Opinión / A mí no me líe

¡Qué jodidas son las despedidas!

Por Javier Ancín 22 Marzo, 2019 - 9:26

Hubo un día que compramos un último G.I.Joe y otro en el que dejamos de jugar para siempre. 

Miles de peregrinos asisten a la misa oficiada en la explanada del Castillo de Javier el pasado fin de semana. EFE/ Villar Lopez
Miles de peregrinos asisten a la misa oficiada en la explanada del Castillo de Javier el pasado fin de semana. EFE/ Villar Lopez

Ese día que nunca sabemos cuál fue, es el más triste de nuestras vidas. Se acabó la solidez de la infancia. Se inaugura la adolescencia, que tambalea la cabeza más que un paseo por el puente de Tiermas lleno de barro cada vez que el pantano de Yesa lo devuelve a la vida, que es su muerte.

Parece una panza de gorila, recuerdo que le oí a una señora la primera vez que me pasee por ese puente  ruinoso y con lodos gruesos, y desde entonces todo lo inestable de la vida me parece una oscilante barriga de primate que está durmiendo. Cuando la infancia acaba comienzan los problemas. Todo se vuelve inestable y es mucho más frágil de lo que nosotros creíamos. Si te caes, te rompes. Si se te cae, se te rompe. La vida es un artefacto en un equilibrio imposible que tarde o temprano se viene abajo.

Tengo una pequeña moleskine que me regaló una persona que ya no está y en la que anoto los poemas que voy componiendo. En realidad solo he escrito un único verso en toda mi vida '¡Qué jodidas son las despedidas!', al que voy dándole vueltas cíclicamente, tachando partes y añadiendo otras, pero manteniendo la esencia. 'Las despedidas son jodidas' es lo que se lee hoy, sin énfasis, sin el aspaviento de símbolo de exclamación.

Intercambiábamos tuits el otro día Eduardo Laporte y yo... cagándonos en los juguetes educativos, por lo aburridos que son. Bueno, yo cagándome, Laporte que es un maldito afrancesado al que le pierde la estética, fue más elegante y mucho más generoso que yo, poniendo la semilla de esto que escribo hoy: Los G.I.Joes tienen algo melancólico, la vitola de últimos juguetes. La Baja Infancia. La Primera infancia fueron los Airgamboys. La Alta Infancia los Clicks y la Baja Infancia los G.I.Joes.

La edad nos hace mezquinos, y a algunos egoístas, y en vez de regalarle este último tuit, me lo quedé para mí, para escribirlo en un artículo: Hubo un día que compramos un último G.I.Joe y otro en el que dejamos de jugar para siempre. Un día es el último en el que metes al muñeco en la carlinga del avión y lo despegas haciéndolo rodar con la mano por el pasillo, negociando un último giro cerrado ayudado de tu muñeca, imitando los motores con la boca. Aterrizas sin saber que ya nunca lo aterrizarás más y te piras a merendar. Todo acaba. Y todo acaba siempre mal: en la infancia se quedan los trastos cogiendo polvo y en la vida te mueres. El drama es que no hay nada dramático en ello. Un acto administrativo más.

El último sábado estuve en Javier. Hacía años que no iba a una Javierada, cuando las misas aún eran matinales, quizás 25 años, y me sorprendió la gran cantidad de gente que allí había. 

Le llevé en coche a una persona que me lo pidió. Le hacía ilusión ir a la misa porque quizás sea la última Javierada a la que pueda asistir. Fue una forma de despedirnos, de hacer una última cosa juntos, de regalarme un recuerdo al que poder ponerle el punto final y guardarlo para siempre y así poder volver a él cuando lo necesite, aunque sigamos aún un tiempo los dos por este mundo.

Aparqué en el pueblo y subimos despacio por la cuesta, hacia la trasera del castillo. Lo que yo pensé que sería una tarde triste fue un momento sereno: gran ambiente acogedor, calor casi veraniego y si no alegría, quizás sí que hubo una extraña sensación de esperanza, que quizás por mi falta absoluta de fe, yo no creo en nada, no soy capaz de explicar. Mi acompañante fue feliz y yo al verle, más. Por eso escribo esto, para guardármelo para siempre. Por eso me escribo esto, para cuando me vengan mal dadas. Peor dadas. En Javier siempre encuentro quizás no felicidad pero sí sosiego.

Yo pensaba que las Javieradas estaban en decadencia y las vi más vivas que nunca. La Navarra real, sobre la que no recae el foco, es mastodóntica. La Navarra real que no vocifera y vive a su aire está rejuvenecida. La Navarra real está mucho más sana de lo que yo pensaba. Ojalá nos podamos seguir viéndonos por Javier más años, pensé, y regresamos a casa por esa carretera por la que ya no te enteras de que has cruzado el puerto de Loiti, con el sol cayendo sobre el parabrisas como siempre ha caído por aquí, la Higa de Monreal a la izquierda y de frente esa recta interminable, al atardecer. Y eso es todo.


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