Opinión / A mí no me líe

Alsasua es un estercolero

Por Javier Ancín 07 noviembre, 2018 - 9:30

El domingo me fui a Francia a tomar el vermut y a comprobar que aquello tampoco se parece en nada a Alsasua, pese a que los iluminados aberchándales dicen que Alsasua y San Juan de Luz son la misma unidad política: euscalerría.

 

 

Manifestantes encapuchados tratan de boicotear el acto en favor de la Guardia Civil en Alsasua. MIGUEL OSÉS
Manifestantes encapuchados tratan de boicotear el acto en favor de la Guardia Civil en Alsasua. MIGUEL OSÉS

Descojonado de la risa pensando en los que aseguran que los boronos de la Sakana y los sofisticados franceses son una unidad también en lo racial, vascos, me senté en el café de París, mirando al mar, abrí el iPad y me puse a seguir los acontecimientos de Alsasua, en euskera Portua Hurrako.

Mi descojono fue en aumento cuando vi que habían llenado las calles de su propio pueblo, ese que dicen amar sobre todas las cosas, de mierda. Una buena metáfora de lo que el nacionalismo vasco ha hecho con Navarra. Mientras ese mismo fin de semana, en Bilbao, el nacionalismo gobernante había traído a la MTV para que diera sus premios y Rosalía –para ver la dimensión del asunto, el jefazo de Apple colgó hace unos días, rendido, una foto con ella en su tienda de la puerta del sol en Madrid-, lo petaba con su nuevo flamenco, colocando a la capital vizcaína en el mapa de la Europa moderna, en Navarra el nacionalismo vasco extendía estiércol y odio y violencia por nuestras calles.

Me descojoné por no llorar, porque lo que subyace bajo ese acto apestoso es la misma pulsión posesiva del maltratador que asesina a su pareja con la premisa de o para mí o para nadie. Y eso es lo que intentaron, que la plaza no fuera para nadie, afortunadamente sin conseguirlo.

Hace poco me pasé por enésima vez por el Museo del Prado a ponerme delante de la las Pinturas Negras de Goya. Eso es lo que vi en todos los vídeos que iban llegando de los habitantes de Alsasua, que no querían ceder la calle a nadie que no fuera de su cuerda nacionalista vasca, las pinturas negras adquiriendo movimiento. Como si dos siglos después, sin evolución alguna, descongelados de una burbuja fanática ajena al tiempo, se pusiera de nuevo en marcha el fotograma. Oscuros, encapuchados, grotescos, crispados los gestos y los dedos, las miradas, disparando odio y bilis, otra vez, como siempre.

Para que no quedara duda del pacifismo de la protesta, el nacionalismo vasco puso a desfilar por el pueblo a su embajador, el etarra al que denominan con elocuente sobrenombre del Carnicero de Mondragón. El abuelo tiene sobre la chapela 17 asesinatos, incluyendo un peligrosísimo crío fascista, por español, de 13 años.

Esto ya no es un pueblo, es una secta pensé, y seguí disfrutando, como el que ve una película de terror, del espectáculo que habían montado para revolverse, como unos posesos, contra que Fernando Savater les fuera a cultivar con una clase magistral de profesor de filosofía a las puertas de sus casas.

La frikada fue tan de locos, se les escapó tan de las manos la puesta en escena a los aberchándales, se les fue tanto la perola queriéndose pasar de cabestros, que se pudo ver una pancarta tan demencial, escoltada por dos tipos que sostenían cada uno una ikurriña, con el siguiente mensaje: Os ahogaremos con la sangre de nuestros abortos, con el dibujo de un coño sangrante rajado en mitad de la sabana. Cómo están las cabezas de ese mundo, pensé. Más que un país nuevo, lo que necesitan crear es un manicomio donde tratarse.

Ver cómo hunden la reputación de su pueblo en la mierda, arrastrando de paso la de toda Navarra, hace años me hubiera indignado. Hoy, cerré el iPad que tenía sobre la mesa de la terraza, sonreí por última vez, bostecé medio aburrido, alcé el brazo, puño en alto, para revolucionario yo, y pedí otro Campari al camarero con la intención de terminar de la mejor forma posible la mañana del domingo.

Para los que dicen que es que vienen estos fachas de Ciudadanos aquí a provocar solo tengo una cosa que decir. Durante mis primeros años de vivir en Madrid, tenía la casa cerca, me cruzaba un montón de veces con estos boronos abechándales en la calle Génova -ellos camino de la Audiencia Nacional, yo del metro de Colón para ir a la oficina-, pertrechados con sus pancartitas de apoyo a presos asesinos y demás cartelería, para montar el numerito. Eta aún mataba en aquel tiempo y ellos gritaban sus majaderías con total tranquilidad. Pues bien, nunca vi a nadie que les insultara, increpara o simplemente les dijera nada, cosa con la que yo, reconozco, flipaba mucho, eso y la pachorra con la que se movían por la ciudad. ¿Comprenden la diferencia entre los ciudadanos de Madrid y el pueblo de Alsasua?

Apuré el vaso y puse en un tuit: "En Alsasua muy listos tampoco son. Enhorabuena por confirmar a plena luz del día y con mil cámaras lo violentos que decíais que no erais", pagué y me fui a pasear, contento de encontrarme en la civilizada Francia y no en la Navarra, tan cafre, que el nacionalismo vasco está construyéndonos para entrar a morir. Y eso es todo.


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