• lunes, 25 de octubre de 2021
  • Actualizado 04:02

 

 
 

PAMPLONA

Así es la vida durante el toque de queda en las calles de Pamplona: el imponente silencio de una noche eterna

A partir de las 11 de la noche la capital navarra se convierte en un pueblo fantasma. La responsabilidad de sus ciudadanos supera con creces a la pésima gestión del Gobierno foral.

Una chica, con su longboard, camina por la Plaza del Castillo de Pamplona. PABLO LASAOSA
Una chica, con su longboard, camina por la Plaza del Castillo de Pamplona. PABLO LASAOSA

Pamplona anochece desierta. Una hora antes de que el reloj dé el pistoletazo de salida al toque de queda establecido a las 11 de la noche, las calles del Casco Viejo acogen a un par de personas que se dirigen apresuradamente hacia sus casas. Cabizbajas y encogidas por el frío y la falta de libertad, son las últimas sombras de esta noche de otoño.

Las persianas de los bares de la calle Estafeta están cerradas a cal y canto, y una mujer, que ha aprovechado para sacar a pasear a su perro, entra sigilosamente en un portal. En la Plaza del Castillo, una madre y su hijo dan vueltas en bicicleta al kiosko y una joven en compañía de su patinete disfruta de los últimos minutos de 'libertad'. 

Como por arte de magia, el canto de las grullas que sobrevuelan Pamplona emigrando hacia el sur anuncia el comienzo de siete horas de confinamiento nocturno.

Las calles del centro de Pamplona se vacían por completo. En la parada de taxis situada enfrente del Café Niza solamente hay un taxista esperando a que, con suerte, alguien le necesite. 

A la vez, las primeras villavesas nocturnas empiezan sus recorridos en Merindades y en la Avenida de San Ignacio. Van vacías y tan solo una hora y media después darán por concluido su servicio.

A su paso por la Avenida del Ejército un coche hace que la amplitud de la calle sea inmensa y en la Avenida de Bayona solamente un autobús que se dirige hacia San Jorge interrumpe el silencio.

Solo han pasado 15 minutos desde que ha empezado el toque de queda, pero el último tren proveniente de Madrid ha llegado a Pamplona a las 22.40 y dentro de la estación no queda ningún empleado, no hay taxis esperando fuera y tampoco ninguna persona rezagada.

Sin embargo, sigue habiendo trabajadores esenciales que se encargan de velar por las necesidades y la seguridad de todos. A las 23.45, la Policía Municipal de Pamplona prepara un control en la Avenida de Guipúzcoa enfrente de la gasolinera.

Cinco agentes se colocan estratégicamente para controlar el cumplimiento de las restricciones. Durante los 20 minutos que permanecen en el lugar pasan por la carretera una moto y un coche cuyos conductores justifican con un documento que regresan del trabajo, otro turismo cuyo ocupante demuestra que vuelve de urgencias y un taxi. 

Los agentes afirman que la gran mayoría de los ciudadanos están actuando responsablemente y de manera ejemplar: “Cuando hay algo más de movimiento suele ser poco después de las 23 horas, porque la gente vuelve de trabajar, y a partir de las 5 cuando se dirigen al trabajo”.

‘¡No se vende nada de tienda ni tabaco! Solo carburante… Gracias’, reza el cartel pegado en el cristal de la gasolinera de la Avenida de Guipúzcoa. “Al principio, la gente venía a pedir algo de la tienda, hoy en día si alguien tiene alguna duda llama para preguntar, pero en general todo el mundo sabe que solo puede venir a echar gasolina durante esas horas”, cuenta uno de los trabajadores.

El sonido de las voces de las personas que pernoctan en el albergue situado detrás de la gasolinera es lo único que se oye en las inmediaciones del puente de las Oblatas

Las calles de Rochapea, Chantrea y Artica también están completamente desoladas y en Ansoáin un solitario coche de la Policía Local patrulla el barrio. 

Tampoco hay apenas gente en las Urgencias del Complejo Hospitalario. Únicamente cinco sanitarios trabajan fuera en una ambulancia y miran con curiosidad hacia donde nos encontramos. 

En la entrada del hospital una trabajadora friega el suelo y un hombre entra y sale y, aunque las luces de los controles de algunas plantas están encendidas, solo se respira una calma que parece imperturbable.

La farmacia 24 horas de la calle Yanguas y Miranda tiene la persiana bajada, pero en su interior aguardan por si pueden ser de ayuda en algún momento de la noche. “Desde que comenzaron las restricciones se ha reducido muchísimo el número de personas que vienen a estas horas. La gente tiene miedo y se queda en casa por obligación”, afirma Alberto Marfil García, encargado de la farmacia.  

La responsabilidad solidaria e individual de los ciudadanos combate indudablemente a la pésima gestión de las autoridades en Navarra con el coronavirus. A las 2 de la madrugada el imponente silencio encapota Pamplona y la pálida luz de algunos hogares dispersos alumbra la oscuridad de una noche que parece eterna.


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