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Las hermanas que vistieron a San Fermín: homenaje a las autoras de su última capa bordada en oro

Imelda y Marichu Atondo bordaron y regalaron al santo morenico la obra de arte a base de terciopelo, plata y oro que puede verse cada 7 de julio.

Imelda y Marichu Atondo son las dos hermanas bordadoras que confeccionaron y regalaron a San Fermín su último capote tejido completamente en oro. NAVARRA,COM
Imelda y Marichu Atondo son las dos hermanas bordadoras que confeccionaron y regalaron a San Fermín su último capote tejido completamente en oro. NAVARRA,COM  

Han vestido numerosos edificios, mástiles e iglesias de toda Navarra, pero la obra de la que se sienten más orgullosas se pasea cada 7 de julio ante las miradas expectantes de miles de pamploneses y visitantes que acuden a su encuentro con San Fermín.

Imelda y Marichu Atondo, de 77 y 75 años, son las dos hermanas bordadoras que confeccionaron y regalaron a San Fermín su último capote tejido completamente en oro, el que viste habitualmente en sus procesiones.

Ahora acaban de ser homenajeadas por su encomiable labor. Con motivo de la celebración del Año Santo de San Fermín, la parroquia de San Lorenzo ha brindado un emotivo homenaje a las dos hermanas Atondo en la última misa de escalera celebrada este 2 de febrero. En el vídeo inferior de la página puede verse el momento concreto durante la Misa de la Escalera. 

Marichu recuerda como si fuera ayer el 5 de julio de 1995, el día en que por fin pudo regalarle al 'morenico' el manto que le había elaborado durante más de un año y medio, aunque la historia de este capote comienza muchos años atrás.

Las dos hermanas estuvieron trabajando juntas desde que tenían 15 y 13 años y hasta hace una década, cuando dieron cierre a la Academia Atondo. Imelda ha sido profesora de corte y confección, autora de su propio sistema y con sus patentes publicadas para enseñar a otros sus métodos; lo mismo que su hermana Marichu en la especialidad de bordado.

Tras varios años dedicados a la costura, ambas pusieron en marcha su propia academia en el número 5 de la calle Estafeta. Hasta allí se acercó una comitiva con un encargo especial: restaurar una capa de San Fermín elaborada en el siglo XVIII. Un convento de monjas, reconocidas por su precisión con la aguja y el hilo, ya habían sido tentadas para enfrentar semejante labor, pero ante la dificultad del trabajo decidieron declinar la oferta.

Marichu aún recuerda el momento en que aceptó el encargo y vio de cerca el capote del santo. "¡Santo cielo, qué poca vergüenza tiene este ayuntamiento de no hacerle un manto nuevo y que vaya con estos agujeros...", rememora la menor de las hermanas Atondo y especialista en bordados.

Cuenta que en la procesión, a pie de calle, no se podían apreciar los boquetes, pero que el manto tenía agujeros de hasta 5 centímetros de diámetro. La tela de seda estaba apolillada por los pasos de los años y el desafío para remendar la capa era mayúsculo, pero Marichu lo aceptó de buen grado.

"No le cambié nada, conservé todos los materiales que tenía el manto", explica. Su marido y ella se fueron a Barcelona para conseguir los mismos tejidos que contenía el capote y acabó consiguiendo mantener el aspecto original. Tras este trabajo le encargaron restaurar otro capote del siglo XVIII en tono salmón y con el que repitió el mismo proceder.

Mientras enmendaba estas capas, Marichu se hizo una promesa que fue la que acabó convirtiéndose en su regalo para el morenico: "Me juré que poco había de poder si no le hacía un manto nuevo a San Fermín".

Y así, en 1994, comenzó a aprovechar sus ratos libres y a perder horas de sueño para confeccionar el último manto bordado en oro de San Fermín. "Literalmente, a veces me despertaba a las 3 de la mañana con una idea de cómo podía hacer una de las partes y me levantaba para ver si se podía hacer", explica Marichu.

La tela que arropa a San Fermín está hecha de terciopelo y fue un encargo que la propia bordadora hizo traer desde Italia. Las placas son de plata de ley y están revestidas de oro también de ley, elaboradas en una céntrica joyería de la Plaza del Castillo. Marichu aún recuerda los callos que le salieron en las manos para cortar las piezas, pero asegura que nunca calculó el coste final del manto. Al fin y al cabo era un regalo para el santo.

Sí explica que su hermana Imelda le ayudó a comprar los materiales y estuvo colaborando en todos los trabajos para confeccionar y casar el forro con el manto. "La verdadera artistaza es mi hermana", asegura la mayor de las Atondo, "vale para pintar,para diseñar los dibujos, para bordar...".

Imelda enumera algunos de los numerosos trabajos que han realizado para el Parlamento de Navarra, el edificio de Diputación, reposteros de la iglesia de San Lorenzo, banderas para innumerables ayuntamientos, miles de pañuelos con el escudo de Pamplona y otros tantos para las peñas... Pero el trabajo que recuerdan "con muchísima emoción y mucho amor" es la capa de San Fermín.

Aunque no esperaba nada a cambio del regalo, Marichu fue condecorada con la medalla de la Corte de San Fermín. Un distintivo que con orgullo ha recuperado para relatar a los curiosos devotos que en la misa de escalera se han acercado para interesarse por la historia de su peculiar ofrenda al santo.

Posteriormente se realizaron dos capotes más pero no bordados en oro, y por supuesto con menos coste. El regalo de las hermanas Atondo es el último manto de estas características, aunque Marichu espera que alguien se anime a tomarles el relevo. "Yo animo a que le hagan otra capa, que ya se lo merece el morenico", revela la artista bordadora.

Cuando cada 7 de julio se asoman al balcón de la calle Mercaderes donde establecieron la última sede de la Academia Atondo, las dos hermanas ven con emoción detenerse al santo. "Qué quieres que te diga", confiesa la hermana mayor, Imelda, "a mí me da una emoción tremenda". Una idea que corrobora Marichu: "No saluda el obispo, los miembros de la corte..., lo vivo con muchísima emoción".


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