Blog / Capital de tercer orden

Elogio de la ciudad rural y del pueblo urbano

Por Eduardo Laporte 30 junio, 2020 - 9:22

Apenas se habla de esas localidades que resisten el vaciamiento circundante y que en ocasiones parecen esconder la medida de la felicidad

Una calle de una localidad rural. DANIEL NEBREDA
Una calle de una localidad rural. DANIEL NEBREDA

Después de seis meses sin salir de Madrid, abiertos ya los portales medievales invisibles de la desescalada, hubo quién optó por el balneario de La Toja o las playas más selectas de Málaga. Aquí y dos amigos nos fuimos de ruta por la Castilla profunda, de Piedrahíta a El Barco de Ávila, en este proyecto vitalicio de patearse España, que es como decía Unamuno que uno se hacía patriota, quiera o no, toda vez que se recorre el país con los pies y con los ojos.

En estas rutas que llevamos a cabo sin calendario fijo desde hace diez años, nos hemos internado no en lugares fuera de sitio, que diría Del Molino, sino en rincones fuera de guía. Esa Ruta de la Plata en la que apenas verás a más peregrinos que tu sombra allá por el tramo de Zamora, aunque tenga etapas memorables como la anterior que desemboca en Salamanca, con esa plaza Mayor con verdadero feng-shui, no como la de Madrid enferma de algo más que su ramplonería turistificada.

Gracias a esa vía que va de Sevilla a Astorga —donde conecta ya con el Camino de Santiago— conocí por ejemplo Benavente, punto neurálgico de las carreteras del noroeste de Castilla. Una ciudad más ciudad que pueblo que no llega a los 20.000 habitantes, pero que podría tener las bondades de uno y de otro, es decir, servicios y acceso directo a la naturaleza. Ventajas de la ciudad pero en unas dimensiones tan asumibles que todo se hace a pie, en cinco minutos, apenas hay unos semáforos simbólicos que dota a la localidad del título de ciudad.

La ciudad pueblo o el pueblo ciudad se mueve en la horquilla de los 2000 a los 20.000 habitantes. La citada El Barco de Ávila cuenta 2368 barcenses censados y una señal que conduce al «Centro ciudad». En una de sus calles de poca sofisticada nomenclatura, que si Castillo, Fuente o Pozuelo, encontramos una casa rural. ¿Una casa rural en pleno casco ‘urbano’? Es el encanto contradictorio de estas localidades de identidad flexible.

En Navarra tendríamos Puente la Reina, Tafalla, Estella, Sangüesa (nunca he estado en Sangüesa), Alsasua, Vera de Bidasoa, Corella, Peralta, San Adrián, Cintruénigo y Elizondo. Localidades más presentes, con suerte, en ‘España directo’ que en los informativos y que rara vez fueron noticia por sus triunfos deportivos, aunque sí por sus deportistas. Alberto Corredor, Laudelino Cubino o el propio Induráin pusieron a Pinto, Béjar o Villava en el mapa, y es que el ciclismo es muy de estas ciudades pueblo /pueblos ciudades.

En esos lugares, que llamaremos también pueblos urbanos y ciudades rurales, uno encuentra lo fundamental para la vida moderna, a saber, reprografías, tiendas de móviles y más de una farmacia para poder alternar. Hay también aseguradoras, gestorías, algún que otro abogado que se anuncia con mayor o menor boato en una placa callejera y una autoescuela. Suele haber una plaza principal en estas ciudades rurales, normalmente porticada y con columnas gordotas y ajadas, que jalonan edificios de cierta solera en los que nacieron o murieron personas terciarios de la historia: poetas, militares, religiosos, biógrafos.

Cuentan con una calle estrecha que en cualquier capital de provincia pasaría por pasadizo pero que en estos pagos alcanza la categoría de Mayor. Josep Pla escribió un libro tan olvidado como precioso titulado precisamente La calle estrecha, con un veterinario como protagonista, que describe como nadie ese universo de los pueblos que no son aldeas.

En esa calle angosta hay comercios que aún no se han despojado, ni despejado, del pasado reciente, ese que no es retro y fue tendencia hace demasiado. Abundan las «tiendas de modas» y las zapaterías que reponen los modelos que marcas como Kelme, Paredes y J’Hayber siguen fabricando misteriosamente, como si existiera una industria clandestina dirigida por el Ministerio del Tiempo. En sus ¿súper?mercados no hay más de una cajera y como mucho dos empleados, que se turnan entre lo del cobrar y el cadencioso manejo de la máquina de cortar embutidos. Las dulzainas típicas locales conviven con bollicaos y oreos y, aunque el surtido es limitado, nunca falta de nada.

Dice Salvatore Settis en su reciente ‘Si Venecia muere’ (Turner) que hay ciudades que forman parte de nosotros por su «trama continua de proyectos, miradas, gestos, saberes y memorias» y que por su unidad y diferencia tienen un papel respecto a las demás. Noticias recientes pronostican una temporada veraniega finalmente buena, incluso mejor que en años anteriores, dentro del turismo de interior. Me alegro por estas ciudades rurales, por estos pueblos urbanos, Almagro, Villanueva de los Infantes, San Lorenzo de El Escorial, el Peñafiel —donde nació, como todo navarro sabe, el príncipe de Viana en 1421— y los necesarios euros que vendrán.

Me gustaría pensar que estas poblaciones no solo languidecerán, sino que serán parte importante en la recuperación de la España vacía. El horizonte de instalarse en una de ellas por una temporada indefinida no resulta desdeñable, al menos en la pizarra siempre amable de los proyectos.

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