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Algunos libros que me gustaron en 2019

Por Eduardo Laporte 10 diciembre, 2019 - 8:39

En un mundo cada vez más disperso y saturado de títulos, rescato aquellos que el azar puso en mis manos y me dejaron buen sabor de boca.

La escritora Elvira Navarro, creadora de 'La isla de los conejos'. EFE
La escritora Elvira Navarro, creadora de 'La isla de los conejos'. EFE

A excepción quizá de ‘Lectura fácil’, de Cristina Morales que se llevó Herralde y Nacional de Narrativa de modo consecutivo, podríamos decir que 2019 se va sin grandes fenómenos editoriales. Tuvo su parte noticiosa el último Planeta, con dos premiados que se salían del marchamo de novela de aeropuerto que caracterizaba dicho galardón, pero por lo demás, más pedrea que premio Gordo de Navidad en Albacete.

Entre los libros que más me sorprendieron y que leí con más atención, destaco dos, que entre sí se retroalimentan además. Ambos son colecciones de relatos y ambos se publicaron en Penguin Random House. El primero es ‘La isla de los conejos’, de Elvira Navarro, y el segundo es ‘Un corazón demasiado grande’, de Eider Rodríguez, cuyos relatos definió la citada Navarro como «piezas maestras». Inteligencia al servicio de la narración en dos autoras que comparten una visión microscópica de lo humano, desvelando lo que los demás no vemos pero sí reconocemos cuando otros lo ven. Dueñas de un estilo sobrio, preciso, certero, las dos construyen universos, partiendo del detalle, en los que sobrevuela un aroma turbio, en la frontera de lo mórbido, que generan adicción. Dejo caer aquí también ‘Primera persona’, de Margarita García Robayo, publicado en Tránsito Editorial.

Entraría en esta escuela la navarra y sin embargo escritora Margarita Leoz, que se coló en la primera línea editorial este año con su ‘Flores fuera de estación’ en Seix-Barral, con otro conjunto de relatos que bien podría ser el reverso a esta cierta mirada. Personajes en contextos extraños, emociones suspendidas y, en su caso, un prodigioso ejercicio del sugerir más que mostrar. Profesores de escritura creativa, apunten este título para las próximas sesiones de ‘Cómo escribir un relato’.

Más allá de los relatos, disfruté con ‘La uruguaya’, una novela corta del argentino Pedro Mairal, que se publicó en 2017 y que este año tuvo su continuidad en ‘Maniobras de evasión’, un amable refrito de reflexiones y prosas apátridas compiladas nada menos que por Leila Guerriero. Se agradece su sentido del humor en tiempos agelastas.

Como se agradece también la ironía siempre fina y caviar de un Iñaki Uriarte que nos regaló sus exquisitas migajas en el epílogo de la edición de ‘Diarios’ que ha reunido su logroñesa editorial, Pepitas de Calabaza. Más de 500 páginas en un delicioso tocho con toda su obra diarística que ya estás tardando en regalar. Comentó uno de los editores que de momento hasta ahí podemos leer pero que el autor sigue escribiendo… Otro título para regalar, que leí de una tacada, también por su cosa autobiográfica descarnada es ‘Otra vida por vivir’ (Galaxia Gutenberg), del griego Kallitadites que, tras tantos años en Suecia, tiene un rostro más sueco que el de Bergman (de quien pudo ser amigo, por cierto).

Y de la literatura del yo más pura, a la autoficción, que es literatura del yo con un buen chorro de ron Legendario y una gotita de eme, si me apuras. Aquí me quedo con ‘Las dos muertes de Ray Loriga’, de Daniel Jiménez, que consiguió interesarme muy mucho a pesar de que Ray Loriga dejó de interesarme hace unos veinte años. Y ‘Ama’, de José Ignacio Carnero, un descubrimiento en Caballo de Troya que se lee en particular clave de duelo. Comparte con el libro de Jiménez un peculiar retrato del origen humilde y la metamorfosis en otras cosas que me recuerda por cierto al Alberto Olmos de ‘Alabanza’.

En clave de testimonio, comprometido testimonio, destaco en este donoso escrutinio el valiente libro de Marta Suria, ‘Ella soy yo’, en el que la autora, protegida por su seudónimo, revela los abusos sexuales que de manera continuada le infligió su padre durante infancia y juventud. Enhorabuena a la autora y a la editorial, Círculo de Tiza, por contarlo. También por la calidad que atesora el libro, en cuanto historia de reconciliación con la vida a pesar de todo.

En el año del Nobel 2x1, me hice con ‘La mujer zurda’, de Peter Handke, que me sedujo por su mirada poética, detenida, oblicua. A su vez, me alejó por esa otra mirada como germánica en la que no faltan alusiones a tabiques, ventanucos y parterres antes de la entrada del apartamento de tres habitaciones. Ahora entiendo buena parte de la tradición literaria norteamericana, tan amiga de esas descripciones absurdas, cuadriculadas: no olvidemos que medio EEUU es de origen alemán.

No leí en cambio a la Nobel polaca, Olga Tokarczuk, de quien me quedo en cambio con una frase que nos recuerda uno de los ideales del rollo este literario, una vez uno ha indagado dentro de si mismo lo suficiente: «La literatura se basa en la ternura hacia cualquier ser que no sea nosotros». Ahí tienen, mandamases de las industrias culturales públicas, el mejor lema posible para el fomento de la lectura.

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