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La dignidad de la novela histórica

Por Eduardo Laporte 29 marzo, 2016 - 0:11

Javier Díaz Húder vuelve a las librerías con ‘El beso’, donde recrea la relación de Rodin y Camille Claudel, y reivindica la novela histórica como modo de conocimiento

Javier Díaz Húder, escritor navarro.
Javier Díaz Húder, escritor navarro.

En el artículo sobre autores navarros no se habló de novela histórica, como tampoco se habló de poesía, ensayo o aforismos, de lo que se me quejaron, con y sin razón, algunos de los no aludidos. ¿Es literatura, con mayúsculas, la literatura histórica? Entre los intentos de definir el hecho literario puro, está el de no tener función, más allá de un modo de poner en juego la épica y la lírica, conflicto y belleza.

La literatura no sirve para nada: ni tiene pretensión didáctica, ni moralizante, ni de reflejo de una época. El arte, en general, no sirve para nada, lo cual es su fortaleza, pero también su debilidad. Habrá quien vea en la novela histórica un subgénero de la literatura y también quien la lea como un feliz híbrido que ofrece trascendencia y divulgación. Porque la buena novela histórica es aquella a la que se presupone un rigor histórico; a través de personajes y tramas, se da vida a hechos reales, que el autor recrea. Poner de fondo a unos monjes de una orden inventada y mandarlos a unas cruzadas esotéricas por un medievo de cartón piedra no es novela histórica, es otra cosa.

Leer novela histórica, valga la perogrullada, es leer historia y literatura y quizá haya reivindicarla más en estos tiempos líquidos, pero también dispersos, centrífugos, que vivimos. Como las novelas de Javier Díaz Húder (Funes, 1940) que, en charla telefónica, comenta que todas sus novelas, menos la de Calígula, tienen relación con Navarra. «Aunque hable de un rey francés, siempre hay un personaje navarro», dice. Y ahí están sus ‘Nadie vio muerte tan bella’, sobre Teobaldo I, o ‘Un puente para el Camino’, del que se hizo una ópera, con música de Giulio Genovese, compositor italiano afincado en Pamplona, estrenada en Puente La Reina cuando no había crisis.

AMOR POR LA HISTORIA

Javier Díaz Húder sabe historia para parar un tren. Lo reconoce sin falsa modestia. «Ha sido siempre mi afición. Luego le encargan novelas a Julia Navarro o Matilde Asensi… y bueno. Yo te puedo nombrar todos los reyes de Francia de corrido y hasta lo que hicieron o no hicieron».

Y, si le das cuerda, te los cuenta, pero como si hablara de su familia, nunca mejor dicho, política. Que si tal príncipe era hijo bastardo de un Trastámara cuyo cuñado fue pretendiente al trono de la Baja Navarra, casado en segundas nupcias con una agramontesa prima hermana de Teobaldo VI de Najerilla, que renunció a la dinastía de los Abreux para fundar, él solito, el Reyno de Pamplona porque, eso sí me queda claro, aún no existía Navarra como tal allá por el año mil.

«Abunda más la gente inculta que la culta», diagnostica sin gravedad Díaz Húder, que defiende la novela histórica de autores como Walter Scott y su ‘Ivanhoe’, antes que el fenómeno de los códigos da vincis y la saturación de templarios y griales varios devaluaran el género. «El problema es que a la gente inculta se le engaña más fácil».

Refiere el escritor la fábula de aquel viejo del desierto que, para que le dejen en paz unos chavales traviesos, les engaña con que regalan caramelos más allá. El último de ellos, le dice que se va a por esas chucherías inesperadas y, el viejo, que ha olvidado su propio embuste, va corriendo como el que más. Algo parecido pasa ahora, señala, en ikastolas o escuelas catalanas donde se enseña la historia de un modo particular. «Un amigo catalán me contó que, en el libro que estudiaba su hijo, se hablaba del Ebro como un rio catalán que nace en una extraña nación».

Y aunque Nietzsche decía, quizá poéticamente, que «no hay hechos, sino interpretaciones», para Javier Díaz Húder la historia es la que es. No casa con la parroquia abertzale, pero tampoco con la delburguista, y se muestra crítico con los falseamientos de la historia con relatos como el que dice que Sancho el Mayor dividió su reino en siete partes, una para cada una de Euskal Herría. «Todo completamente falso, insostenible punto por punto».

AUTOR POR LIBRE

Hace unos diez años, Díaz Húder terminó su relación editorial con Maeva, donde publicó libros como ‘La amante del rey’. Le dijeron que no querían publicar ya a autores nacionales que vendieran menos de cien mil ejemplares. Apostaron por extranjeros superventas que, además, le contaron, no creaban problemas por no estar asociados a ningún grupo editorial, corriente ideológica, camarilla de amigos. «Si el autor es australiano y hay tres periódicos, te lo sacan en los tres. Si es de aquí, ya es más complicado».

Decidió entonces, superados los 65, escapar de ciertas servidumbres del mundo editorial y subió toda su obra a Amazon, con el único objetivo de poner sus libros a disposición de sus lectores. Y lo mismo había hecho hace unos meses, esta vez en Bubok, con la posibilidad de imprimir bajo demanda, con ‘El beso’, historia sobre la particular relación, artística y pasional, de los escultores Auguste Rodin y Camille Claudel. Resignado sin inquinas a esas alternativas a la edición convencional, recibió una propuesta de Eunate y volvió al papel: en la próxima feria del libro de Pamplona estará presente con ‘El beso’.

Le pregunto sobre la artesanía de la novela histórica. Ante todo, leer mucho sobre el tema que se va tratar, no solo biografías u otras novelas, sino todo tipo de documentos, como cartas. Y que te guste, con pasión, la historia. Y todo lo que le rodea. Porque al hablar sobre ‘El beso’, el autor también contagia su entusiasmo la escultura, del trazo más delicado en el trato con la piedra de Claudel frente al más «musculoso» de Rodin. De la música de la época, en manos de artistas que también salen en la novela, como Claude Debussy. O por los escenarios que vieron sus personajes, como la île de la Cité, en el corazón de París, donde tuvo uno de sus estudios esta artista catapultada y ensombrecida al mismo tiempo por Rodin.

Con todo ello, y el arte particular para combinar los hechos y crear la dramatización conveniente, se hace una novela histórica. Luego se pueden introducir personajes ficticios, como piezas que engranan la maquinaria literaria y que no chirrían, al contrario, como sucede siempre que se escribe con oficio, honestidad y amor por la vida. Quizá sean hoy, las buenas, más necesarias, como se dice, que nunca.

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