Opinión / Sabatinas

Valor y precio

Por Fermín Mínguez 28 noviembre, 2015 - 8:52

Decía Antonio Machado en sus Proverbios y Cantares que “Todo necio confunde valor y precio” y me ha dado qué pensar en esta semana de Black Friday (lo rápido que nos apuntamos a estas cosas, madre mía).

Lo necios que debemos ser, que sólo pensamos en el precio. Incluso sabiendo que los suben antes para bajarlos el día de la oferta.

Ahí que vamos, de cabeza. Pero puede que lo merezcamos, puede que nos lo estemos buscando, puede que esa historia de la picaresca española, y de que nos las sabemos todas esté jugando en nuestra contra. Para muestra un botón.

Por motivos de trabajo me toca ir a Murcia desde Barcelona de vez en cuando. Otro día hablamos si quieren de la planificación aeroportuaria de este país que hace que tengamos 2 aeropuertos a menos de 75 kilómetros el uno del otro, y que si además quieres ir a Murcia, en lugar de ir a su aeropuerto, que está a 50 km. es mejor ir al de Alicante, a 75,  y coger un autobús de una hora que te lleve desde o hasta el aeropuerto, siempre y cuando no cojas el vuelo de las 21 ya que el último autobús sale a las 19, excepto los domingos, que, como todo el mundo sabe es el mejor día para hacer negocios, y hay un autobús a las 22. En fin, otro día hablamos.

El hecho es que como llegué en el vuelo de las 21, me tocó coger un taxi, ya que no hay otra forma de llegar. Llego a la cola, pregunto al que me toca que quiero ir a Murcia y si me lleva “Claro, sube”. Bien. Directo, claro. Pinta bien. 

“¿Me va a pagar con tarjeta?, serán unos 90 euros”. “Sí, prefiero, es mu…”. “Si quiere le llevo a un cajero y saca”. “No gracias, prefiero con ta…”. “Pues siendo de noche igual son 100 euros”.  Y mira por el retrovisor por primera vez, cerrando los ojos, como calibrando. Y sube la radio, Kiss FM, a un volumen que me recuerda a cuando llega el chatarrero. Empiezo a pensar que no va a ser un viaje agradable.

Le pregunto si le importa bajar la radio. Me dice que mejor así, que así no se duerme. “A veces me duermo, y me doy cuenta al rato”, se ríe. Aprieto el cinturón de seguridad y me siento recto. Al menos suena Calamaro, pienso. “Esta radio está bien, aunque a veces te pongan estas mierdas”, dice. “A mí me gusta”, respondo a la vez que pienso que no tendría que  haber dicho eso, pero ya está hecho. Valor. “¿Esto?, unos sudamericanos diciendo que sí, que sí?; esto es inaguantable, no tienes que escuchar mucha música tú para que te gusten estos” Pasan por delante de mi todos los discos de Calamaro que tengo, que son todos. Y los vinilos, y las ediciones especiales. Y decido no responder. Va, Fermín, vamos a sacar conversación ganadora, que ha habido Champions.

Le digo si sabe los resultados de los partidos. Me pregunta si me gusta el fútbol; le digo que me entretiene pero que soy más de rugby. “¿Rugby?, ¿los que se empujan sin sentido y cogen un pepino con las manos?”. Bueno, le explico que si no se conoce el reglamento puede ser difícil de entender. La mirada de Norman Bates aparece en el retrovisor. “Me vas a decir a mí que para saber que liarse a golpes en un campo no es un deporte hay que leer algo. Si vi un rato del partido de China en la tele y eso no hay quien lo entienda. Es para animales”. China. Seguro que se refiere a nuestros amigos japoneses. Respiro, miro por la ventanilla. Veo que estamos en Elche, valoro decirle que pare. Seguro que algún amigo de Fer e Irene me acoge. Decido seguir, hemos venido a jugar. Parece que se ha dado cuenta de que ha estado brusco y busca conversación. “Bueno, ¿qué partido querías saber, el Atleti?”. “El Barça…”. El coche decelera, la radio baja el volumen y el mismísimo ojo de Sauron aparece en el retrovisor… “¿Barcelona?”, pregunta, marcando cada sílaba despacio. “¿Eres catalán?”, pregunta.

“No, vengo de Barcelona pero en realidad soy navarro” Según acabo la frase, el ojo de Sauron se enciende, y yo desearía tener el anillo para ponérmelo y desaparecer. “Joder”, dice, “bueno, me da igual, la verdad que de Madrid para arriba no me gusta nada”. “¿Pero has ido?, le pregunto, crecido, seguro de mismo y con el dedo sobre el botón de llamada de emergencia por si acaso. “Para qué, si no me gusta”. Bola, set y partido para el taxista. Tenía que haberme bajado en Elche.

A partir de ese momento, acelera mucho. Recuerdo cuando me ha dicho que de vez en cuando da cabezadas al volante y dudo en ponerme en la posición de emergencia en los aviones, con la cabeza entre las rodillas, o pedir que no corra tanto. Elijo opción B. Error. “Qué más da, si te va a costar lo mismo”, miro el taxímetro y parece una tragaperras. Levanto la mirada y me encuentro al Joker mirándome en el retrovisor. Busco el San Fermín que llevo siempre en la mochila, me lo pongo en el bolsillo. “Le importa ir más despacio, por favor”. “Si ya estamos llegando”, dice. Y entramos en Murcia quemando goma, como un Fast & Furious cañí.

Pero lo curioso llega al final. Después de hacer la versión en taxi del Crucero del amor. El tipo para en la puerta del hotel y me dice. “Ahí tienes un cajero, ¿seguro que no quieres ir?”. El taxímetro marca 107€. Pienso en la ilusión que le hará esto a Financiero. “No, con tarjeta”, insisto. Bufa, saca el datafono, me señala con él y dice. “Bueno, mira qué voy a hacer...” Aprieto a San Fermín, pienso en mi familia, me santiguo por si acaso. “Te voy a descontar 7 euros y no te cobro la salida de aeropuerto, así que son 100”. “Gracias”, digo emocionado, más por seguir vivo y sin sufrir un datafonicidio que por el descuento. Pago, y cuando voy a bajar escucho “Espera…” Y se lleva la mano al pecho. Pienso que nunca pensé que moriría en Murcia, qué cosas tiene la vida. “Toma mi tarjeta. La próxima vez me llamas y te hago este precio, que ya ves que te merece la pena”

¿Que me merece la pena?, ¿QUE ME MERECE LA PENA? No salgo de mi asombro. Y este es el problema. Parece que mientras ofrezcamos un buen precio, el servicio da igual. Una especie de Black Friday vital. Te voy a tratar como a un trapo, pero tranquilo, que luego te hago un descuento. Estamos perdiendo el trato cercano, el escuchar al cliente, al compañero, al colega y lo fiamos  todo a un tema de moneda. A las tres barras de pan de oferta en lugar del pan de horno. A la cantidad de servicio frene a la calidad del mismo. Y luego nos quejaremos de que esto no es lo que era. Obvia decir que no llamaré a este señor en mi vida, y es él quien perdió la oportunidad de tener un cliente recurrente y de hacer un buen negocio. Eso sí estoy seguro de que pensará que la culpa es mía, por culé, animal del rugby y navarro en el exilio.Si es que vaya mezcla, mejor no llevarme.

Por mi parte, cerrar diciendo que estoy seguro de que es de los que confunde valor y precio. Es eso que decía Machado. Es bueno ponerse en los zapatos del otro para ver cómo pueden verte y asumir la parte de responsabilidad que nos corresponde. Y no tener tanta cara, como canta el señor Bob Dylan.


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