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Me acuerdo de algunos libros de 2020

Por Eduardo Laporte 22 diciembre, 2020 - 7:15

Ha sido un año complicado para leer. Tuvimos más tiempo que nunca, pero la desconexión con la vida nos hizo desconectar también de lo que leíamos. 

Algunos de los libros seleccionados por Eduardo Laporte en 2020.
Algunos de los libros seleccionados por Eduardo Laporte en 2020.

Georges Perec escribió sus Me acuerdo para salvar su infancia, sus magdalenas de Proust, pues en un momento sintió la angustia del olvido. Estrujó sus neuronas y poco a poco fueron surgiendo los recuerdos. De un modo parecido, voy a rescatar libros que dejaron huella en mí, pero que tengo que evocar en una cabeza, la mía, más abotargada de lo normal.

Me acuerdo de La intimidad (Barrett), de Rosa Moncayo, y de esa pareja que huye al campo para dejar atrás su desidia para descubrir que tanto su anhedonia como su hipocondría crecen más en el campo. Un llegar al final del túnel para ver que no había luz, en un relato escrito con la delicadeza y sutileza de la que es alta representante Moncayo. Una pena que su editorial no pueda promocionarla como merece.

Me acuerdo de Las manos cerradas (Sílex), en el que Paco Bescós convierte un relato sobre la discapacidad, la de su hija Paulina, en un brillante testimonio autobiográfico, literario, escrito como su propia vida actual, en condicional. Un work in progress vital de quien apostó por el camino del héroe porque la otra opción no se contempla. Y todo ello sin caer en un gramo de ñoñería.

Me acuerdo de Antes del paraíso (Páginas de Espuma), de Pedro Ugarte, fitzgeraldiano título, que me generó otro título para un artículo que nunca escribí: Maestranza cuentista. En el sentido de maestría, pero más poético, porque en este abanico de estampas cotidianas no exentas de melancolía y mordiente moral hay un buenhacer del que crea escuela de escritores. Menos Carver y más Ugarte.

Me acuerdo de Lo que lee un editor (Newcastle), de Javier Castro Flórez, que quizá debería titularse Lo que lee un lector, pues este autor es, antes, que nada y a mucha honra, lector. La ironía vilamatiana de sus recomendaciones lectoras, no exentas de afán divulgativo, me parecieron muy jugosas.

Me acuerdo de que el propio JFF me llevó a otro libro que figuraría en este particular escrutinio, Delibes en bicicleta (Nórdica), donde Jesús Marchamalo perfila al escritor vallisoletano con la palabra justa.

Me acuerdo de Nunca preguntes su nombre a un pájaro (Galaxia Gutenberg), de Andrés Ibáñez, que tiene lo mejor de dos autores que leo con mucho gusto: Paul Auster y Murakami. Y, además, una subtrama erótica con una cuñada del prota que se agradece, en tiempos de pocas subtramas eróticas bien trenzadas.

Me acuerdo de Amor intempestivo (Tusquets), de Rafael Reig, en el que relata la trágica muerte en un incendio de sus padres, y de que pensé lo gran escritor que me parecería si abandonara ese ángulo irónico-cínico constante y dejará atrás esa extemporánea ostentación de wiskis y polvos.

Me acuerdo de Irene y el aire (Seix Barral), de Alberto Olmos, y de lo trepidante, casi thriller de terror, que puede ser un día de parto, y de cómo el varón es el convidado de piedra en el proceso de traer a un niño al mundo, desde la concepción al nacimiento, lo cual vendría a perpetuar el machismo, el patriarcado si me apuras, en cuanto se entroniza el papel paridor de la madre y se ningunean los demás.

Me acuerdo de Boulder (Literatura Random House), de Eva Baltasar, y de otra crianza, en este caso entre dos mujeres, y cómo el amor del niño en la madre biológica puede generar un vínculo tan fuerte que quien no parió se sienta también fuera de lugar y acabe, efectivamente, desplazada.

Me acuerdo de El don de la siesta (Anagrama), de Miguel Ángel Hernández, y de cómo desde que lo leí no tengo remordimientos en abrazar la vida bifásica. Y, si el libro de Ugarte te enseña cómo se escribe un cuento, este alegato del descanso es también un manual de cómo escribir un ensayo moderno.

Me acuerdo de que aún no he terminado Madrid (Destino), de Trapiello, ni Ya sentarás cabeza (Libros del Asteroide), de Peyró, que me acompañarán estas Navidades como esos familiares que la pandemia ha alejado. Me acuerdo de que el primero cita al segundo en un momento dado. P. 144: «Lo irónico es que no hacemos más que abrir locales que intentan parecerse a los que acaban de cerrar».

Y también me acuerdo de la novela poetizada o poesía novelada de Isabel Bono en Diario del asco (Tusquets) y de otro hallazgo poético, el de la pamplonesa Beatriz Chivite y su En las ciudades (papeles mínimos), con cuyos versos de su estancia en Pekín concluyo el repaso a los libros de 2020 que esquivaron mi desmemoria:

Ahí

En la nada

entre la niebla y el humo

sí, ahí

los obreros

levantan una ciudad.

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