SOCIEDAD

Proyeccionistas de cine de Navarra reclaman su lugar en un negocio que ve con recelo las nuevas ofertas digitales

Las múltiples opciones de ver las obras del séptimo arte desde casa convierten en una incógnita el futuro de las salas de cine.

Proyección de una película en un cine antiguo. ARCHIVO
Proyección de una película en un cine antiguo. ARCHIVO  

En 1989 se estrenó en España Cinema Paradiso, una película que, en su día, puso en valor el oficio del proyeccionista de cine que, 30 años después, ha cambiado la forma de emitir películas, ha sufrido la llegada del mundo digital y afronta la incógnita de qué futuro le deparará al cine tal y como lo conocemos.

Entrar en una sala, buscar tu asiento, que se apaguen las luces y que, de pronto, la pantalla se ilumine y las voces de los actores contribuyan a que te olvides de todos los problemas de tu vida y rías, llores o tiembles de miedo. Es lo que algunos llaman “la magia del cine”.

Pero... ¿quiénes son los magos que la hacen posible? La respuesta se encuentra siguiendo en sentido contrario el haz de luz que atraviesa la sala y detrás de una pequeña ventana de cristal, donde, si nos pica la curiosidad como al pequeño Totó de la película, encontraremos a nuestro Alfredo particular.

El de los cines Golem La Morea se llama José Javier Moriones (Pamplona, 1960) y lleva 39 años viendo su vida a través de películas, tantas, que ni siquiera recuerda cuál fue la primera que proyectó en los 80 en el antiguo Ekhiñe de Pamplona, y todas las que, desde hace 17 años, ha vivido en el centro comercial de Cordovilla.

Allí conoció en el 2003 a Mikel Rey (Pamplona, 1981), un recién graduado en Comunicación Audiovisual que, como Totó, llegó a las cabinas movido por la curiosidad. “Me parecía interesante el hecho de cómo vemos la película, y estar aquí suponía tener un contacto realista con el cine, mucho más accesible que un rodaje”, apunta.

EL PASADO Y EL PRESENTE

Por aquel entonces, las películas llegaban en sacos con rollos y rollos de celuloide en ellos, que requerían de gran delicadeza y de muchas horas de trabajo manual. “Había que ordenarlos, darles la vuelta, cortar y empalmar a ciegas", cuenta Rey.

En el largometraje también se observan los peligros que conllevaba la profesión, como la inflamabilidad del celuloide en sus comienzos, que provocaba incendios fácilmente. Rey y Moriones, por suerte, han conocido el celuloide en su versión ignífuga y no han visto ninguno de esos incendios, aunque el más joven tiene un momento grabado a fuego.

"Hace 13 años -rememora-, una gotera empezó a caer sobre la cinta, mojando una película de James Bond y haciendo que la máquina se parase justo antes del final", cuando tuvieron que sacar a la gente de la sala para invitarla a volver el día siguiente. Precisamente, ese día no estaba Moriones, aunque también recuerda anécdotas de sus años en la cabina.

El veterano cuenta que antes cogían la película entre dos personas y la llevaban "como podían" hasta la máquina, pero un día, en el camino, se les cayeron los cientos de metros de la cinta. "Estuve toda la noche reconstruyendo la película", relata.

TRANSICIÓN AL DIGITAL

Si se las hubiesen contado a Alfredo, seguramente les habría dicho las mismas palabras que le transmitió a su discípulo Totó: "El progreso siempre llega tarde". Pero lo evidente es que llega, sobre todo, con la transición del celuloide al digital, que empezó en el 2009 con películas como Avatar en 3D.

Ahora, los celuloides y los empalmes han sido sustituidos por decenas de archivos, que se envían por disco duro o vía satélite, y el veterano utiliza ahora de escritorio la mesa en la que solía montar las películas.

La cabina presenta un ambiente tétrico, muy diferente a la del Cinema Paradiso, donde cuelgan pósteres de Lars Von Trier o Haneke, en sustitución al de Casablanca con el que decoraba Alfredo su pared, y está iluminada por un par de fluorescentes, una estampa que dista de la imagen que se suele tener de un lugar donde "se crea la magia".

Moriones indica que ahora las películas se meten en el ordenador y, de ahí, se distribuyen a las máquinas, que comprueba detalladamente durante ocho horas diarias y, solo si está totalmente satisfecho, baja de su guarida para ayudar a limpiar las salas.

De momento, no tiene miedo a ser sustituido por una máquina, ya que reconoce que es un trabajo que necesita de ayuda humana, pero el futuro plantea una pregunta: ¿seguirá existiendo el cine tal y como lo conocemos ahora? ¿O lo cambiaremos por la comodidad del sofá de casa?


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