SANFERMINES

La afición por San Fermín pasa de generación en generación: La familia Arambarri Aristu

Abuela, tía y nietos viven los Sanfermines de forma distinta, pero todos comparten los mismo: la pasión por la fiesta.

Familia Arambarri Aristu. CEDIDA
Familia Arambarri Aristu. CEDIDA  

En la calle Mañueta hay una casa, un edificio de tres pisos de fachada estrecha y planta alargada, muy a la manera de las viviendas del Casco Viejo. Durante el resto del año, no hay nada en su apariencia externa que llame la atención de manera especial, pero cuando llegan los Sanfermines el balcón del primer piso viste sus mejores galas. El santo, que descansa en el pasillo del primero del portal doce de la Mañueta, es sacado a la calle y rodeado de geranios rojos para conmemorar que, durante nueve días, Pamplona es la ciudad más alegre del mundo.

Teresa Aristu Maritorena es la dueña de esta casa a la que hoy han venido sus nietos a pasar la tarde. Junto a ellos está María Teresa Arambarri Aristu, que ayuda a su madre a cuidar de sus dos sobrinos. Patricia y Alejandro, de cinco y tres años respectivamente, se entretienen jugando a las cartas. ¿Existe algo más sanferminero que unos niños con una baraja en la que las sotas son cabezudos; los caballos, zaldikos; y los reyes, clavados a los gigantes de Pamplona? En principio no, pero cuando Alejandro se lleva un naipe al oído para poder oír la música de los gigantes podemos afirmar sin miedo a equivocarnos que estamos ante una de las familias más sanfermineras de Pamplona.

RECUERDOS DE JUVENTUD

Teresa conserva hermosos recuerdos de cuando era una niña y llegaban los Sanfermines. Todos los 6 de julio ella, sus diez hermanos y sus padres se vestían de punta en blanco. Tras darse un toque de rojo con el pañuelico, las alpargatas y la boina, la familia salía a festejar que habían llegado sus fiestas favoritas. “El 6 nos vestíamos con nuestras mejores galas, pero el 7 estrenábamos ropa, porque el día de la procesión era sagrado”, relata Teresa. También recuerda que, cuando era algo más mayor, aún soltera, salía a bailar con su cuadrilla de amigas al paseo Sarasate, donde hoy está la tómbola. Eran unos años en los que había muchos soldados en la ciudad. “Una noche uno de ellos me echó una mano al culo, ¡y armé una…!”, cuenta. Ni corta ni perezosa, propinó al soldado un tortazo que lo tiró al suelo (ella afirma que por aquellos años aún tenía una fuerza de toro). El hombre pretendía devolver el golpe a la joven, pero lo contuvieron. “Aquello fue muy comentado en su día”, reconoce.

No son pocos los recuerdos que esta familia atesora en álbumes de fotos. Los dedos de María Teresa se posan sobre una imagen en blanco y negro en la que hay dos hermanos vestidos de San Fermín. La niña, que no es otra que María Teresa con unos tres años de edad, llora desconsoladamente. Aquella tarde habían ido con sus padres a ver a las mulillas y María Teresa no mostró ningún miedo hasta el momento en que su madre quiso montarla sobre una de ellas; entonces empezó el berrinche. “Me traumatizaste”, acusa en tono de broma María Teresa a su madre. Por su parte, la nueva generación se muestra menos miedosa, o al menos así es en San Fermín. “No me da miedo Caravinagre, aunque tenga la cara enfadada, ¡porque yo corro como una moto!”, anuncia Patricia.

ENCIERROS, GIGANTES Y PROCESIÓN

La devoción religiosa por la procesión es algo que Teresa ha sabido inculcar a su familia. Tanto ella como su hija María Teresa coinciden en que uno de sus momentos preferidos es la procesión en la que la efigie de San Fermín recorre las calles pamplonesas entre jotas y vítores. Los más pequeños de la casa, sin embargo, tienen otras prioridades. “A mí lo que más me gusta son las barracas; mi favorita es la montaña rusa —afirma orgullosa Patricia—. Me monto con la tía, ¡y no me da nada de miedo!”. A sus tres años, Alejandro también lo tiene muy claro: lo que más le gusta de la fiesta son los gigantes. Basta oír la música de la comparsa en el ordenador de casa de su abuela para que el pequeño se ponga a desfilar y bailar con una banqueta sobre los hombros, como si llevase uno de los gigantes de Sanfermines.

Teresa Aristu y Jaime Arambarri  junto a dos de sus nietos. FOTO CEDIDA

En esto, sobrino y tía coinciden: como Alejandro, María Teresa también disfruta con los gigantes. Alejandro y Patricia no saben la suerte que les ha caído con la hermana de su padre. Como la gran mayoría de las tías solteras, María Teresa dedica mucho tiempo a estar con sus sobrinos y los Sanfermines no son ninguna excepción. Durante las fiestas, los niños de esta casa comen pronto para encontrarse a las 12.30 con la comparsa. “A esas horas los kilikis ya están cansados y les puedes torear”. María Teresa se los conoce al dedillo no solo porque ha sido niña, sino también porque le ha tocado estar en Sanfermines con muchos sobrinos, en distintas épocas.

Es perfectamente consciente de que cada año viene más gente, y recuerda cómo cuando la mayor de sus sobrinas era una niña, las dos se iban a ver los fuegos artificiales. En esos días había suficiente espacio para que ambas se tumbaran en una toalla, algo imposible de creer para quien asiste a los fuegos hoy. Son muchas cosas las que han cambiado, y no siempre a mejor. La calle Mañueta, por su posición en el mapa de Pamplona, se ha convertido en el lugar en el que las personas responden a la llamada de la naturaleza sin el más mínimo pudor. “Como en nuestra calle no hay bares, nos hemos convertido en el baño”, cuenta María Teresa mientras muestra una foto realizada por ella en la que una larga fila de hombres orina contra las paredes y puertas de La Mañueta. “Y esto son los chicos, pero tengo otra con chicas”, explica. Ante semejantes imágenes uno no sabe si reír o indignarse.

En esta extensa familia no han faltado corredores del encierro. Ya en su juventud, Teresa acudía con sus hermanas a la plaza de toros para ver correr a sus hermanos varones. “Intentábamos estar ahí a primera hora para coger sitio en la puerta de los corralillos —explica—. Luego, cuando empezaban a llegar los corredores, nuestros hermanos venían para decirnos que no les había pasado nada”. Pero a Teresa no le hacía falta que la tranquilizaran; ella no tenía miedo y sabía que todo saldría bien. La misma tranquilidad sintió cuando su hijo Luis Miguel le dijo que quería empezar a correr, aunque ella le respondió que solo le dejaría si se acostaba temprano el día anterior. Ahora otro nieto de Teresa, de 17 años y residente en México, también quiere correr el encierro. Este joven y sus hermanos no son menos sanfermineros por el hecho de vivir en otro continente. Teresa aún recuerda cuando sus nietos eran unos niños y ella se comunicaba con ellos por videoconferencia. “¡Abuelita, la canción de los números!”, le pedían los niños, a lo que ella respondía cantando: “Uno de enero, dos de febrero, tres de marzo, cuatro de abril…”.

FLORES EN SAN FERMÍN

Son muchas las diversiones que esta familia ha vivido en Sanfermines, pero también son abundantes las horas que en su día emplearon en atender un negocio familiar, incluso durante las fiestas. Teresa y su marido Jaime (fallecido hace unos años) fueron durante 21 años los dueños de Flores y Plantas San Fermín. El día 6 de julio, la floristería abría para agasajar a quienes pasaban con algo de beber y de picar, pero también había días en San Fermín en los que se trabajaba tan duro como cualquier otro. Madre e hija recuerdan haber trabajado tanto que algunas noches se quedaban a dormir en la tienda. También se acuerdan de la gran cantidad de claveles rojos que adquirían por aquellos años las gitanas que venían a trabajar a Sanfermines, claveles que vendían con el mismo tesón con el que hoy venden ramitas de romero.

Hoy Flores y Plantas San Fermín ya no existe, pero la familia que trabajó en ella sigue viviendo las fiestas al máximo. Teresa ahora se siente mucho mayor y, en una fiesta que requiere tanta energía, ha bajado algo el ritmo. “Ya no voy a tantas cosas —declara—, y me conformo con que los cabezudos pasen por la Mañueta”. Y cuando pasen los gigantes, verán un balcón lleno de flores rojas adornado con un pequeño San Fermín; un balcón tras el que vive una de las familias más sanfermineras de Pamplona.


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