocal: Chiquilín.

La potencia sin control no sirve de nada, decía un anuncio de Pirelli, pero los toros nunca van despotenciados, valga el navarrismo. Salen como alma que lleva el diablo por Santo Domingo y a su paso se suceden en realidad más traumatismos que cornadas. El riesgo del encierro está en esa tramoya que no sale en las portadas de los diarios, el hostiazo inesperado y a menudo inevitable. La potencia del toro vuelve inane al hombre y todos celebramos esa cura de humildad.

Entrada de los toros de Pedraza de Yeltes a la plaza (Foto: Pío Guerendiáin).

Al mozo al que han volteado, un poco por despiste, qué pasmo el suyo, en plena plaza Consistorial, le deseamos la mejor de las recuperación. Que el traumatismo, contusión craneal en este caso, no implique trauma. Conocí a una torera, Ana Infante, que sufrió una espeluznante cogida en una plaza; lo peor no eran las terribles heridas que malamente consiguió curar, sino el trauma del momento, el miedo al toro que desde entonces se sumó al propio miedo al toro.

Habla Chapu en su ‘7 de julio’ de los corredores retirados, esa suerte de veteranos de guerra que un día deciden colgar las botas, asumiendo un poco el fin del recorrido no ya del encierro sino de la vida. Si tuviera que comparar mi vida con la del recorrido, calculo que estaría enfilando el principio de la Estafeta, nada más doblar esa curva en la que hoy un mozo de rojo ha vuelto a nacer. Hay corredores retirados, corredores cautos que no corren, y que son como el ágrafo de la literatura, y corredores que conviven con la herida de guerra. A veces se comenta, otras no tanto, porque el golpe fue más allá de la piel y dejó un amargo antes y después. Esta mañana corrieron miles de mozos, pero sólo hubo un traslado, San Fermín mediante. Ojalá no sea nada.

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