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Capitales de costa en verano

Por Eduardo Laporte 21 julio, 2020 - 9:05

Entre el aspecto fantasmal que deja el confinamiento interino y que con el calor sus habitantes huyen, un paseo por ciudades como Valencia tiene algo de visita a Comala.

Vista de una de la plaza de la Virgen de Valencia. ARCHIVO.
Vista de una de la plaza de la Virgen de Valencia. ARCHIVO.

A Josep Pla, Barcelona le parecía una ciudad «magnífica» para pasar unos días en verano. En su artículo 'Veraneo en Barcelona', que se puede leer en su formidable 'La huida del tiempo' (Austral), cuenta que en cuanto llegaba la canícula pasaba unos días, «indefectiblemente», en aquella ciudad. Forma parte de esa actitud un tanto barojiana de ir a la contra.

En tiempos aún, circa 1945, en los que el turismo de masas y suecas, valga la contradicción, era aún un embrión ni siquiera proyectado en cabeza alguna, a Josep Pla le gustaba situarse en el ritmo calmo de la gran ciudad que deja de serlo. Hablamos de una urbe sin cruceros, sin guiris, sin franquicias, sin tiendas de souvenirs, sin camisetas del Barça. pero en la que muchos de sus moradores huían ya en busca de frescuras más amables. O al menos para ponerse en remojo en playas de verdad, porque el veraneante de entonces, como adelantándose a la explosión del turismo venidero, prefiere el calor, dice Pla, a la reciedumbre seca de la montaña. «Es en pos del calor que la gente ha descendido de las alturas al nivel del mar».

Ignoro qué destinos elegían esos protoveraneantes de la costa catalana, quizá Cadaqués, los más pudientes; o Sitges, como aquel González-Ruano que inauguró el concepto de «chiringuito» en el bar homónimo («Me bebí medio Sitges», confesaría en sus memorias») o la Casteldefels a la que acudían, creo recordar, la mismísima familia Zapatilla, con don Pantuflo y doña Jaimita a la cabeza.

En su florilegio de la Barcelona estival, Pla no escatima en alabanzas a los segundos pisos, a los que califica como «panacea veraniega». A su juicio, estas viviendas están perfectamente aisladas al tener dos pisos más por encima y dos más por abajo. Serían, pues, el sendero del medio térmico que para sí quisiera Buda, el ambicionado ecuador de los cero grados, en un tiempo en que los aires acondicionados ni estaban ni se los esperaba. Imagino también una frescura añadida en esos pisos amplios de techos altos del Eixample, con sus suelos fríos y amosaicados. Ese levantarse quizá empapado de humedad, con el peso de la existencia sobre el alma, pero tocar con los pies el granito fresco que te reconcilia con el mundo y coloca las horas venideras fuera de la molicie.

Las ciudades, sean de costa o no, tienen cierto encanto en verano, por aquello de que las exigencias más capitalistas y alienantes quedan no ya en suspenso pero sí en un llevadero segundo plano. Hay menos atascos, menos reuniones, menos deadlines. Las conversaciones tornan ahora sobre destinos y demás temática ligera. El confinamiento reciente ha tenido algo de eso; de verano a la fuerza, pero sin sol, vacaciones y muerte en lugar de vida.

Paseo estos días por el centro de una Valencia aún tocada por un virus que no acaba de irse, cuya presencia se alarga como esas despedidas familiares de rellano. Esto genera un vaciamiento aún mayor por sus calles, más aún si uno se escapa del trazado mainstream en busca de un locutorio cualquiera en el que volcar estas ideas. (Ha habido suerte; el contacto digital con unas teclas públicas puede estar considerado actividad de riesgo).

Surgen entonces esos barrios normales que destrozaron, resumiendo, España, toda aquella España que no es la histórica y que, incluso en sus peores versiones, se creó sin respeto al ideal de belleza, sin respeto, valga la redundancia, al ideal de respeto. Tomaba un Choleck en una cafetería cualquiera bajo una mole rectangular de 14 pisos y me preguntaba: ¿En qué momento permitimos esto? ¿Cómo y por qué cedimos la creación de nuestros paisajes urbanos y cotidianos a arquitectos sin escrúpulos? Esto daría para una tesis.

Concluyo diciendo que a mí las ciudades costeras, llámense Valencia, Barcelona, Almería o Huelva, no acaban de seducirme, a pesar de esa fiereza enervada, sobre todo cuando sacan a relucir todo ese brutalismo urbano del desarrollismo más ramplón. Hay un regusto a Estella durante la primera quincena de julio, es decir, a que la fiesta está en otra parte y tú te has equivocado de sitio, mientras arrastras tu osamenta por esa ciudad muerta que no obstante también te recuerda la feliz noticia de estar vivo. Valencia no es Comala a pesar del bochorno que denuncian sus habitantes, esos valencianos que se atrincheran en su ciudad, quizá por la amenaza latente de la covid-19, y que apenas salen a comprar grandes garrafas de agua mineral. Suben en el ascensor de metal caliente rumiando sombras mientras ponen a raya un conato de envidia que surge al pasar por el buzón atestado de cartas del vecino, que se instala en Dénia hasta bien entrado septiembre. Pronto llegará el otoño, suspiran con cierto alivio, mientras ordenan el armario de las especias, con esa promesa bizantina que jamás se cumplirá.          

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