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Josep Pla: un autor para leer en el váter

Por Eduardo Laporte 20 noviembre, 2018 - 8:43

Hay unos minutos preciosos al día que no deberían estar limitados a cualquier lectura ni a cualquier género.

El escritor Josep Pla.
El escritor Josep Pla.

Me acuerdo de la casa de Hemingway en La Habana, Finca Vigía, y su selecta biblioteca de uvecé que nos enseñaban desde el perímetro para los turistas. Se mira pero no se entra. Durante años, pensé que era el único que practicaba tan discreto hábito. En ‘Autorretrato’, Édouard Levé confiesa que coloca un montón de papel higiénico en el inodoro antes de sentarse en él, cosa en la que coincidía José Luis Cancho, y yo mismo. Hay una secreta felicidad en compartir estas manías. Personalmente, no entiendo ese momento de soltar amarras sin un libro a mano; desde que tengo uso de razón lo llevo a cabo: superhumores, tintines, astérixes y ya novelas más serias.

Pero hace ya unos años que descubrí que las novelas no son para el verano, digo, para el retrete, ya que exigen un meterse en situación, en un humor, en una trama, que complican demasiado la mañanera situación. Tampoco la poesía, por ser un espacio harto pedestre, pero sí ensayos, revistas y, especialmente, libros de no ficción o miscelánea como diarios, crónicas, memorias o batiburrillos lúcidos y afilados como este ‘Madrid, 1921. Un dietario’ (Libros del KO), de Josep Pla, que releo sobre el trono.

EL MADRID DE AYER

Cuando regalo uno de los ejemplares de mi primer libro publicado, ‘postales del náufrago digital’ —muy embebido de ese Josep Pla al que intentaba imitar por cierto— invito a que lo lean en el váter (en su respectivo váter, se entiende). No hay desdoro, nunca mejor dicho, en tal sugerencia, pues pocos minutos tan intensos y de mayor concentración —los neurólogos deberían estudiarlo— como los que suceden bajo el patrocinio del señor Roca.

Ahí disfruté no hace mucho de ‘Le monde d’hier’ (Folio), de Zweig, de las reflexiones de Adam Zagajewski en ‘En la belleza ajena’ (Pre-Textos), de ‘Aire de familia’ (Fórcola), de Francisco Fuster, así como de fragmentos sueltos de la ‘Teoría general de la basura’ (Galaxia Gutenberg), de Agustín Fernández Mallo, y decidme si no es un título idóneo para tales coordenadas espaciales.

Ando disfrutando ahora del Madrid del joven Pla, en un librito que —pasémonos ya de pedantes—puedo decir que he rerreleído; en su día en la edición original, luego en la reedición de 2012 en el citado sello. Uno abre cualquier página —el baño es un lugar sin bolis ni marcapáginas— y subraya con los ojos. Así es la lectura de uvecé, un poco a lo ‘Rayuela’ pero sin esperanza de tejer ningún recorrido, y se me acaba la columna para hablar del libro. Porque yo quería entresacar comentarios certeros como que España es la única expotencia colonial que no tiene apenas vestigios sobre aquello. «Castilla ha gobernado a medio mundo», dice, pero «búsquese lo que ha quedado, en este país, de aquella dilatada y fantástica dominación». Mientras Viena, París, Constantinopla, Londres o Roma son «estilizaciones arquitectónicas nacionales de un esfuerzo histórico», en Madrid tenemos el Casón del Buen Retiro. Tema para el debate y más argumentos para el ‘Spain is different’.

También me seduce ese retrato del ‘mundo de ayer’ que hace de ese Madrid de hace cien años que se vuelve «americano y moderno». Porque se abre la Gran Vía y desaparece el Madrid de la Restauración de «señoras púdicas y beatas, una gran vida de iglesia, una espesa maraña de relaciones de vecindad y una vida popular sentimental, ingeniosa y un poco avinada. Era el Madrid de las macetas de albahaca, de las persianas verdes, de los horribles empedrados (…)». Una ciudad, sigue, donde aún se podían ver carretas de bueyes, chulos con capa, sombreros hongo y bastón. Un mundo «cromático, clavelero y soleado». Aplauso lento.

¿De qué Madrid nos desprendemos y hacia cuál vamos? ¿Cuál es el mundo de ayer que se desvanece? Se necesitan nuevos Josep Pla. De él dijo Umbral que no le gustaba Madrid, pero tampoco Barcelona. Que era un esnob con boina, que es lo último que se pondría un esnob. A mí a veces me parece que se pasa de procaz, que tiene un sentimiento elevado y acotado al mismo tiempo. Con este libro me he vuelto a reconciliar con él así que recomiendo leer a Pla, en el váter o donde te dé la gana.

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