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Tú no puedes opinar sobre este artículo

Por Eduardo Laporte 13 Febrero, 2018 - 9:07

¿Estamos todos legitimados para comentar todo o nuestra ignorancia en algunos temas así como nuestra experiencia mediada son un obstáculo cuando no un estorbo para el debate?

Una pareja discute de manera acalorada.
Una pareja discute de manera acalorada.

«Escribo desde la fealdad, y para las feas, las viejas, las camioneras, las frígidas, las mal folladas, las infollables, las histéricas, las taradas, todas las excluidas del gran mercado de la buena chica». Así de fuertecito comienza ‘Teoría King Kong’, el ensayo de Virginie Despentes que acaba de reeditar Literatura Random House.

Un arranque honesto en un libro considerado de referencia en la teoría de género, por cuanto deja clara su posible, vamos a decir, talón de Aquiles intelectual. El flanco por el que se cuela toda una subjetividad, una manera de ver el mundo, de sufrirlo, de amarlo. También de analizar los fenómenos de tu tiempo, de tu vida, el feminismo, en este caso, la relación con tus pares, con ellas, con ellos.

Se refiere Despentes a menudo a las «buenas chicas», esas chicas ideales que viven en un mundo de la piruleta cuyo espejo les sonríe cada mañana, para plantear después que quizá esa figura no exista en realidad. Como si el estigma de ser mujer no se lo quitara nadie, una especie de pecado original sin Jesucristos redentores. Dicho esto, quizá todos los que no somos mujeres tengamos precisamente ese talón de Aquiles, esa flaqueza, esa limitación, para entender el feminismo en toda su dimensión. ¿Significa esto que no podamos opinar?

Una amiga escritora le reprendía a otro amigo, historiador él, en Facebook. Si no sabes torear, pa’ que te metes, le venía a decir. Empiezo a percibir algo que podríamos llamar ‘womansplaining’ en ciertos comentarios proferidos en foros feministas. Quizá se deba al cansancio, al hartazgo, a la impotencia de repetir ciertas cosas.

Ese ‘womansplaining’ sería una mezcla de tono paternalista y unas gotas de agresividad y unos gramos de displicencia que supongo que es una consecuencia y no un efecto buscado y que a veces es necesaria cierta violencia para despierten las mentes (y cambien). Como la bofetada que se da a quien le ha dado un vahído para que reaccione. Siempre he preferido las revueltas pacíficas, no obstante. El wu weii de la convicción. La elegante seducción por la autoridad moral que no eleva la voz.

La escritora le increpaba al historiador algo así como que basta ya de comentarios a la ligera sobre cuestiones feministas y alegaba que los estudios de género son ya una disciplina académica y que nadie opina sobre matemáticas sin ser matemático. Pero una cosa son las matemáticas, ciencia objetiva donde las haya, y otra los estudios sociales, correosos en cuanto que tocan asuntos éticos en los que se cuela lo subjetivo, incluso la semántica.

Despentes habla de su «virilidad» como un motor en su vida, como algo de lo que se siente muy orgullosa. ¿Cuántas mujeres consideran «viril» su comportamiento? ¿Es que una mujer no puede ser «viril» sin que esa cualidad no tenga que ser asociada a lo masculino? Sólo con ese aspecto podríamos debatir, opinar, durante horas. Con estudios de género y sin ellos. Obviamente, quienes los tengan aportarán más. Otra pregunta: ¿no es empobrecedor que esta disciplina sea mayoritariamente estudiada por mujeres? ¿Qué papel juega el hombre en todo esto? Más debate. Opinemos todos. Comentemos todas.

A pesar de que los hombres, valga la perogrullada, no somos mujeres, las cuestiones que dirime el feminismo afectan a los hombres por razones evidentes. ¿Quedamos excluidos del debate? No. Pero basta conocer ese talón de Aquiles, lo ‘mediados’ que estamos por ser, simplemente, hombres.

GRADOS DE MEDIACIÓN

Otro amigo sugería abandonar de una vez por todas la perspectiva de género. Analizar todo sin penes ni vaginas, sin portavoces ni portavozas. ¿No sería eso el culmen de la igualdad? De niño, tuve dos intentos de abuso sexual por un par de chalados pederastas. Uno en el sur de Francia, otro en la calle Paulino Caballero de Pamplona.

Salí por patas en ambos casos. Fue desagradable, pero no me dejó especial trauma ni empecé a mirar a los hombres de otra manera. No vi un sexo concreto en esas intimidaciones. Seguí por mi vida infantil, juvenil, con esa sensación de inmunidad de siempre; tenía más miedo a un atracador que a ningún depravado sexual. Quizá, precisamente, por nacer hombre, saberme hombre, aunque entonces aún fuera un renacuajo. Conclusión: a los hombres nos queda relativamente lejos el #MeToo porque no nos ha afectado en carne propia. Podemos solidarizarnos, pero no entender el movimiento de una manera profunda. Al estar tan poco ‘mediados’, quedamos relegados a una condición secundaria y quizá ese deba ser nuestro papel.

Si tu vida sentimental ha sido un reguero de calabazas, rechazos, decepciones, cuernos y demás tormentos del amor, es posible no ya que seas machista, sino que seas un misógino de primera. En el caso de ellas, no es descartable una misandria. Si abusaron de ti de manera continuada, si dañaron tu conciencia tanto como para devenir agelasta, versión moderna del ‘musulmán’ de los campos de concentración nazis, si sufriste el vacío por no ser una de esas chicas buenas, o uno de esos campeones del equipo de béisbol, quizá sigas mediado, mediada. Como el padre de tres niñas víctimas de abusos que, en el juicio, se abalanza contra el violador. No  sería sensato dejar que ese tipo reformara el código penal.

A menudo he pensado que los nacidos entre 1950 y 1970, con el franquismo bien vivito y coleando, estaban tan mediados que no eran válidos interlocutores para ciertos debates. En concreto, dos: España y religión. Sufrieron de tal modo una particular visión de España y de la religión que son incapaces de hablar sin desapasionamiento. Nosotros hemos nacido más libres, pero seguimos tenemos parte de las alas cortadas. La conocida como generación Z será la que empiece a aportar algo de luz y quizá ellos sean los primeros en llegar a ser los que son.

¿Puedes opinar de este artículo? Claro. Pero antes pregúntate lo mediado que estás a la hora de hacerlo.

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