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Triunfo de sangre y esfuerzo de Adame y Juan de Castilla con una dura mansada

Luis David Adame, que sufrió dos cornadas graves, y Juan de Castilla, que hubo de matar cuatro de los desabridos mansos de El Montecillo, cortaron sendas orejas.

El novillero mexicano Luis David Adame. EFE. EMILIO NARANJO.
El novillero mexicano Luis David Adame. EFE. EMILIO NARANJO.  

FICHA DEL FESTEJO:

Seis novillos de El Montecillo, de sobrada presencia -alguno con cuajo de toro- aunque sin gran aparato en las cabezas. En conjunto compusieron una mansada dura y desabrida, defendiéndose casi todos con genio violento y, por momentos, con reacciones extrañas.

Filiberto, de salmón y oro: cuatro pinchazos, estocada contraria perpendicular, estocada atravesada y descabello (silencio tras dos avisos), en el único que mató.

Juan de Castilla, de blanco y oro: estocada (gran ovación); estocada delantera desprendida (silencio); estocada trasera tendida (vuelta al ruedo tras petición y aviso); estocada desprendida (oreja).

Luis David Adame, de celeste y oro: pinchazo y estocada caída (oreja), en el único que mató.

Entre las cuadrillas, saludaron tras banderillear al tercero Miguel Martín y Alberto Zayas.

Después de matar al primero, Filiberto fue atendido de varias "heridas en el dorso de la mano izquierda, con sección completa del aparato extensor del segundo dedo y sección del extensor común del tercero, y otra herida en la región cubital de la misma mano. Pronóstico menos grave".

Por su parte, Adame fue intervenido de dos cornadas graves: una en la cara anterior de la pierna izquierda de 30 centímetros, "que produce destrozos en el músculo tibial anterior alcanzando el borde anterior de la meseta tibial externa"; y otra en la cara externa de la misma pierna, que produce "destrozos en músculos peroneos y alcanza la cabeza del peroné, contusionando el nervio ciático poplíteo externo".

Undécimo festejo de abono de la feria de San Isidro. Tres cuartos de entrada en tarde de viento racheado.

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UNA DURÍSIMA PRUEBA

La dura y seria mansada de El Montecillo descubrió este lunes a tres héroes en Madrid. Tres jóvenes novilleros que demostraron, dentro de los márgenes que el infortunio le dejó a cada uno, que, como se dice en el mundo del toro, quieren de verdad ser toreros.

Este derroche de valor de la terna ante unos utreros con cuajo y trapío de toros y con un violento genio de mansos, cuando no unas reacciones insospechadas, será uno de los grandes hitos a destacar en el balance final de la feria.

En orden de méritos, el colombiano Juan de Castilla se lleva la palma de los honores, puesto que, por percances de sus compañeros de cartel, protagonizó la auténtica hazaña de matar a cuatro de esos mostrencos sin desfallecer ni dar un solo pasó atrás.

Ninguno de los cuatro novillos mermaron un ápice su ánimo ni su fortaleza mental, que era la que se necesitaba, intentando además torearles siempre con la máxima sinceridad, para aguantar las coladas, los gañafones, los parones y los amagos de cornada que repartieron.

Su primero ya le pegó una fuerte voltereta cuando más entregado estaba a la causa del toreo, pero ni así cejó el novillero en el largo empeño de imponerse a un utrero al que tumbó de un demoledor estoconazo en todo lo alto.

SOLO ANTE EL PELIGRO

Ya sabiendo que se quedaba solo ante el peligro, el colombiano aún vio como el cuarto se echaba sobre la arena por pura mansedumbre, sin que desde entonces no hiciera más que topar a su muleta.

Igual de mansos, aunque aún peores por su áspera forma de defenderse, fueron los otros dos. Con el quinto, que tuvo genio y peligro, Juan de Castilla volvió a pecar, pero por exceso, a la hora de medir las faenas, aunque eso valió para robarle muletazos muy puros, siempre enganchando con los vuelos de la tela.

Y más mérito tuvo aún lo del manso sexto, que, para empinar aún más la cuesta que tuvo que remontar el colombiano, hubiera pasado como toro cuajado en cualquier corrida de la feria. Pero ni aún así perdió la fe el novillero de Medellín, que, como sobreesfuerzo, quiso recibirlo con gaoneras en los mismos medios de la plaza.

No obedeció el toraco, que ya comenzó a huir por toda la plaza, sólo que, aun soltándole tornillazos a las sienes para evitarlo, tuvo que ceder ante el acoso de Juan de Castilla, que acabó cortándole un trofeo por pura fe y convicción de sí mismo. Heroico, pues.

La otra sudada y valiosa oreja de la dura tarde fue para el mexicano Luis David Adame, que, desde la larga a portagayola con que recibió al tercero hasta la fulminante estocada con que lo mató, hizo un alarde de entrega al toreo de calidad.

DOS HERIDAS GRAVES

Un armonioso galleo por tapatías y un gran quite por toreadas y lentas chicuelinas, que replicó el colombiano por gaoneras de compás abierto, fueron el prólogo de una asentada y pausada faena que, contó, justo en su ecuador, con el sobresalto de una doble cornada.

Se negaba ya el novillo a seguir la tela y fue así como prendió a Adame, infiriéndole dos heridas graves que no le arredraron, pues siguió el mexicano toreando con un torniquete en el muslo y aún paseó así antes de entrar en la enfermería la oreja cortada por un despliegue de valor y torería auténticos.

Antes de todo eso, el murciano Filiberto fue el primero en probar el amargo sabor de la mansada, una vez que aguantó con impávida ambición, el desconcertante comportamiento del que abrió plaza, pendiente en su huida de todo lo que sucediera en el callejón pero también de intentar arrollar a su matador.

Tan extraño manso no dejó de dar problemas hasta que no cayó a la arena después de varios intentos de estocada de Filiberto, que en uno de ellos se seccionó con el filo de la espada los tendones de la mano izquierda, para inaugurar así la puerta de la enfermería.


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