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Blog / Capital de tercer orden

7 segundos de pura vida

Por Eduardo Laporte 11 julio, 2016 - 11:34

Los Jandilla es una ganadería velocista que hacen aún más difícil el ansiado encuentro con las astas

Dos toros de la ganadería de Jandilla caen a su paso por la curva de Telefónica durante el quinto encierro de los sanfermines 2016. EFE.Javier Lizón (2)
Dos toros de la ganadería de Jandilla caen a su paso por la curva de Telefónica durante el quinto encierro de los sanfermines 2016. EFE.Javier Lizón

Como el título del documental dedicado a Iñaki Ochoa de Olza, el encierro proporciona a sus corredores al menos 7 segundos de pura vida y ese hormigueo posterior que quizá dure toda la mañana, todo el día. El periodo que pasa entre encierro y encierro tiene algo de periodo de entreguerras, con sus felices años veinte. Entonces no sabían que después de la primera venía la segunda y quizá bailaban con más frenesí el cancán, el foxtrot y demás danzas pasadas ya de moda para siempre. No sabían, no, que venía de nuevo el horror de las trincheras. O quizá lo supieran, sí, y por eso bailaban más que nunca. Ayer vi unas imágenes de una banda municipal y los comentarios emocionados de quien lo grababa: corredor del encierro, en el periodo de entreguerras todo se revaloriza, no hay hastío, no hay aburrimiento. Se rompe la homeostasis, como recomienda Viktor Flank en ‘El hombre en busca del sentido’.

Pensaba titular este escrito ‘Envidia’. El que habla de lo que hacen los demás siempre la tiene, sana o no. Ese locutor de radio que persigue a los grupos de moda y los promociona, sin sentir jamás ese remedo de gloria que es subirse a un escenario. El escenario de la gloria, en Pamplona, empieza en los corrales de la cuesta de Santo Domingo y acaba en el albero de la tercera plaza más grande del mundo. Mientras, cada corredor ha tenido derecho a al menos 7 segundos de gloria.

Las imágenes, cada vez más poéticas y mejor realizadas, que nos ofrecía RTVE en esta mañana de lunes de motín a la rutina, mostraron de nuevo ese instante decisivo del toro y el corredor en intenso y suspendido diálogo. El arte nació para detener el tiempo y en los encierros, a pesar de la rapidez de dos minutos y poco como el Jandilla, esto se consigue. Tres colorados, dos castaños y un moreno nos devuelven, como sólo sabe hacerlo el elemento mineral, a la eternidad. Como las fotos de animales disecados de Hiroshi Sugimoto. Hay algo en estas carreras que rompe la lógica cronológica, racional, cartesiana con la que Occidente se desenvuelve a duras penas y que el animalista montaraz no entiende.

La envidia se mantiene ante esas carreras nobles de mitad de Estafeta y el empeño de un corredor, al que vemos gritar de pura adrenalina y plenitud; vivir, en este caso, para vivirlo. Luego la cosa se pone más fea y el encierro es de nuevo otro generador de analogías con la vida: te puede tocar la bola negra. Te pueden tocar los mayores momentos de angustia de tu existencia —y aquí la envidia mengua— como caer en la incertidumbre del callejón y no saber cuándo levantarte. Has escuchado que bajo ningún concepto tienes que hacerlo, pero te sientes algo ridículo tanto tiempo arracimado en el suelo. ¿Me levanto ya? Haces bien en aguantar, porque quedaba otro toro, el moreno, por llegar. Te pisotean sus cientos de kilos entrenados para correr en las fincas de Cádiz, pero en el fondo te alegras de no haberte levantado y de seguir, un día más, con vida. Con pura vida.

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