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Mis lecturas favoritas de 2018: poco y bueno

Por Eduardo Laporte 11 Diciembre, 2018 - 9:54

Termina el año con un buen sabor de boca lector: títulos elevados al altar, pero lo suficientemente buenos como para volver a ellos más adelante

Una estantería repleta de libros.
Una estantería repleta de libros.

Cuando tienes que hacer esfuerzos para rescatar de tu memoria los títulos que más huella te dejaron en un año, es que no ha sido un festín, lo que no significa que no haya llovido. Porque de lo publicado en 2018, me quedo con libros que no sólo me han dejado huella sino que me han influido, como lector, como escritor, como persona, así que no me quejo. En un primer paneo mental, serían cinco esos títulos que sobrevivirían a la selección natural de la memoria: ‘Solenoide’, de Cărtărescu, ‘Construir un alma’, de Andrés Ibáñez, ‘El dolor de los demás’, de Miguel Ángel Hernández, ‘Teoría general de la basura’, de Agustín Fernández Mallo y ‘Lecturas pendientes’, de Pedro Ugarte.

No digo que esos libros sean los mejores libros del año, del mundo, y todo lo demás una ponzoña inmunda, sino que son los títulos que más me han sugerido intelectual, emocionalmente, a mí, teniendo una capacidad muy limitada de elección. Los criterios son muy subjetivos y yo me libro ya de entrar en el debate de la calidad o no calidad, porque uno puede dejar para otro día ‘La divina comedia’ porque no está de humor, aunque da la casualidad de que estos títulos seleccionados la tienen (calidad).

A ‘Solenoide’ (Impedimenta), llegué tarde, cuando ya los prescriptores profesionales lo habían elevado a los altares. En puridad, el libro se publicó a finales de 2017, pero no seamos tan pejigueros. Fue en enero (de 2018) cuando se publicó en rústica (tapa blanda), así que aceptemos barco. Pese a las altas expectativas creadas por guruses y lectorandos varios, leí las primeras cien páginas con la excitación de quien se encuentra, damas y caballeros, ante una obra maestra. Para mí una obra maestra, grosso modo, sería aquella que conecta con la tradición para generar un texto estimulante, audaz, fieramente inspirado, que trata temas universales como si fueran enunciados por primera vez y te deja una huella honda que no consigue el resto de obras que te rodean. Un relato que apela tanto a tu inteligencia como a tu emoción de un modo tan sublime como para crear una suerte de síndrome de Stendhal lector. También hay algo excitante en leer una obra maestra de este tipo en su tiempo de publicación; como los lectores que leyeron en su día, yo qué sé, ‘Cien años de soledad’. Así que 2018 ha sido para mí ‘el año de Solenoide’, porque tampoco se recomienda leer más de uno de estos libros por año. Porque los libros excelentes hay que digerirlos como se debe. Los buenos libros son como los grandes amores que terminan: requieren su correspondiente duelo evocador una vez se llega al punto final.

Otro libro, ensayo en este caso, de los que llegaron para quedarse en la biblioteca y en el alma es, valga la redundancia, ‘Construir un alma’ (Galaxia Gutenberg), de Andrés Ibáñez. Bajo la apariencia de guía de meditación (para el siglo XXI), este libro es mucho más. Un ensayo que apunta cuestiones esenciales y que ofrece al lector el reto de desentrañarlas y desarrollarlas a su modo. En ello ando. Sin prisa. «Es necesario crear un cuerpo de energía que nos permita entrar en la realidad sutil. Es necesario crear un alma, como decía Gurdjfieff y como antes había dicho Keats. Si carecemos de ese cuerpo, entonces nuestro ego, que no tiene verdadera realidad ni consistencia, se deshace en los cien mil fragmentos que lo componen». Una cita entre las muchas para subrayar.

NO FICCIÓN DE LA BUENA

Leí ‘El dolor de los demás’ (Anagrama) sin pestañear. Un poco por la amistad, un poco por lo que sabía que se jugaba en esa apuesta, un poco por ver cómo resolvía el marrón, un poco por ver hasta dónde llegaba. Y me puse a los pies de su señora cuando descubrí que había llegado hasta el final de sus posibilidades, en un ejercicio de hibridación, con perdón, de su historia personal con un drama local, familiar, casi íntimo, para quitarse el sombrero por su valentía y su compromiso con la historia. También llegó al final de sus posibilidades éticas. ¿Merece la pena contarlo todo? El escritor no es un juez de instrucción; su búsqueda es otra.

Nos proporcionó además apasionados debates sobre el género. ¿Es autoficción un libro que se basa en la experiencia propia y se mantiene fiel a los hechos? Para Serge Doubrovsky, padre del término, sí. Para los que distinguen entre pacto autobiográfico y pacto novelesco, o pacto de verdad o pacto de mentira, no. Yo lo dejaría en ‘no ficción literaria’. O simplemente en literatura, pues mientras haya una intención de sublimar, de salirte de ti e ir en busca de una verdad literaria más que pericial, como pasa en la poesía, estamos ante una novela. Eso se demuestra —y ahí está la fortaleza de la novela, cuando a priori parecía una debilidad— en la no resolución de la trama policial. Porque la literatura, y la autoficción en el sentido de ficcionarse/ponerse en escena, va de eso, de buscarse así mismo, al otro yo que habita en nosotros, va de hundirse en el lodazal propio para salir renacido. Aunque a los demás les duela.

Estimulante el juego de leer ‘Trilogía de la guerra’ (Seix Barral) y ‘Teoría general de la basura’ (Galaxia Gutenberg), de Agustín Fernández Mallo, casi a la vez. No hay nada raro en ello puesto que el propio autor considera toda su obra como «un gran poema», sea ensayo, novela o cosa en verso. Su densidad apabullante podría repeler el lector impresionable; por eso recomiendo ir leyéndolo a sorbitos con su ‘Teoría general…’. Entre sus méritos, haberse atrevido a acotar ese sindiós en el que vivimos bajo la etiqueta de Realismo Complejo. Mata al estructuralismo y propone una nueva manera de acercarse a lo real. De un modo hiperconectado, nada de fragmentado, en el que cuenta tanto, habla tanto de ti, del mundo, el interior de tu nevera como la charla TED que ofreciste hace unos años. La mirada de Agustín nos confirma algo que él mismo dice: «No existe lo antiguo ni lo moderno, sólo lo contemporáneo». Pocos como él en el prodigioso proceso de rescatar la belleza que encierra lo cotidiano.

En este particular y rápido donoso escrutinio, se salva también de la quema ‘Lecturas pendientes’ (Nobel), de Pedro Ugarte. El título da lugar a confusión, pues no estamos ante un libro tipo ‘Lecturas de mí mismo’, de Philip Roth, sino ante un diario íntimo en toda regla. Y en los diarios íntimos se habla de libros, porque suelen estar escritor por escritores, obsesionados ellos con la escritura como extraña forma de vida, que diría Vila-Matas, pero también de otras cosas. Hablé de él con más detalle aquí. Regálenselo. 

¿NO LEES A MUJERES O QUÉ?

Pues qué quieres que te diga, la lista me ha salido así. Si bien es cierto que trato de aplicar una ‘cuota’ y corregir mi tendencia natural hacia el autor varón, no es menos verdad que los libros publicados por mujeres este año y que cayeron en mis manos no me gustaron tanto.

Miento, porque me encantó ‘El uso de la foto’, de Annie Ernaux (y Marc Marie), delicadamente editado por Cabaret Voltaire. Lo cierto es que está escrito a cuatro manos, aunque el alma máter del asunto es Ernaux, en un libro que podríamos colocar en la sección de Literatura autobiográfica, y que nos ofrece una pasión crepuscular, fotos hiperrealistas después del sexo, y la presencia de la enfermedad (cáncer) y la guerra de Irak de telón de fondo. Estimulante vuelta de tuerca a la autoficción, entendiéndola a la manera de Doubrovsky, es decir, la de contarnos literariamente a nosotros mismos.

En parecidos juegos autoficcionales se mueve María Tena en ‘Nada que no sepas’, flamante premio Tusquets que, sin embargo, lo siento pero es así, no me ha fascinado. Quizá por mi rechazo a historias de familias burguesas en las que de pronto hay como una mancha, quizá por llegar a final de año algo cansado de lecturas. Parecida sensación de “ay, esperaba más” tuve con ‘Cara de pan’, de Sara Mesa. Póngame usted la fórmula “fábula moderna” para que salga corriendo. Vamos, que no disfruté, que cantaría Sabina.

Sí lo hice, y mucho, con el relato testimonial de Begoña Huertas en ‘El desconcierto’ y su modo de encarar el cáncer desde el escritorio. Y me reservo los relatos de María Fernanda Ampuero en ‘Pelea de gallos’ (Páginas de Espuma), para 2019. Sé que son cañeros y habrá que elegir buen momento; en cualquier caso ha sido uno de los libros del año.

Termino con otros títulos que me han gustado y que rescata mi memoria cada vez más vaporosa: ‘La hazaña secreta’ (Turner), de Ismael Grasa; ‘Fantasmas de la ciudad’ (Candaya), de Aitor Romero Ortega; ‘Últimas palabras en la Tierra’ (Gadir), de Javier Serena; ‘Carne de cañón’ (Bandaàparte), de Enric Montefusco y ‘La derrota’ (Pepitas), de Pierre Minet.

Prometo ampliar mis cuotas.

Feliz nuevo año lector.

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