Blog / Capital de tercer orden

Mis silencios no son cómplices

Por Eduardo Laporte 26 noviembre, 2019 - 8:40

A menudo se lanza la frase de que aquel que calla no sólo otorga, sino que es un aliado de la tragedia del día: opino que esto propicia toscos postureos morales en lugar de soluciones reales

Cientos de personas se arremolinan en el Navarra Arena para asistir a un concierto. PABLO LASAOSA
Cientos de personas se arremolinan en el Navarra Arena para asistir a un concierto. PABLO LASAOSA

En la era de las redes sociales —ese pandemónium que bien podría denominarse el Quinto Poder, por desgracia, me temo—, proliferan los repartidores de carnés. Los que se consideran en un pedestal moral tan elevado que no sólo te indican lo que tienes que pensar sino qué tienes que hacer con ese pensamiento: manifestarlo a toda prisa. Porque si no hablas, eres cómplice. De la sobredosis de microplásticos en los mares —mar Menor incluido—, del raquitismo de las pensiones de nuestros jubilados, de la superpoblación de turistas en la sala de La Gioconda del Louvre. Todo es por tu culpa. Y otros temas más graves con los que no quiero frivolizar.

Como esos perfiles que podríamos bautizar como ecoplastas o ecoamargados. Esos tipos que pretenden reciclar su mezquindad en nobleza de espíritu más por esparcir una imagen de buenismo oficial que de verdadera empatía con la causa en sí. El gasto navideño en luces. Me pregunto si no hay algo de cenizo crónico en escrutar la partida presupuestaria municipal en busca de excesos en bombillas, arbolitos de Navidad y rutilantes estrellitas, con su consiguiente impacto en el deshielo de los polos así como un derroche intolerable. Habiendo falta de camas en los hospitales, ancianos desatendidos de sus dolencias en sus casas y falta de presupuesto para la investigación de las enfermedades raras, ¿a qué viene gastarse ningún millón de euros en lucecitas montadas para escena, que cantaría Silvio?

El propio Silvio quizá se refería a ellos con lo de los delimitadores de las primaveras, los que ríen con sólo media risa, los presos de su propia cabeza acomodada.

Lo fácil es ponerse la pegatina, aquellas que se llevaban en los ochenta, nuklearrik ez, y lo difícil es ir más allá de la pegatina, del gesto, del tuit fardón, del estado pintón, del comentario de barra molón y hacer algo. Quizá incluso dentro de ese silencio tildado de cómplice.

Mi amigo Holzer habla de los Guardianes Silenciosos de la Verdad. Unos seres novelescos que, en su imaginación, serían unos tipos afortunados y discretos que, en habiendo descubriendo la piedra filosofal de la existencia, se dedican a paladearla sin públicas alharacas. Desconfío del arengador de las masas virtuales cuya fuerza se pierde por la boca. Admiro en cambio al que se lanza a un derrotero no jalonado con frases de carpeta sino por unos valores cosechados a fuego lento que no necesitan publicidad. Un actuar más acorde con la propia conciencia que buscando el plácet de ese pandemónium estridente, grueso y dado a un peligroso maximalismo ético de las redes sociales. Es la superioridad moral de los que toleran sólo lo que ellos consideran tolerable. Y, en ese moverse más desde la vesícula biliar más que desde el corazón, lo que generan son nuevos monstruos sumados a los ya conocidos.

Ojalá nos calláramos todos un poco en lugar de señalar o no al que habla o no habla. Quizá entonces escucharíamos a nuestra conciencia, libre ya de egos, likes y otros camuflajes farisaicos, rompiendo por fin  el silencio cuando toca, donde toca. Y, después de romper mi silencio para defender mi derecho al mismo, me vuelvo a callar.

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