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El otoño en Pamplona

Por Eduardo Laporte 20 septiembre, 2016 - 7:00

La entrada en la última estación del año era durante la infancia un ingreso en un túnel invernal en el que había que ingeniárselas para no sucumbir al bajonismo

Los niños manejan lo que se conoce como pensamiento por complejos. Para ellos, el pasado es ‘ayer’, ya sea en efecto ayer o hace un año. Parcelan el mundo en grandes bloques identificables en los que poco a poco se van orientado en esa caja de sombras que es su mundo a estrenar.

Así, al menos para mí, se presentaba ese gran bloque del invierno que empezaba con el viento de septiembre y terminaba poco más o menos con las lluvias de abril. Asociaba invierno a mal tiempo, frío, desapacibilidad en general, lo cual no es tampoco tan desatinado en una ciudad conocida poéticamente como Umbría y más prosaicamente como Mordor. Quizá por eso me vine al sur, que es esa latitud que empieza una vez dejas atrás el túnel del Perdón o las canteras de Alaiz.

El invierno empezaba en Pamplona a finales de septiembre, con dos elementos en el paisaje urbano que marcaban claramente el inicio de la estación en nuestra mirada de niños. Porque así como hay calendarios solares o relojes de arena, también hay eso que llamamos un mobiliario humano cambiante que nos avisaba de la entrada o salida de las estaciones. A saber, el barquillero del paseo de Sarasate, que a lo tonto lleva sus buenos 25 años despachando obleas a pie de calle, en cuanto la primavera asoma la puntita o en su día el inefable Donan Pher, emperador del bolígrafo, que siempre se adelantaba unos días a los Sanfermines. Pero estábamos en el frío.

En ese otoño que para nosotros era simplemente invierno y que se inauguraba con dos hitos. Uno era la llegada silente de los castañeros, Mikel en San Nicolás e Iñaki en Comedias, que salían de sus escondrijos, en una hibernación al revés, para alegría de la pamplonitud que hacía sus recados ya de noche cerrada praguense a partir de las cinco o así. Y el otro hito, la feria del libro antiguo y de ocasión. No sabía yo entonces, quizá por mi pensamiento por complejos o por mi despiste en general, que aquel comercio con aire feriante era de libros poco menos que de saldo, mientras que para mí eran simplemente libros, los libros, y en efecto eran libros, pero más pasados de moda que el saxofón.

PLANETA AGOSTINI Y OTROS MUNDOS

Esos otoños de la infancia en Pamplona eran también los de inaugurar colecciones varias, como la cromos de la liga de fútbol, cuando había equipos en Primera como el Sabadell o el Burgos, y jugadores en Osasuna como Sammy Lee —¿qué fue de Sammy Lee?—.

También de adquirir las novedades que el merchandising lúdico de la época, cuando toda tecnología se reducía a las maquinitas de Nintendo que a duras penas cabían en el bolsillo del uniforme. Me refiero a las peonzas, tirachinas, canicas y aquellos sobres que valían 20 pelas, vendidos en el carrico de la plaza de Toros, y que traían un ejército de combatientes de plástico de diverso pelo. Con dichos tirachinas, solíamos tirar castañas pilongas contra las traseras metálicas de la también dicha feria del libro antiguo y de ocasión, cuyos desprevenidos e intelectualoides regentes se darían el susto de sus vidas ante tamaño e inesperado impacto.

Combatíamos el ingreso en el túnel de Belate del invierno con alguna que otra actividad extraescolar; el espíritu de planeta Agostini también se desplegaba en nosotros y el principio del curso no dejaba de tener la ilusión de los zapatos nuevos, los libros forrados y un nuevo dígito en la etiqueta. A esa cosa sana de querer hacer cosas nuevas, se le unía también la salsa de cierta gamberrería connatural a nuestra condición de seres libres e indómitos.

Empezaban las clases de tenis en el homónimo club, que también nos avisaba del otoño con otro signo bien visible, los globos al estilo cúpulas de Prada Poole, que guarecían al grácil atleta de la raqueta de las inclemencias, nunca mejor dicho, del tiempo iruñatarra. Unos globos que se mantenían inflados gracias, como no podía ser de otro modo, al aire que exhalaban unos generadores con forma de verja metálica que brotaban de la tierra (batida). Pues bien, nada más divertido que sacar nuestras aún púberes pichas para lograr un efecto que algún artista de los Encuentros de Pamplona 1972 habría incluido en su catálogo de performances, de haberlo conocido: la meada ascendente.

Al tiempo serio que se nos caía encima tratábamos de darle la vuelta. Y lo cierto es que lográbamos que aquel otoño en nuestra Pamplona infantil tuviera algo de verano bajo las mantas.

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