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El #MeToo de los pueblos

Por Eduardo Laporte 15 Mayo, 2018 - 9:52

Leyendo la última novela de Miguel Ángel Hernández, me pregunto por la cantidad de historias de maltrato machista que habrán muerto con sus protagonistas

Portada del libro de Miguel Ángel Hernández.
Portada del libro de Miguel Ángel Hernández.

Así como Sergio del Molino radiografió con lucidez la densidad de población y por tanto de actividad, de vida, de nuestro país, en La España vacía, se podría pensar en un mapa de los lugares que más han sufrido la violencia del hombre hacia la mujer.

Por estadísticas, ganarían las grandes ciudades, pero tiendo a pensar en mucho «crimen pasional», como se decía antes, en la Castilla-La Mancha de Almodóvar o en la Extremadura de Puerto Hurraco. Sin embargo, según los datos del Instituto de la Mujer, en Extremadura se mató a las mismas mujeres en trece años que en un solo año en Cataluña (de 2000 a 2013).

Hubo una época en que no había registros y, ya se sabe: lo que no se nombra no existe. Produce escalofríos pensar en la España profunda de la noche de los tiempos, el mundo rural, endogámico, ese vivir de puertas para adentro, los secretos de familia, la supremacía de hombres sobre mujeres...

Es una de las claves de lectura del ‘El dolor de los demás’ (Anagrama) de Miguel Ángel Hernández, que narra, en clave de no ficción, el asesinato que llevó a cabo su mejor amigo sobre su hermana, para arrojarse después por un barranco.

Un suceso espeluznante por varias razones, entre ellas también la esa condición de Jekyll & Hyde de quien hasta entonces había sido un pacífico compañero de juegos. Pero el relato es terrorífico también por lo que no se cuenta. Por lo que el propio autor no sabe.

¿Por qué la mató a golpes, con una sangre que llegaba hasta el techo? ¿Por qué lo hizo en Nochebuena? ¿Abusaba de su hermana? ¿Era el único que lo hacía? ¿La mató ante el miedo de que le denunciara? ¿Qué grado de preparación había en el crimen o cuánto de resorte irracional, violento, salvaje, culminado con el salto al vacío en plena noche, con una cuerda en el cuello que evidenciaba un ahorcamiento previo y frustrado? ¿Y si no se tiró y lo tiraron?

El caso se cerró judicialmente y Miguel Ángel no intenta tanto reabrir esa investigación como entender cómo le afectó un capítulo tan horrible a su piel más profunda. Si relacionó aquel suceso con ese mundo duro de «la huerta» y condicionó ese otro «crimen», ya más íntimo, de cerrarse a ese mundo y vivir de espaldas a él.

Matar a sus raíces y convertirse en otra persona, algo comprensible pero que genera como una endeblez en el alma. Del combate contra esa fragilidad va, también, esta novela impresionante.

ABUSOS TRAS LAS CORTINAS

Se considera violencia machista, de género, feminicidio, a matar a una mujer por su condición de mujer. En todo ello pueden mediar aspectos sentimentales, celos, sensación de inferioridad, deseo de mantener el dominio, el control, y otros meramente sexuales, el uso, abuso, de la mujer como un mero objeto sexual que se mata si no se aviene a satisfacer al hombre, o si genera problemas en unas relaciones no consentidas que en algún momento dejan de ser soportadas, resignadas.

Se produce entonces un basta ya y un no aceptar el chantaje y es entonces quizá cuando el hombre se convierte en asesino.

Quizá eso fue lo que pasó en la huerta murciana, diciembre de 1995, cuando el mejor amigo de Miguel Ángel Hernández mató a su hermana y luego se suicidó.

Es curioso, en 2007 me tocó cubrir, como periodista, un crimen similar, en una pareja en este caso, y el asesino también se suicidó, ahorcándose de un árbol muerto, en un paraje de nombre desolado, Cabeza de Palo, Miguelturra, Ciudad Real.

El páramo de la novela de Miguel Ángel se llama Cabezo de Plata. Recuerdo la sensación de mal cuerpo tras acudir al lugar de los hechos y preguntar a los vecinos. El true crime. En ‘El dolor de los demás’ se respira ese mal rollo, como una sordidez espiritual, la sombra de la crueldad.

Entre uno de sus muchos hallazgos, el retrato del asesino y el dilema moral, antinatural, de haber querido a alguien capaz de hacer algo así. Una de esas personas que no hacían sospechar a nadie, aunque tenía mucho de solitario con problemas de sociabilidad. El asesino agazapado.

¿De cuántos abusos no habrá habido registro, ni recuperación de esa memoria histórica de puertas adentro, como la que hace el autor de ‘El dolor de los demás’?

Ya es demasiado tarde para ese #MeToo rural pues sus protagonistas están muertos y los casos cerrados. Nos queda el vano consuelo de la solidaridad invisible, como una empatía retroactiva, silenciosa, que se alimenta con libros como el de Miguel Ángel Hernández que, sin querer queriendo, compone un valioso homenaje a todas esas víctimas olvidadas. Y, sin querer queriendo también, dignifica el oficio de escritor.

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