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Blog / Capital de tercer orden

Sentirse navarro (o no)

Por Eduardo Laporte 06 diciembre, 2016 - 8:00

Mientras Fernando Trueba reniega de una españolidad que dice no haber sentido, tras el día de Navarra yo me pregunto si me siento navarro. Y tú, ¿te sientes navarro?

Un cuadro de Pedro Salaberri, pintor navarro..
Un cuadro de Pedro Salaberri, pintor navarro..

«No me he sentido español ni cinco minutos» ha sido la frase de la disputa de la semana pasada en las redes sociales. Españolas, claro, porque esta polémica tontuela no importa en Eslovaquia ni en las afueras de Zagreb, capital de Croacia a pesar de lo moruno de sus resonancias.

Una frase que tiene un mucho de epatar al burgués, o al español medio, sea quien sea este señor, pero que me permito poner bajo sospecha como sospecho a menudo del ateo recalcitrante. Al niño le gusta juguetear con las distintas identidades y le hace ilusión ponerse tal o cual traje nacional, como vestirse de Supermán para el carnaval txiki. A mí me hizo ilusión ir un día al consulado francés de Bilbao y volver con una nacionalidad extra, como cuando en los ochenta íbamos al Carrefour de Biarritz porque en Pamplona no había y volvíamos con el maletero lleno de cornichones, confitures y camemberts.

Al contrario de lo que predica el reguetón nacionalista, las nacionalidades no son excluyentes. Aunque si adoptas la condición de vasco patriota no puedes ser español. Está prohibido. Pero sí puedes ser navarro y vasco, y navarro y español, y navarro y europeo, y navarro vasco-francés, o vasco-navarro, o navarro-vasco, o navarro-navarro, y también un tipo de navarro antiespañolista, que también es otra opción dentro del catálogo de sentires de nuestra simpar Foralia.

Lo decía el físico Pedro Etxenike (Isaba, 1950) hace días, al recoger la Medalla de Oro de Navarra 2016: «Hay formas diferentes de sentirse navarro». Y está bien que así sea, porque uno puede poner en duda si tiene que sentirse una cosa u otra, pero lo jodido del asunto es cuando viene alguien a decirte cómo tienes que sentirte, a qué hora y con qué intensidad. El buen catalán.

¿Cómo es el buen navarro? Quizá ese navarro-navarro que propugnaba Jaime Ignacio del Burgo en un libro cuyo título dejaba clara su tesis: ‘Navarra es Navarra’. Recuerdo haberlo ojeado de pequeño y no haber entendido ni papa. Porque yo de niño quería ser y sentirme muy navarro, por oposición a una cosa vasca que veía como tosca, agresiva, gritona y violenta, y por ver Navarra como algo más afín a lo francés.

Hoy no reniego de mi navarridad, pero tampoco la siento como algo fácilmente definible más allá de la pertenencia a una república más intangible pero rica pues se nutre de los recuerdos y la gente que aparece en ellos, como el maestro Joaquín Zabalza por decirte un nombre. Quizá la cultive con los años. La navarridad. Durante años la puse en solfa; hoy creo que existe. Quizá sea la idea que tú quieras hacerte de ella, lo cual lo convierte en un concepto interesante por cuanto correoso para los simplificadores de la Historia.

EL NAVARRO UNIVERSAL

El día de Navarra, sábado, amanecí, con ese creciente deseo en mí que es el del turismo religioso, motivado en su fuero interno por un hambre espiritual que siempre he tenido a mí manera y que ahora busca su acomodo litúrgico con más insistencia. Voy probando por aquellos sistemas que han dado muestras de supervivencia y de este modo me hallo a las diez de la mañana del 3 de diciembre en la madrileña iglesia de San Sebastián, donde descansan por cierto los restos de Lope de Vega y otras celebridades inmortalizadas en una placa.

Apenas seis almas —luego hubo una baja y quedamos cinco— escuchamos al sacerdote, que tuvo a bien recordar en más de una ocasión el día de San Francisco Javier, muerto hace 464 años en la minúscula isla de Sangchuan, China. «Id por todo el mundo», decía, y eso es fácil proclamarlo en la era de los vuelos de bajo coste, pero en pleno siglo XVI tenía más mérito.

Llegó hasta Yamuguchi y más allá y no me refiero al parque homónimo, en un mensaje que caló porque el viejo reino es hoy uno de los territorios que más misioneros exporta, unos 1.200 dentro de una cifra estatal de 14.000. Todo esto lo decía porque cuando el señor cura citaba al santo navarro, yo me daba por aludido, más que si citaran a Pío IX o a san Cucufato, por ser el también conocido como san Francisco de Jaso alguien nacido en esa misma república sentimental que antes citaba. Santo por cierto que logra la cosa milagrosa de gustar tanto a unos como a otros, a los navarros-navarros, como a los navarros-vascos-vascos, por aquello de que su lengua materna era el euskera y que él se sentía navarro-navarro, lo que, por lo visto, en palabras suyas, era sentirse «vizcaíno de lengua y navarro de nación».

Mi magdalena de Proust fue el txantxigorri que me daba Jesús el de Torrens de la calle San Miguel. Eso me hace navarro, me guste a no, de aquí a mi último suspiro. Una navarrez aromatizada con lo francés y salpimentada de lo vasco, porque Julio Caro Baroja habla de «la casa vasca» cuando habla de las casas del norte de Navarra y Julio Caro Baroja era todo menos un sectario al servicio de nacionalismo ninguno. Las repúblicas de los afectos no tienen fronteras pero, ya puestos, tampoco cambiaría las actuales por ser, precisamente, las más abiertas.

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