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El Sonido Pamplona que nadie escuchó

Por Eduardo Laporte 01 marzo, 2016 - 18:00

Un documental producido por Bea Echeverría homenajea a aquella escena pamplona de mediados de los noventa, nuestra particular , efímera y olvidada ‘movida pamplonica’.

Glitter souls.
Glitter souls.

El 17 de noviembre de 1993, media España, con perdón, estaba pendiente del partido de la selección contra Dinamarca, clave para la clasificación de los nuestros para el Mundial USA 94, que finalmente logramos con un gol de Hierro y las providenciales paradas del suplente Cañizares. No entendía todavía la importancia de aquel partido, porque no tenía ni idea de fútbol, y era miércoles, y otoño en Pamplona, capital de tercer orden, y me bajé al Donegal. Todavía me pregunto cómo mis padres me dieron permiso, con mis breves 14 años de primero de BUP, para irme a un bar en plena semana a escuchar un concierto. Creo que tocaban Ritual de lo Habitual, y recuerdo también tomar un par de botellines de cerveza San Miguel, en compañía de nadie y de todos, que es como hay que ir a los bares. Algo se gestaba en esa pequeña ciudad, algo nos llamaba a juntarnos en aquellos bares, hoy extintos o faltos del nervio de entonces. El Donegal, sin ir más lejos, fue nuestro The Cavern. No tuvimos a ningún beatle, pero teníamos todo lo demás, que era lo importante.

Éramos muchos los que dábamos de comer a aquel monstruito, algunas veces sobre las tablas, otras, las más, abajo, como simples militantes de un movimiento que no sabíamos que era tal, pero lo era. Lo señala con gran acierto Pedro Usanoz, en ‘Sonido Pamplona’, cuando dice, qué bonito, que fue la gente que acudía a su local, el Donegal, quien lo hice grande. Descubro una época del pasado en la que columpiar la memoria, en la que encontrar el antídoto contra la nostalgia que tiene el haber vivido. Y bebido. Porque la nostalgia es la sensación morosa de que quien fue feliz podría haberlo sido más.

Ahí está el material para un relato generacional, que me dio por bosquejar narrativamente en un intento de novela que no fraguó. Una ventana a los años de esa juventud más pura, la anterior a los veinte, de iniciación en todo: el amor, el alcohol, la música, las drogas en mayor o menor grado. Porque las vi pasar delante de mí con gran alegría. Como los ajos, porque el personal le daba a los ajos sin miedo, y no en la plaza de los ídem, sino en un bar que no sé si existe, el 14, o el 13, creo que se llamaba, donde algún díler local los despachaba a discreción.

Íbamos de bar en bar y siempre hablábamos en plural, combatiendo el riesgo de individualismo extremo y tóxico de la primera juventud. El Ka, el Terminal, el Donegal, el Garazi, Utopía, Media Luna… el casco viejo, con excepciones, era nuestro centro de gravedad permanente y en Pamplona no se hablaba de política sino de grupos. Teníamos nuestras revistas locales, un poco a lo Mersey Beat del Liverpool de los ‘early years’, como eran ‘El Bolo Feroz’ o ‘El Planeta’ (de la nueva generación), impulsada por Tito Navarro, que siempre andaba haciendo esto y lo otro, y que quizá hubiera sido el Brian Epstein de los Beatles que nos correspondían y que nunca hubo.

Había que salir en esas revistas. Lo conseguí como bajista de Void, el grupo formado por los hermanos Pegenaute, Jorge Secades y Patxi Garraus. Tocamos en buena parte de circuito y también en Artsaia, que era otro motor del Sonido Pamplona. Antes, junio del 95, en un grupo sin nombre con Germán Carrascosa, en el instituto Torre Basoko. Por ahí anda la cinta VHS a la espera de ser rescatada. El público flipaba con el ‘slide’ de Germán en ‘All along the watchtower’ de Hendrix realizado con una taza de colacao. Ensayábamos en casa de su abuela, que era sorda y se bajaba amablemente el sonotone cuando nos venía venir.

Se abría entonces una veta transgresora que Germán y Mississippi Blind Mike, Jugos Lixiviados, protagonizarían con inefable pericia. Parones en los conciertos para tomar la merienda, arrojar mortadela al público, vestirse de mujer, acoplar los amplis a las guitarras durante largos minutos de pitidos insoportables hasta expulsar a toda la parroquia del Donegal o romper botellines de cerveza para hacerse heridas y sangre, que posteriormente arrojaban sobre el escandalizado público. Eso sí que fueron momenticos.

Un video de aquellos años, protagonizado por el simpar Mississippi, cliente habitual de otro lugar de peregrinación de aquellos años, Trokadiscos,  me retrotrae a esa época. Y accedo al documental rodado por Bea Echeverría, ‘Sonido Pamplona’, de próximo estreno en salas, que veo sin pestañear. Y me acuerdo de Los Bichos, que habían salido en la tele nacional, y del disco que Germán tenía, ‘In Bitter Pink’, firmado con rotulador plateado por el propio Josetxo Ezponda, que para nosotros era una especie de Amalfitano de ‘2666’ de Bolaño. Y me acuerdo de una mañana, puede que de borota, en que nos fuimos en villavesa a Burlada, donde sabíamos que vivía, para seguir sus pasos. Y después de mucho esperar, lo vimos entrando al portal de su casa, vestido de negro, y nos volvimos luego tan contentos.

No había internet pero veíamos la MTV, donde aún ponían grupos decentes. Éramos alternativos pero también nos gustaban Oasis, Blur o Smashing Pumpkins. Incluso tocábamos la guitarra clásica en las clases magistrales del ‘iruña’ko’ Joaquín Zabalza. Y escuchábamos y admirábamos a los que tocaban a nuestro alrededor: Karma, Polaris, Ritual de lo Habitual, Greenhouse Effect, Grey Souls, Half Foot Outside, The Wanders (rocabilis), The Glitter Souls, con ese dandi de la calle San Francisco que era Roberto C. Meyer, que también se inventó a los Beautiful Losers,. 

Veo con nostalgia ese documental, con una mirada melancólica, que es la felicidad de la tristeza. Nostalgia por haber vivido aquellos años de manera incondicional al principio, pero luego más en la distancia. Y nostalgia porque de todo aquel movimiento sólo tuvimos constancia unos pocos, por mucho que Julián Ruiz, de RNE3, hable con deslumbrante conocimiento de aquellos grupos. De todo ese magma, quizá los que más proyección tuvieron fueron Souvenir, con J’aime Cristóbal y Patricia de la Fuente. A Pablo Errea, que tocaba en todos los grupos, lo vi hace poco como bajista del Australian Blonde, ese grupo que sí fue bandera de otro movimiento, el Gijón Sound. En Pamplona, fuimos un Liverpool sin Beatles. Pero lo intentamos, y hay algo hermoso en “vivir en el intento”.  Quizá los grupos de ahora, con barbas y a lo loco, como Kokoshca, Joe La Reina o Wilhelm & The Dancing Animals, recojan algo de ese espíritu de aquellos noventa y, entonces sí, el ‘Sonido Pamplona’ sea algo más que pasto para nostalgia de viejóvenes.

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