Blog / Capital de tercer orden

El coraje de los pájaros

Por Eduardo Laporte 09 abril, 2019 - 9:10

Nunca he sentido especial interés por la ornitología, pero siento que me pierdo algo.

Un colibrí se posa sobre una flor. ANDREA REIMAN - UNSPLASH
Un colibrí se posa sobre una flor. ANDREA REIMAN - UNSPLASH

Se hunde el mundo y tú ahí, con tus prismáticos, dilucidando si se trata de un petirrojo o de un pito real. Se llena la ciudad de tipos y tipas fofisudorosos de ácido úrico con sus homenajes a los terroristas de la ética y la estética que secuestran los bienes culturales, igualito que hacía Franco, con ese euskera que parece que es sólo de unos, los que mataron y apoyaron a los que mataban, y tú contemplando algunas de las diez mil especies de aves descritas en el mundo. Y bien que haces.

Porque hay que tener coraje para dar la espalda a todo aquello y, como el señor Cayo y su disputado voto, dedicarse a admirar la flor del sauco y no olvidar nunca sus propiedades. El coraje que tienen los mismos pájaros para bastarse con su vuelo, su canturreo que se agudiza por las mañanas y al caer la tarde. En ese vuelo de despliegue del serín verdecillo, mientras canta, en un vuelo lento, como a cámara lenta, como una bolsa que cae y se suspende a trompicones. Es el aleteo feliz de quien tiene todo: el territorio, la reproducción y la Tierra bajo sus plumas.

 ‘Le courage des oiseaux’, canta Dominique A. «Si tan solo tuviéramos su valor para cantar sobre el viento helado». ‘Free as a bird’ cantaron a su vez los Beatles, pero quizá el pájaro sólo sea en realidad libre cuando ha conquistado eso: su lugar en el mundo, su capacidad para perpetuarse. Por eso canta, para lograr esas dos conquistas.

Quizá escribir tenga motivaciones parecidas.

Borja sabe de pájaros, a ellos ha dedicado su vida, su doctorado, sus veinte años en Estados Unidos, y no se aburre de ellos. Yo no sé nada de pájaros, siempre he saltado las páginas en que los escritores de la observación hablan del mirlo, del grajo, del vencejo, ese bicho aéreo con cara de anciano inofensivo que me hace pensar en el difunto Sánchez Ferlosio.

Dice Borja, prismáticos al pecho en un bosque del norte de Cáceres, que hay dos tipos de naturalistas: los de andar y los de contemplar. Él es de los segundos y nos revela las bondades de sentarse durante veinte minutos a la orilla de un arroyo, momento a partir del cual empiezan a pasar cosas. Los animales salen de sus escondrijos y uno puede jugar a Humboldt por un rato, pero sin subir al Chimborazo con corbata blanca ni cargado hasta los topes de sus cianómetros para los distintos azules del cielo.

¿Cuál es la valentía de los pájaros? ¿Conformarse con poco? ¿El territorio y la lucha por la supervivencia de la especie? ¿Eso es un pájaro o un nacionalista vasco?

Quizá los pájaros no sean tan libres como pensábamos. Puede que contemplándolos nos sintamos más libres que ellos. A lo mejor su coraje es ese, cantar a través del viento. ¿Qué hacemos con los pájaros?

Cambian la perspectiva al mundo, nos ilumina Battiato. Eso es. Ojalá más pájaros y nuevas perspectivas.

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