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Blog / Capital de tercer orden

Un franquismo milénial

Por Eduardo Laporte 12 enero, 2021 - 10:22

A una semana del Blue Monday, en plena cuesta de enero, dentro de esta nueva-nueva normalidad que ha traído Filomena y con los vecinos dando por saco con sus vallenatos, nos queda el taoísmo y la esperanza de un futuro mejor. 

Una persona avanza con esquíes junto a la fuente de Cibeles, cubierta de nieve por la borrasca Filomena, en Madrid. Jesús Hellín / Europa Press
Una persona avanza con esquíes junto a la fuente de Cibeles, cubierta de nieve por la borrasca Filomena, en Madrid. Jesús Hellín / Europa Press

Leyendo ‘Todos estábamos vivos’ (AdN), de Enrique Llamas, novela sobre la movida madrileña, surgen algunas reflexiones. La de qué fenomenalmente vivieron aquellos nacidos en los cincuenta o sesenta y se encontraron en plena juventud con un mundo a estrenar. Muerto Franco, no es que comenzara el destape, sino que España toda se lanzaba a un renacer vitalista que quizá no tenga parangón en la historia universal, si exceptuamos la alegría sobrevenida en la Foralia finisecular tras la felizmente ahogada ‘gamazada’ de 1895. Entonces hubo misa al aire libre en Tudela y un recibimiento en Castejón a los diputados heroicos que ni cuando Indurain logró su quinto tour. Anda y pínchame una vena.

Para muchos, además, aquello supuso el fin de una militancia más o menos impostada, un contra Franco vivíamos mejor que acabó resultando cansino para que los que simplemente querían vivir a su aire, lejos de consignas a menudo simplonas y empobrecedoras. Lo de ‘La estaca’ de Lluís Llach quedaba bien para una canción protesta, pero la historia es a menudo más compleja que la poética ventajista de un cantautor.

La movida tuvo lugar en Madrid, pero toda España vivió su particular dosis de dinamismo, terminada esa fase de estatismo histórico denominado, paradojas, el Movimiento. Supongo que en ese contra Franco se vivía mejor anidaba también el presagio de que no había mal que cien años durase. Que aquellas detenciones arbitrarias a quien andaba más o menos vinculado con la lucha antifranquista cesarían cuando muriera el de Ferrol, como narra muy bien Delibes en ‘Señora de rojo sobre fondo gris’, con esos hijos en cárceles a los que la madre visita haciendo de tripas corazón… y sonrisas.

Hay una cita del tao que dice: «Observa todo lo blanco que hay en torno tuyo, pero recuerda todo lo negro que existe». El día de la mayor nevada que ha vivido Madrid en cincuenta años vi mucho blanco, pero también negro. Sobre todo, al comprobar que mi renqueante caldera, ay, había decidido funcionar justo ese sábado de nieves y bienes. De la nueva normalidad confinada, a una nueva-nueva normalidad confinada dentro de un confinamiento, el de, en este caso, mi habitación. Un universo reducido ahora a esos metros cuadrados, amparado bajo la bomba de calor (bendita la hora en que decidí instalarla), y con una indumentaria propia de las rebajas de aquellos almacenes Alonso, con su ‘Enero, mes pijamero’, en el que encontré cierta paz dentro del temporal. Dejaba de nevar sobre mojado.

No tenía agua caliente, y mi pelo sucio me hacía pensar en el autor de ‘La vida simple’, con sus seis meses en Siberia en una cabaña a orillas del lago Baikal. No sufriría el frío exterior y contaba con garbanzos con morcilla en la olla. Claro que ese recobrado sosiego quedaría roto por el vallenato contumaz, insidioso, tortura de la T.I.A., al que me someten mis vecinos con más frecuencia de la deseada. Emprendido el camino opuesto a Pablo Iglesias, uno llega a entender, en el corazón de Vallecas, la estrafalariez de instalarse en un Galapagar.  

Con esa música que alienta mis más bajos instintos, pensaba en Franco. Y en ese Ángel González con su poema del «Aquí, Madrid, mil novecientos cincuenta y cuatro, un hombre solo» y que reproduzco, qué diantre, enteramente:

Un hombre lleno de febrero,

ávido de domingos luminosos,

caminando hacia marzo paso a paso,

hacia el marzo del viento y de los rojos

horizontes —y la reciente primavera

ya en la frontera del abril lluvioso...—

Aquí, Madrid, entre tranvías

y reflejos, un hombre: un hombre solo.

—Más tarde vendrá mayo y luego junio,

y después julio y, al final, agosto—.

Un hombre con un año para nada

delante de su hastío para todo.

A Ángel González le quedaban más de veinte años aún de porvenir. Te llaman porvenir, decía, porque no vienes nunca. Nosotros no sabemos aún cuál será nuestro porvenir, y quienes deberían orientarnos, verbigracia Fernando Simón, se antojan tan fiables como un faro alimentado con pilas de botón en plena galerna del Cantábrico.

Lo blanco, lo negro. Filomena, la pandemia que no cesa. Un amigo de Pamplona residente en Mánchester me comenta que sólo una de cada cincuenta personas que ve por la calle lleva mascarilla. Mientras, mueren más de personas al día por una covid que supera incluso la virulencia de marzo y abril del año pasado.

Pronto llegaremos al año de esta particular guerra sin cuartel. La vacuna tiene algo de desembarco de Normandía por fascículos y de, por lo pronto, eficacia por probar. ¿Y si hay nuevas cepas, mutaciones, nuevos virus, nuevos pangolines, nuevos wuhanes y lo de Pfizer se revela agua de borrajas? «Observa todo lo blanco que hay en torno tuyo, pero recuerda todo lo negro que existe». Excepto en los días de nieve, apenas hemos dejado de dirigir nuestra mirada a la oscuridad desde hace casi tres cientos días. Si el franquismo fue largo y gris, esta temporada llegó prieta y negra. Sólo nos queda pensar en tao, el yin y el yang, en que todo este largo invierno dará paso a una primavera. Entonces podremos imbuirnos del espíritu de aquellos maravillosos años que vivieron nuestros padres, con ese mundo por estrenar, esa España salía del armario del alcanfor, y en color.

Eso sí, como advierte el autor del libro que abre este el artículo, vivámoslo, si llega, con algo más de moderación. «Porque la movida fue un movimiento cultural que ha sido contado, únicamente, por aquellos que lograron sobrevivirla». Sería triste indigestarse de vida una vez la muerte se retire, una vez se diluya este particular franquismo milénial que los nacidos en democracia recibimos como un caldo concentrado de aquello.

Ya falta menos. 

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