Opinión /

El frontón Labrit, espectador de espectadores

Por Javier de Latxoma 31 julio, 2017 - 19:38

Me imagino que entonces estaría yo a otras cosas, ya que no puedo recordar con la nitidez que me gustaría todo lo que ocurrió aquella primera vez, cuando de crío estuve en este frontón Labrit.

Un momento de uno de los partidos de parejas durante el torneo de San Fermín. FOTO: ASEGARCE.
Un momento de uno de los partidos de parejas durante el torneo de San Fermín. FOTO: ASEGARCE.

Era el año de 1975 y me trajo, desde Lodosa, mi tío Ángel en su flamante y recién estrenado Citroën Ami 6 Breack de color azul junto con un montón de críos y primos, algunos con pantalón corto todavía. Era la final del entonces afamado y respetado campeonato del interpueblos. Aquel año los de Lodosa nos la jugábamos contra los de Oroz-Betelu.

Sin embargo el frontón Labrit ya se había inaugurado veintitrés años atrás, un 24 de junio de 1952, pero en aquella  década de los setenta, en la que yo conocí estas paredes todavía blancas, aún conservaba todo el sabor primigenio con el que fue construido. Aquel suelo de cemento pulido, del que tantas veces oíamos hablar, un suelo dónde “la pelota volaba y la cortada era tanto”, decían los mayores que “jugar en el Labrit te doctoraba como pelotari”. Para todos los críos de pueblo ir al Labrit en aquella época suponía una auténtica catarsis emocional. Nunca jugué aquí.

Pero tan sólo tres años antes, un dos de julio de 1972, otra catarsis, pero esta vez inmersa en las vanguardias artísticas internacionales, ocurría en nuestra Bombonera. El entonces máximo exponente y pionero de la música electrónica mundial actuaba aquella noche dentro de lo que fue la hermosa locura de “Los Encuentros de Pamplona”.  John Cage, con unas gradas a reventar de público y salpicada con los muñecos de Equipo Crónica, tocaba en esta cancha del Labrit.

Los días siguientes fueron durante un par de semanas el momento de mayor difusión internacional de nuestro amado frontón, en todos y cada uno de los espacios dedicados a la crítica de arte contemporáneo de todo el mundo, se nombró al frontón Labrit.

Estas mudas paredes, con sesenta y cinco años de vida, han sido “espectador de espectadores” y casa de acogida de mil y una historia. Fueron desde sus inicios sede del Club Oberena (1954), hasta un año después de la gran reforma de 1986. Reforma que supuso la acometida de los grandes cambios con los que hoy en día las encontramos. Vestuarios nuevos detrás del frontis, asientos comodísimos…, pero sobre todo su color, del blanco al verde y la eliminación de aquel glorificado suelo.

Estas hoy verdes paredes aún se acuerdan de cuando en sus orígenes de los años cincuenta  se quedaron pequeñas en los enfrentamientos de Esparza con Ogueta y en los sesenta con su primer mundial;  cómo en los setenta quisieron apostar a favor de Agustín Asenjo “el rey de los desafíos”, como poco más tarde escuchaban sorprendidas mítines de politicastros irreverentes, y cómo sufrían con los golpes de los púgiles en aquellas veladas de boxeo.

A la vez disfrutaban con torneos de patines, bailes, comidas…y mucha pelota. Estas paredes han visto muchas cosas, pero sobre todo recuerdan ver mucha pelota, de la buena y de la mejor con los Reteguis, Lajos, Maizes, Bergarillas, Piérolas…, luego los  Galarzas, Errandoneas, Belokis, Euguis…y últimamente con Aimar y Juan.

Aun así y con todo este bagaje, creo yo que lo que a estas paredes no se les va a olvidar nunca, es el nuevo y maravilloso ambiente que en estos últimos años ellas mismas se encargan de generar con su nuevo público cualquier sábado por la tarde.

Un público que ha sabido componerse de los viejos y vetustos espectadores en su forma clásica  de ver la pelota, esos fieles de toda la vida, que se alojan en las butacas de cancha y primer piso, mezclados (sin revolverse) con otro de savia y origen nuevo. Éste más jovial, bromista y alegre que se ubica en un graderío hoy efervescente.

Una mezcla que al principio no era del todo bien vista por los primeros, pero que en el paso de estos años el Labrit ha sabido transformar en un perfecto y maravilloso maridaje, forjando sábado tras sábado unos llenazos increíbles, y convirtiendo esta casa en la auténtica fiesta de nuestro sagrado deporte. Sirva de muestra lo ocurrido en estos últimos Sanfermines, dónde conseguir entradas, aun con quince días de antelación, era misión imposible.

No recuerdo con la nitidez que me gustaría aquella primera vez que estuve entre estas paredes, era el año de 1975, pero eso ya me da lo mismo, porque lo verdaderamente importante ahora es saber con claridad que cualquier sábado del año, a eso de las seis de la tarde, en Pamplona hay mucha fiesta, fiesta del deporte más nuestro, el de la pelota y encima aquí, en la Bombonera


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