Opinión / Periodista y escritora

Corazones de papel

Por Rosa Villacastín 06 mayo, 2016 - 7:54

Pocas veces he sentido tan profundamente esa sensación de orfandad que sentí el miércoles pasado cuando a las 8 de la mañana acudí a comprar los periódicos y me encontré con un hueco difícil de llenar, el del diario El Mundo, que por primera vez desde su aparición nos dejaba huérfanos.

Una situación no por conocida menos dolorosa y a la que parece deberemos acostumbrarnos debido a la grave crisis económica que atraviesan los medios de comunicación desde hace años y para la que no parece haber una solución que satisfaga a todas las partes, a los compradores, a quienes hacen posible que las noticias nos lleguen puntualmente en letra impresa cada día y, por supuesto, a las empresas.

Ya sé que hay gente que piensa que por qué gastar dinero en un periódico, en una revista, en un libro, cuando a través de Internet lo tienes y además gratis. No es mi caso, quizá porque pertenezco a una generación que aprendió a leer en un pequeño periódico de provincias, a valorar el importante papel de la prensa, sin la cuál este país no hubiera conseguido las altas cuotas de libertad que consiguió antes y después de la Transición y hasta nuestros días. Pero no solo eso. El mismo día que los compañeros de El Mundo tomaban la difícil decisión de apagar los ordenadores con el desgarro que eso ha supuesto para todos y cada uno de ellos, otro periódico, en este caso El País, celebraba los 40 años de su aparición. Sin duda un éxito que hay que conmemorar porque desgraciadamente las noticias negativas, dolorosas, de cierres de periódicos, de ERES, de corresponsales muertos o encarcelados se superponen cada vez con más frecuencia a las que nos pueden reportar un poco de felicidad, de evasión, pero también de aprendizaje.

Quienes me conocen saben que uno de los momentos más gratificantes de mi día a día es ese en que me siento en una cafetería a las 7,30 de la mañana, rodeada de mis periódicos favoritos, que voy devorando mientras saboreo un sabroso desayuno. Un placer que no cambio por nada del mundo, no solo porque me permite estar puntualmente informada sobre lo que ocurre en el mundo, en nuestro propio país, pero también porque me permite conocer esas noticias pequeñas que con demasiada frecuencia pasamos por alto pero que en un determinado momento algún escritor, algún periodista -en este caso mi querido Pedro Simón-, logra rescatar del olvido y de la indiferencia, con el fin de que no perdamos de vista los mil y un problemas que aquejan a la gente más indefensa, -mañana podemos ser tú o yo-, si un día desaparecen nuestros corazones de papel.


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