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¿Está la izquierda en contra del euskera?

Por Eduardo Laporte 16 octubre, 2019 - 9:15

Sindicatos como UGT o SPA han demostrado, con sus recursos al TSJN para modificar el decreto del euskera, que el riesgo de discriminación de dicha lengua en Navarra no es una percepción irracional o ideológica.

Una manifestación a favor del euskera recorre las calles de Pamplona. PABLO LASAOSA
Una manifestación a favor del euskera recorre las calles de Pamplona. PABLO LASAOSA

«Conozco gente con notazas que se ha quedado fuera por el euskera». Me lo cuenta la pareja de una médica aspirante a plaza pública en Navarra. El modelo de oposición vigente en el País Vasco otorga 18 puntos, de los 120 en liza, al euskera. Otros idiomas y títulos varios irían incluidos en el apartado formación, que integra los títulos académicos en general: 20 puntos.

Si sabes inglés, portugués o sánscrito, pues ahí que va; es lógico que esos conocimientos sean premiados —no sé si concretamente como mérito— y lo suyo sería que el conocimiento de euskera, tan lengua como otra cualquiera, sumara, pero no de un modo tan determinante en un territorio donde hay zonas en las que ni se habla ni se estudia. No obstante, el conocimiento de una lengua como el inglés, básica para publicar artículos en una revista como ‘Science’, entiendo que para un médico o investigador pueda puntuar más.

Lo que pretendía el antiguo cuatrivaskito —y corríjanme si me equivoco que desde Madrid todo llega como en diferido— era priorizar al euskera más incluso que ese inglés vehicular en la ciencia, otorgándole capítulo propio (18 puntazos), y poniendo en el mismo saco competitivo a leiztarras y caparrosinos. O sea, un puto despropósito.

Me alegra que tanto los citados UGT, como el Sindicato de Personal Administrativo como el Sindicato Médico de Navarra, como Afapna o Satse hayan sido los principales responsables de la reconducción de un decreto en principio aprobado, a la espera de posibles recursos el 12 de noviembre. Me satisface que movimientos vinculados a la izquierda y por tanto libres de esa sospecha original de euskerofobia que tradicionalmente se asocia a otros entes hayan aportado esas dosis de sentido común y alertado del peligro de discriminación. Me agrada que un tudelano no vascoparlante que quiera opositar para neurólogo en el Servicio Navarro de Salud – Osasunbidea no parta en desventaja con un euskalberri de Barañain. Porque la diversidad de Navarra así lo establece y no tener en cuenta este detalle es no entender Navarra o querer imponer una visión de Navarra que no existe y que obedece a ensoñaciones ideológicas de peligrosa tendencia.

Hace poco me comentaba una amiga, escritora, vizcaína, el progresivo rechazo que fue cogiendo a una lengua, el euskera, que en teoría debería haber amado como se aman las cosas que dibujaron el paisaje de nuestra infancia. Pero es precisamente en la infancia donde más brilla el sol pero donde más pesan los nubarrones, los traumas, hasta dejar una huella por desgracia indeleble. Aquello de la letra con sangre entra que, por lo visto, se convirtió en aquellos primeros ochenta el aprendizaje del euskera en algunas ikastolas motivadas de más. Como esa obligación de hablar euskera en los recreos, con los compañeros, bajo pena de distintos castigos y para lo cual se elegía la figura de un vigilante. O delator. Uno de tus compañeros no jugaba al fútbol, balón prisionero o a saltar la goma: se dedicaba a husmear los corrillos para ofrecer un posterior informe detallado a los profesores de quién habían infringido la norma sagrada y habían hablado aquel castellano propio de colonizadores genocida y guardiaciviles con mostacho.

Si cuento todo esto es porque a las lenguas se les quiere o se les ama por lo que son, vehículos de culturas inmemoriales, pero también por lo que hacemos con ellas. Porque las lenguas deben ser de los ciudadanos, no de las instituciones. Y lo que es justo está por encima de las ideologías.

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