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Blog / Capital de tercer orden

¿Queda algo sólido?

Por Eduardo Laporte 21 febrero, 2017 - 7:00

Muerto el autor de ‘Tiempos líquidos’ y ante la velocidad con que se suceden los cambios sin un horizonte de permanencia, hay quien sufre vértigos, mareos y jaquecas apocalípticas

Detalle del santuario de Aránzazu, en Oñate, Guipuzcoa, de Jorge Oteiza.
Detalle del santuario de Aránzazu, en Oñate, Guipuzcoa, de Jorge Oteiza.

A ojo de buen cubero podríamos decir que cada unos cien años, la peña piensa que el mundo de ayer se ha muerto para siempre y que no otra cosa sino el arrealismo va a llegar para descojonar todo lo bueno conocido y lo malo por conocer. Que lean, precisamente, El mundo de ayer, de Stefan Zweig —recomendado por cierto en su día por Yolanda Barcina; fue en la tele pública y se le olvidó el título, y ninguno de los tertulianos supo tampoco decir cuál era, claro que era antes del fundamental programa de libros de Merzedes, con zeta de Zweig, Milá y cierro guiones—.

En sus páginas se explica el acongoje por el paso del mundo conocido del XIX a esa cosa futurista de torres eiffeles y zeppelines y tranvías eléctricos y coches de caballos ¡sin caballos! que configuraban el siglo XX, con sus exposiciones universales del demonio y proyecciones de cinematógrafo. Hasta las familias podrían hablar sin salir de casa, gracias a un aparato llamado teléfono.

Se acabarían las visitas, porque ¿quién querría ir a tu casa pudiendo hacerlo cómodamente desde tu salita? y poco a poco se acabaría también la conversación, los temas de conversación, la palabra, la especie humana. Mundo de ayer, vuelve.

A mí me gusta más este mundo de hoy que el mundo de ayer, entendiendo por el mundo de ayer ese tardío mundo pop español de unos ochenta y unos noventa en exceso cuadriculados, en las formas de relacionarse, en las formas de trabajar.

Tampoco los viví en mi madurez, así que lo mismo eran más divertidos y creativos, aunque a mí se me antojan simplemente más alcohólicos, más drogodependientes, más falsos, impostados, excesivos, en general.

¿Queda algo sólido? Me lo pregunté al revisar los mandatos de Florentino Pérez como presidente del Real Madrid, la cosa más sólida que se me vino a la mente en estos tiempos líquidos por no decir gaseosos. Quizá el éxito de los Trump y los brexits sea precisamente eso, una defensa con uñas y dientes al mundo de ayer.

Como si cada mundo tuviera su velocidad. Quizá el siglo XX fue demasiado rápido, quizá por eso fue tan desastroso en general, al número de víctimas absurdas me refiero y a la neurosis que trajo la posmodernidad. El nacionalismo no es sino una defensa nostálgica del mundo de ayer.

Florentino Pérez presidió el Real Madrid en una primera etapa que fue del año 2000 al 2006. Volvió en 2009 y ahí sigue. Casi tantos años como Jordi Hurtado al frente de ‘Saber y Ganar’, cuyas emisiones empezaron tal febrero como este, hace veinte años. Ambos parecen llevar bien el paso del tiempo o bien es que de jóvenes lucían aspecto de señores añosos.

Recuerdo al bronceado Mendoza, al repeinado Lorenzo Sanz y aquel otro de paso efímero, Ramón Calderón, pero si pienso en alguien que siempre estaba ahí, está el señor Florentino, estabilidad institucional que imagino traerá pingües réditos al club, pues la gente prefiere lo sólido a lo líquido, el chuletón al sorbete de cava.

Como aquel Fermín Ezcurra, señero presidente de Osasuna que, en el momento en que escribo esto, sigue fresco como una lechuga a sus 94 años. Presidió el club desde 1971 a 1994 en la que fue la etapa más sólida del mismo, antes del desfile de mangantes varios.

En Reino Unido tienen a la reina Isabel II, 65 años de reinado y unos días.

ASIDEROS SENTIMENTALES

La necesidad de ciertos elementos más sólidos que otros llega también por el gusto que nos da asentar la memoria. Quizá por eso uno elige un lado de la cama, un lugar en la mesa, y va coleccionando ciertos ritos sin darse cuenta: luego se recuerdan mejor.

En Navarra, lo que era sólido también se está pasando por cierta Thermomix, y hablo de elementos reconocibles en la vida cotidiana como una Caja Navarra pero también de una idea de Navarra más o menos estable. Puestos los símbolos en cuarentena, tras la retirada de la Laureada, surgen banderas navarras en las ventanas, mientras que las ikurriñas se preparan para ondear en los ayuntamientos que lo quieran, contribuyendo a una esquizofrenia identitaria que quizá no sea otra cosa que lo que somos.

Las luchas entre lo que debe ser lo nuevo sólido en contraposición a lo viejo sólido ocuparán el actual milenio entero. Que mi mundo sólido sea más sólido que lo tuyo. Y si te tengo que dar una pedrada bien sólida, pues te la doy. Mientras, la nueva política nacional ha preferido la solidez, manque autoritaria, de Pablo Iglesias, al posibilismo de Blandi Blub de Errejón. No deja de ser un tic heteropatriarcal, valga la paradoxa.    

Yo no sé si necesito más solidez en una vida, la mía, perfectamente líquida, cuya rutina se compone de otros elementos no precisamente asibles como son las palabras. ¿Habré enloquecido ya? Pues igual. Hablábamos hace poco de la posibilidad de una Itzea como un escenario donde añadir al menos un continente sólido para lo líquido, gaseoso, de las emociones.

Pues no te digo que no. Pero el camino para conseguir ciertas solideces puede acabar con lo poco sólido que te quedaba, como es la capacidad para reconocer tu propia identidad sin alienarte. Ojo.

Ana Blanco y la monarquía serían otros elementos de esta España nuestra que notamos lentamente escurridiza como una almadía. En una época de novedades sin fin desde todos los vomitorios culturales, con un número ingente y diverso de medios de comunicación, es complicado coincidir en nada.

Por eso, al margen de la calidad, triunfaron las series. Conectaban a la población. Sus campos mórficos se ponían en contacto. Las Navidades aguantan y los Sanfermines, con sus más y sus menos, también se viven como un baluarte sólido, pese a los litros que caracterizan al festejo.

Dentro de unas décadas, habrá quien eche de menos la red social Facebook como plataforma que nos unía a unos cuantos y que frenaba la tendencia caleidoscópica centrífuga del signo de los tiempos. Sabremos entonces si el mundo de hoy se mirará con la nostalgia de un mundo de ayer.

Desde esta humilde tribuna me atrevo a pronosticar que la necesidad de solidez traerá de nuevo elementos que muchos considerarán retrógrados, involutivos, como un resurgir de la religión, cuyo éxito a través de los siglos tiene mucho que ver con el suministro de solidez que provee a quien la busca. Porque quizá la solidez interior sea, al fin y al cabo, la única piedra que merezca la pena pulir hasta convertirla, oh, en diamante.

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