Blog / Capital de tercer orden

Me acuerdo de los bares

Por Eduardo Laporte 19 mayo, 2020 - 9:20

En Madrid llevamos más de dos meses sin acceso a esos lugares tan gratos a los que accedo desde la memoria mientras envidio a los de la Fase 1

Bar La Botería abierto en Pamplona, el día en el que la capital navarra pasa junto el resto de la comunidad a la Fase 1 del Plan de Desescalada establecido por el Gobierno.
Bar La Botería abierto en Pamplona, el día en el que la capital navarra pasa junto el resto de la comunidad a la Fase 1 del Plan de Desescalada establecido por el Gobierno.

Si me dieran a elegir entre la extinción de los bares o la de las librerías me temo que elegiría la desintegración de las segundas. Como lugar, me refiero, ya que un mundo sin libros sería a todas luces peor que un mundo sin vino. Aunque, toquemos madera, bendita situación en la que podamos disfrutar de ambos regalos de la vida. Desde el miércoles 11 de marzo, en que tomé un par de cervezas en una terraza de la calle Argumosa de Madrid, no he vuelto a pisar un bar. Ni yo, ni los 6,6 millones de habitantes de la Comunidad de Madrid. Leer, he leído.

Esto explicaría buena parte del nerviosismo de parte del personal. Vecinos de Núñez de Balboa, aguantad, pronto podréis tomad el clásico pelotazo de vuestra ginebra favorita. Arremeten contra el Gobierno, insultan a Sánchez, lo llaman genocida, dictador y asesino, pero en realidad les mueve la sed de gin, o de champagne, que decía aquel. El mejor garante de la paz social es un buen copuz en copa de balón. Puerto de Indias, con su aroma de fresa, y el Gobierno que sí, que vale, que son todos unos inútiles, pero oye, la vida. Si yo fuera Pedro Sánchez, abriría hoy mismo una serie de ‘bares de campaña’ a lo largo y ancho de la calle Serrano y rebelión cayetana controlada. Serrano para los gintonics, Vélazquez —larga es Velázquez, con sus semáforos siempre en verde, amo esa calle— para el mundo fermentado: vino español y más barriles de cerveza que el octubre muniqués. Mascarillas, distancia de seguridad, policía. A grandes problemas, grandes remedios, Pedro Sánchez, esto es de primero de revueltas sociales.

Pero yo quería escribir de los bares de Pamplona, a los que acudo en la memoria porque a falta de pan buenas son tortas. Recuerdo que mi abuela, ante de acostarse y en vez de contar ovejas, recordaba los nombres de las casas de su Miranda de Arga natal, así como los motes de cada uno de los moradores. Pocaleche, Mortichuelo, Agamenón, y así. Yo lo hago con los bares de Pamplona, como aquel Ulzama de San Nicolás que mi misma abuela Carmen regentó durante décadas junto a su marido, León, hasta que los nuevos dueños lo sometieron a una operación estética que aniquiló toda su alma. Ay, el progreso. Recuerdo aquellos camareros de pantalón negro y camisa blanca, pelo repeinado a lo Clark Gable, porque el peso de los años cincuenta era muy fuerte aún. La misma irrupción del bar es un reflejo de aquello: bar viene de barra, en inglés, porque antes de la barra solo había cafés y tabernones, hasta que alguien abrió el Chicote en la Gran Vía.

Así tantos nombres de inspiración yanqui, tirando de atlas de geografía: Nevada, Jamaica, Arizona y Miami en Pamplona, Nebraska, California y etc. en Madrid. Era lo que se estilaba, una cosa seguramente hortera, pero que parecía más sofisticada que aquello de Ulzama, bar vecino de un restaurante de parecida toponimia, el Aralar, que gestionaba un hermano de mi abuelo. Se cuentan historias de estraperlo en aquellas bodegas que almacenaban algo más que licores fuertes, más que nada por echar una mano a quien se ganaba la vida con aquellos comercios que por sacar real ilegítimo ninguno. Los pocos ecos que me llegaron de esos relatos de la noche de los tiempos eran siempre en clave de gratitud.

Porque en los bares de antes se cocía la vida, mientras hoy quizá sólo se cueza la parroquia. Algunos haciendo bueno el lema de Avecrem de «Te cueces y enriqueces». Quizá, volvemos a Núñez de Balboa, esto explique el estrés del señorito de la fase 0. Los tratos se  abren y se cierran con un brindis y la rúbrica en el notario llega, si eso, más tarde.

En los bares de antes pasaban cosas. Se buscaba que pasara. Por eso metíamos tantas horas, y tantos euros, porque hasta que pasaba algo había que comer mucha barra. Los pijos no hacíamos botellón y mira que los fosos de la Ciudadela eran el escenario perfecto. O no, qué frío, qué humedad. Jamás lo pude comprobar, quizá nos pareciera como de pobres, porque entonces éramos muy clasistas, pero sin darnos cuenta. Nuestro hábitat lo formaba el triángulo de Los Portales, el Sombrero de Copa y el Donegal, con breves incursiones en el Monte Rojo y el Garagardotegi. Ya si la noche se complicaba accedíamos también a la primera Jarauta, la del bar París que iniciaba la mítica —dudo de que alguien la completara— ronda del París-Niza, auténtica maratón para los hígados más resistentes de Foralia. Nos gustaba mucho también el Saikoba, con sus cubatas, entonces, a 350 pelas y el sempiterno vaso de tubo. Era la época de los surtidores de calimocho, la cerveza a 125 pesetas y el roncola. Mientras en ‘Historias del Kronen’ no paraban de pedir güiscolas, a nosotros nos patrocinaba Cacique.

Al citado París íbamos por sus famosos tequilas en vaso bajo ancho. Una ingesta que requería doble trago, y en esa doble deglución vertiginosa uno encaraba ya los desafíos de la vida adulta. En el Zagit ponían reggae, olía a marihuana y había negros, que aún tenían un toque exótico, en Pamplona, en contraste con el simplote Erburu, donde comíamos bocatas de jamón con tomate en pan romano para asentar el tequilazo y lo demás.

Lo viejo era una fiesta en aquellos noventa. Atravesábamos la zona muerta de la plaza de San Francisco y seguíamos el trote en bares de trueno de Calderería. Los chupitos de licor de mora en vaso de chocolate del Terminal servían de reclamo y de excusa. Garazi, Sua, Iris y otros más punkarras que no recuerdo bien por llegar siempre más bien perjudicados. En ocasiones se hacía una parada de repostaje en el Ongi Etorri, atraídos por los machakaos que pedíamos pese al mapa de Euskal Herria bien grande sobre una ikurriña amenazante que a las almas sensibles como la mía le generaba algo parecido a un síndrome antistendhal. Formaba parte del juego, demostrar que los pijos también podíamos entrar en territorio comanche. Coquetear con el riesgo. Porque más allá de la borrokería de garrafón aún coleaba cierto espíritu tribal, en la música incluso; sobrevivían algunos rockers atrincherados en el Areta de la calle San Antón, espoleados por grupos locales como The Wanderers. No sé si tenían banda antagonista, porque los mods quizá no superaran la media docena.

Nos quedaba entonces el Cavas como coche escoba, donde ya el grupo había sufrido algunas bajas, pero no muchas. Alguno se colaba en el Kabiya a bailar sevillanas, pero los más aguantábamos en el Cavas mecidos entre la muchedumbre con canciones de U2, REM o Smashing Pumpkins.

La juventud tenía algo de mili dosificada en esos fines de semana tremebundos. Algunos salimos sobrevivimos, más o menos, a aquella prueba de fuego, de vida, de bebida, pero otros se quedaron y en sus rostros aún se aprecian las secuelas de quien cruzó demasiadas líneas rojas.

Yo me acuerdo de aquellos bares, de ese dejarse llevar entre tonto y feliz, de esa vida naíf y despreocupada que ahora la memoria nos devuelve, nos envuelve, en su cara más amable.

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