• domingo, 25 de julio de 2021
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REPORTAJE

“Dice Dios que arriba no queda sitio”: la primera mañana de vacunas a mayores de 90 en Pamplona

El polideportivo de Azpilagaña ha acogido la primera jornada de vacunación en la Comarca de Pamplona para los mayores de 80 y 90 años.

FERMÍN TORRANO | PABLO LASAOSA

Inicio de la vacunación del coronavirus a las personas mayores de 90 años en el polideportivo de Azpilagaña. PABLO LASAOSA
Inicio de la vacunación del coronavirus a las personas mayores de 90 años en el polideportivo de Azpilagaña. PABLO LASAOSA

Casado hace siete décadas, con txapela y las manos recogidas en la espalda, Jesús Redín llega al improvisado centro de vacunación por delante de su esposa Marichu, su hija y su nuera. Después de seis meses sin salir de casa –salvo para ponerse un marcapasos– llega con un poco de miedo en el cuerpo y pocas ganas de recibir el pinchazo.

“Es que en la televisión sacan una agujas... pero no he sentido ¡nada!”, exclama nada más salir. Ahora, dice, se pondría otra “y las que hicieran falta” en el otro brazo.

Como Jesús, 3.084 personas pasaran entre martes y viernes por los polideportivos de Azpilagaña y la Rochapea, cada día 771 personas recibirán la primera dosis de la vacuna frente a la Covid-19. Este miércoles, también, se incorporarán las zonas de Tafalla y Estella, por lo que para finales de semana, 4.200 mayores habrán iniciado el proceso.

Para Ana Ariztegui responsable de vacunación de Atención Primaria del área de salud de Pamplona, llegar a este grupo poblacional supone un “salto cualitativo” e “importante”.

Jesús tiene 99 años y ha acudido esta mañana acompañado de su mujer, su hija y su nuera. PABLO LASAOSA

Es que en la televisión sacan una agujas... pero no he sentido ¡nada!

Ninguna persona se va a quedar sin vacunar porque no haya podido acudir al punto de vacunación", ha explicado antes de añadir que desde el ejecutivo se organizarán “repescas” para los ciudadanos que estén ingresados o no puedan acercarse.

Muchos llegan andando, algunos en silla de ruedas y otros tanto en coche. Estos últimos reciben la vacuna sin bajarse del vehículo, en una calle cortada por la Policía Municipal que organiza los coches.

El resto, entra a un recinto deportivo en el que los silbatos, el deporte y las familias han sido sustituidos por biombos blancos, sillas de plástico, enfermeros y personal de Cruz Roja.

Allí aguardan en fila para registrarse, más adelante reciben la dosis y, por último, esperan 15 minutos sentados de dos en dos para asegurarse que no padecen ninguna reacción a la vacuna.

Ninguna persona se va a quedar sin vacunar porque no haya podido acudir

En la cola espera de pie Asunción, de 103 años, y su hija Mercedes, que saludan en la distancia a un hombre con mascarilla azul. Es Jesús Redín, se ha quitado la txapela.

“Mi padre trabajó con él muchos años en el Instituto Nacional de Previsión  —explica Mercedes con una sonrisa— ha sido todo una sorpresa”.

Asunción, que baja desde San Juan y cada vez escucha menos, asegura que se está cumpliendo “una obligación con gusto”.  “Para la familia al final es una tranquilidad, no sabes si puede tener algún efecto en ella, pero tampoco por donde va a salir el bicho este”, reconoce su hija.

La cola también es un sitio para reencontrarse con viejos amigos. Redín trabajo con el padre de Mercedes y marido de Asunción. PABLO LASAOSA

NO HAY SITIO EN EL CIELO

En silla de ruedas y con una manta para evitar el frío, Carmen Lorea, de 99 años “y medio” de edad, sale por las puertas del patio empujada por su hija Rosa.

“Yo ya les he dicho a ver si me pone más joven, pero nadie me da la receta para quitarme años”, confiesa Carmen, que asegura no haber sentido la aguja.

En este año largo de pandemia, apenas ha salido de su domicilio y lo que más echa en falta en su frito de gamba en el vermú de los domingos y dar paseos.

—Me he roto una costilla, el brazo… pero no me voy. Se ve que no hago falta ahí arriba— dice Carmen mirando al cielo desde la silla.

—Lo tiene prohibido. Hemos hablado con Dios y nos dice que arriba no queda sitio— se ríe su hija.

Con una vitalidad similar, aunque un poco menos alegre, habla Vitorina Eraso al entrar en el recinto agarrada del brazo por su hijo Pedro.

“Este año a mí desde luego me ha roto”, cuenta una Eraso que lleva “año y medio” sin poder ver a sus nietos. Unos están en Vitoria y otros en Salamanca. También tiene tres bisnietos.

Ya les he dicho a ver si me pone más joven

“Lo principal es que se den cuenta que es un bien para ellos, a fin de cuentas a nosotros nos va a venir más o menos bien, pero ellos son los más vulnerables”, sostiene Pedro agachando la cabeza para mirar a su madre.

—Yo ya le dije, si no te la pones tengo más oportunidades de heredar— bromea Pedro

—Si es verdad si —sonríe Vitorina—, aunque con 90 años…

—Para que no tengamos problemas al visitarte…— insiste su hijo.

—Pues tienes razón.

—El caso es estar aquí y poder contarlo —concluye Pedro—. Cuánta gente se ha quedado en el camino por no tener vacuna.

 


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