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Blog / Capital de tercer orden

La breve eternidad de Gregorio Ordóñez

Por Eduardo Laporte 27 diciembre, 2020 - 21:20

La exposición ‘La vida posible’, en memoria del político asesinado y que se puede ver todavía en Madrid, genera un lamento áspero: el de otro País Vasco posible que murió con él.

-FOTODELDIA- GRAFCAV1980. SAN SEBASTIÁN, 23/01/2020.- La presidenta de la Fundación Gregorio Ordóñez, Ana Iríbar, viuda del expresidente del PP de Gipuzkoa, ha presentado este jueves la exposición "Gregorio Ordóñez. La vida posible", con la que se conmemoran los 25 años de su asesinato a manos de ETA. EFE/Javier Etxezarreta
La presidenta de la Fundación Gregorio Ordóñez, Ana Iríbar, viuda del expresidente del PP de Guipúzco, durante la presentación de la exposición "Gregorio Ordóñez. La vida posible", con la que se conmemoran los 25 años de su asesinato a manos de ETA. EFE/Javier Etxezarreta

De niños solíamos ir a La Cepa, en el 7 de la calle 31 de Agosto de San Sebastián. Mis padres tenían cerca una tienda y solía ser parada antes de cruzar la frontera y cambiar de campo mórfico. Porque qué español es Donosti si lo comparas, no sé, con San Juan de Luz, del que apenas dista un puñado de kilómetros. Y más aún en aquel bar de jamones ibéricos y bustos de toro presidiendo las paredes.

A mí me encantaba ese San Sebastián que no renegaba de sus raíces peninsulares y parecía sentirse cómodo en nuestro particular campo mórfico, esa conciencia colectiva, o conciencia cósmica, que dirían los sabios antiguos, que se cuela cuando uno abre las fronteras del nacionalismo más cerril.

Por eso, cuando me enteré de que habían matado de un lacerante disparo a Gregorio Ordóñez en ese baluarte de la universalidad que era La Cepa, me dolió aún más. Quizá ahí residiera el carisma de un político tan joven como entusiasta, que dejaba perlas como que sólo creía en las comisiones que cobraría en el cielo.

A lo largo de la exposición, en los vídeos en los que aparece, deja caer la palabra «eternidad», como si supiera que su vida estaba sentenciada y se viera ya en el otro lado. Quizá de ahí su bravura verbal en un tiempo en que decir las verdades suponía un ejercicio de valentía que podía despertar a un león nunca dormido.

Un tipo llamado Valentín Lasarte fue el último en accionar ese gatillo que presionaron tantos, durante tantos años, como una siniestra y absurda soka tira, privando a Ordoñez de la más valiosa eternidad, la de gozar del reino de los cielos en la Tierra, que también a eso venimos.

Hay algo de atalaya de los cielos en ese CentroCentro vacío, donde se despliega ‘Gregorio Ordoñez. La vida posible’, mientras el gentío va de compras, de bares, casi ajenos a un virus que en Madrid no para el latido social. Esa vibración con la que soñaba un ‘Goyo’ Ordóñez; siempre quiso convertir a Donosti en la ciudad más universal, sin renunciar a las raíces porque cuando éstas son sólidas, a pesar de lo que muchos creen, no necesitan tanto riego, y menos del artificial.

«El único nacionalismo que comparto es el de San Sebastián», leemos en uno de los recortes de prensa que se muestran y que se leen como incómodas esquelas de una vida truncada, pero también un proyecto que, según los datos, parecía convencer a muchos. Claro que Odón Elorza fue su particular Pete Sampras, rival político considerable para un Agassi como él.

El Partido Popular de Gregorio Ordóñez no sólo lideraba las encuestas antes del asesinato de La Cepa, sino que fue la fuerza municipal más votada tras el acto terrorista, en las elecciones de mayo en San Sebastián. Al fascismo etarra eso le hervía la sangre, así que decidieron cortar por lo sano.

La cantidad de telegramas que se expone en las vitrinas de CentroCentro es apabullante. Su muerte dejó muy huérfanos a mucha gente, por no hablar de su hijo Javier, de tan sólo un año, que ni siquiera había aprendido a amar.

Me llamó la atención la catana que le regaló el alcalde de Marugame, ciudad japonesa hermanada con San Sebastián, a la viuda de Ordoñez, Ana Iríbar. Un símbolo, dice la cartela, de valentía. Un verdadero samurai, contaba el escritor Carlos Bassas, no gana el combate en la lucha, sino en el proceso anterior. En el momento de desenfundar la catana, la suerte ya está echada: quién más se preparó mentalmente ganará. Son códigos de honor del bushido, un arte de la guerra que el mundo etarra, tan cobarde, tan de matar por la espalda, no llegaría jamás a rozar siquiera.

Uno ve el material periodístico de la exposición, la propaganda electoral, ya con la apuesta de Ordoñez a la alcaldía por Alianza Popular cuando apenas contaba 25 años, y ve a un hombre enamorado de su ciudad. Un amor por encima de corruptelas, tanto urbanísticas como morales. Ya hablaba entonces ampliar la oferta de vivienda protegida y acabar con el enriquecimiento de unos pocos constructores.

Si lo mataron fue porque su conciencia cósmica, que dirían los sabios, sus guiños a la eternidad, podrían haber seducido a demasiados. Quizá fue uno de los pocos crímenes de ETA que respondía a cierta lógica. Porque Gregorio Ordóñez encarnaba el antídoto del cerrilismo sectario que diagnosticó Pío Baroja unas décadas antes, en su certero Momentum Catastrophicum. Era la vacuna que muchos esperaron durante años para una enfermedad que sigue sin tratamiento.

Me fijo en una carta de la responsable de la tienda Mundo Novias que dedica a la viuda unas palabras sobre lo detallista que era. De ese discreto encanto de la provincia de cuando aún se enviaban felicitaciones por carta y se agradecían las cosas más que con un triste like. «Hubiera sido un alcalde fabuloso», se sincera esta mujer, en un gesto también valiente cuando tantos callaban.

Salgo de la exposición algo alicaído. No sólo por esa vida segada antes de tiempo, eternidad cortada con catana en juego sucio, sino por la poca afluencia de gente. Como si se hubiera condenado realmente a Ordóñez, y todos los que como él perdieron la vida, al olvido. Asumo entonces, con la niebla de diciembre generándome una extraña lucidez, que la amnesia es el triunfo de la barbarie.

Llamo por teléfono a Consuelo Ordóñez, hermana de ‘Goyo’ y presidenta de Covite, y se lamenta de lo costosas que son estas exposiciones, lo que complica su gira por otras ciudades, como Pamplona. En octubre de 2021 se espera que haya una muestra simbólica en Bruselas y hasta ahí la difusión. Pero no todo es efímero en el mundo expositivo, y Consuelo emplea la palabra «inmortal» para darme una pequeñita exclusiva: el legado de la muestra ha sido digitalizado y podrá consultar a través de la página web de la fundación dedicada a su memoria. Celebro entonces que a este político de breve eternidad nunca conseguirán matarlo del todo.

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