Blog / Capital de tercer orden

Huesca

Por Eduardo Laporte 06 junio, 2017 - 9:25

Entre la Cataluña en ebullición, la Navarra agitada y quizá revuelta y un País Vasco siempre en guardia se encuentra una tierra amable

Varias imágenes de Huesca. E.L.
Varias imágenes de Huesca. E.L.

Hay un lugar donde las banderas parecen no contar. Cada vez que paso por Aragón, apenas veo esos trozos de tela simbólica. Si acaso, alguna rojigualda, pero no suelo ver la de la Comunidad, tan parecida a la catalana, por aquello de compartir tanta historia. Quizá vivan por encima de las banderas, que puede que sea un síntoma de madurez política o, sin más, de estabilidad institucional, social.

En los pagos navarros, ya digo, las aguas están más revueltas. Las banderas, bien puestas, aportan una calma mental. ¿Cuándo está bien puesta una bandera? A mí me gusta la que algunos llaman la navarrica, creo que representa la complejidad navarra en la que cabemos todos, y esa es la gracia, pero también es cierto que no hace guiños a lo vasco, a ese elemento vasco que también integra navarra y es Navarra. ¿Incluir la ikurriña a la familia banderil sería una solución? Algunos piensan que sí. Y, de paso, plantan un pica en su Flandes particular de lo que han venido a llamar, me temo que eufemísticamente, el «recuperemos Navarra». El lío, chistorras al margen, está garantizado y yo por eso me voy, aunque sea este fin de semana, a Huesca.

En Huesca noto un buen feng shui social, político, histórico. Como si la historia, larga, densa, plagada de reyes, fueros, cortes, recontrafueros y juegos de tronos varios hubiera quedado zanjada para siempre. Hay una hora al final del día, cuando el sol se ha puesto, que deja un remanso de luz de tiempo indefinido. Quizá haya territorios que viven en ese periodo, en un dulce atardecer que no es ocaso sino un plácido esperar al día siguiente. Joder sí puedo ser cursi.

En Graus, preguntamos por La España vacía, de Sergio del Molino. Les cuento que es un libro que habla de la despoblación y la dependienta reconoce que es un tema que les afecta así que apunta el título, autor, editorial. «Lo pediré el lunes sin falta», me dice, mientras envuelve con una dedicación infinita la novela de Cercas que compro en su lugar. Hay algo en la simpatía oscense que merecería capítulo aparte.

Me hace pensar en el trato de un navarro al que le han inyectado en vena una generosa dosis de bonhomía y unos inhibidores, en cápsulas, de suspicacia, con unas grageas de confianza y empatía emocional con un potenciador de la campechanía pero sin empalagar. A pesar de la lluvia torrencial, el pueblo se muestra animado en mañana de sábado, un oasis urbano en medio de tanto campo que hace pensar en ese bullebulle comercial de los años cincuenta en un país en el que no hubiera habido franquismos.

BAJO LAS MONTAÑAS

La montaña siempre me pareció melancólica. Y si tiene pantanos, más. Recuerdo un baño en el balneario de Panticosa, verano de 1990, realmente malrrollero. Pillamos un pedaló y nos dedicamos a navegar sobre esa agua negra y milenaria, encerrada entre bloques de piedra, con un frío que más que gélido era siniestro. Faltan monstruos del lago Ness en nuestra historia hidrológico-fantástica. Años después, nos perdimos, de noche, en un embalse bajo las faldas de la peña en que se sitúa el santuario de Torreciudad, construido para gloria del santo local más reciente y meteórico, Escrivá de Balaguer.

No sentí esa opresión del mar enemigo, puesto que hay algo en vivir antes de las montañas, en el prepirineo, somontano, que resulta acogedor. O quizá me remite a mi propia navarritud, Navarra, na-berri, tierra entre montañas, según los anales del Padre Moret. O al contraste entre el saltus, bosque, y el ager, campo, en que dividieron los romanos el territorio hasta entonces poblado por los vascones, que ocupaban, grosso modo, el actual mapa de Navarra. Quizá la posibilidad de montaña, más que la montaña misma, sea la clave. Al menos para espíritus como el mío, que siempre han querido tener todo, y prefieren ese no situarse ni el saltus ni el ager. Pamplona, sin ir más lejos, es eso. Madrid, también.

LA ESPAÑA VIEJA

Una buena secuela de La España vacía podría ser La España vieja. Con un 21% de la población mayor de 65 años, Aragón es la quinta comunidad española con más ancianos. Lidera la clasificación Castilla-León, la vieja, con un 24% de la población ya en edad legal de jubilación. Luego está el asunto de la despoblación, ya tratado con magisterio poético en La lluvia amarilla, de Julio Llamazares.

En el monasterio de Nuestra Señora del Pueyo, nos cuentan que vuelve a haber monjes: son siete. Y argentinos. Antes, en un turismo religioso más bien por casualidad, o a saber, hemos pasado por el templo budista de Dag Shang Kaguy, excentricidad oriental levantado en 1984 la Baja Ribagorza, donde, ahora sí, vimos a un señor leyendo La España vacía, de Del Molino, a las puertas de un templo que, ay, no sólo estaba vacío sino cerrado, en pleno fin de semana. Como la tienda, presidida por una impertinente máquina de Pepsi y una serie de estancias, alrededor de la estupa, con un deje a cartón piedra de las filosofías que nos decepcionó un poco. No obstante, la idea de pasar una temporada en las residencias habilitadas  para los visitantes resulta tentadora.

Digamos que hay una Huesca que hace cosas, que trata de evitar la sangría humana de los tiempos: el éxodo hacia ese otro barrio que trae la propia biología y ese otro, más triste quizá, de buscar las oportunidades donde se encuentran. Lo contó hace en 2005 el director de cine Juan Miguel Gutierrez en Bozes Lexanas, documental sobre la despoblación cuyos protagonistas, tenaces moradores de un mundo en extinción, habrán muerto ya todos.

A mí Huesca me cae bien. En la zona de Barbastro hay un suave deje catalán, cuando dos países se funden sin aparente conflicto, como demuestran esos bocadillos de longaniza con base entumacada que tomamos en Aínsa, que nació para defenderse del protestantismo francés. La arquitectura del miedo, esa que generó torreones de defensa en recoletísimos pueblos como Troncedo o Abizanda, con su toque toscano.

Hay una Huesca, por debajo de los Pirineos más trillados, que parece querer invitarnos a su seno, de modo tímido y sutil. Como los esturiones del Cinca con salsa de puerros que tomamos en Bodegas Somontano. La corbata del maitre, un viernes por la noche en el que éramos casi los únicos comensales, ese gesto de elegancia proyectada, de generosidad estética no solicitada, me pareció que condensaba el espíritu de la Huesca que me gusta.

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