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Opinión / Sabatinas

Preparados

Por Fermín Mínguez 08 septiembre, 2018 - 10:55

Arrancamos de nuevo, no sé si preparado o no porque cada vez se hace más cuesta arriba empezar. Será la edad, o las costuras. Parece que siempre se empieza igual, pero ni uno es el mismo que empezó la última vez, ni tampoco lo es  la realidad a la que se enfrenta. Ni preparados ni entrenados me temo.

Una multitud de personas regresa a su vida cotidiana a la vuelta de las vacaciones..
Una multitud de personas regresa a su vida cotidiana a la vuelta de las vacaciones. ARCHIVO

Hablamos de la cuesta de septiembre como si el mes tuviera algo que ver, pobre, en esa apatía post vacacional que suele acompañarlo cuando lo que pasa es que no tenemos ganas de volver a una rutina que comparada con el ritmo del verano pierde a todas luces. Septiembre es un ejemplo, pero este discurso de la falta de preparación lo aplicamos a todos los ámbitos de la vida y es injusto.

No es que no estemos preparados, sino que no estamos entrenados, que no es lo mismo, no estamos entrenados para asumir las consecuencias, como si lo único importante fuera conseguir los objetivos que nos hemos impuesto. Hemos en el mejor de los casos en la mayoría nos los han impuesto.

Preparados creo que estamos para todo, si no no hay más que ver los ejemplos de personas que hacen cosas extraordinarias a nuestro alrededor: gente que habla 14 idiomas, lenguas muertas incluidas, señores de 97 años que hacen medias maratones, supervivientes de desgracias naturales y algunos de otras no tan naturales.

Todas estas personas son en principio iguales o muy similares a nosotros, la diferencia es la preparación que cada uno hemos recibido. Así alguien que entrena mucho estará más capacitado para rendir más. Sé que es una obviedad y que muchos de ustedes estarán pensando que me ha sentado fatal el verano, pero esta perogrullada desmontaría un montón de las quejas tipo que utilizamos.

El problema es que también estamos convencidos de que basta con que nos entrenemos, con que nos esforcemos para conseguir lo que merecemos, y eso es un error como la catedral de Burgos.

Seguramente el señor de 97 años de las medias maratones además de entrenar tenga un don o una capacidad especial y también haya renunciado a otro montón de cosas con tal de conseguir lo que quiere. O puede que tenga una vida de lo más aburrida porque ya hay que tener ganas para tener esa pila de años y andar por el mundo en pantalón corto y camiseta imperio dando vueltas. O y esta es la opción más seductora, quizás haya llegado a esa edad en esas condiciones porque nunca ha dejado de hacer lo que le da la vida. Y eso cambia la forma de ver el riesgo. Quizás las personas que nos parecen extraordinarias son los supervivientes de sus propios miedos, los que han asumido el riesgo que tiene apostar por vivir creyendo en lo que hacen.

Esa felicidad tan buscada puede que no sea otra cosa que saber disfrutar de todos y cada uno de los logros que conseguimos.

Y aquí hago dos matices si me permiten, (esto siempre me ha encantado, como si pudieran decidir); el primer matiz es que logro no significa éxito, es diferente. Puedo proponerme no consentir que me traten de esa forma que no me gusta y si lo consigo solo lo sabré yo.

Y el segundo matiz es que esta propuesta está bastante alejada de esa idea romántica (iba a poner adolescente, pero me temo que son más del Fornite que de poesía barroca) del Carpe Diem, de vive el momento sin pensar en el mañana. No es cuestión ir forzando la máquina, pero sí de no frenarla. De apostar por lo que se cree y luchar por ello, de querer, de querer sin límite. De recuperar la pasión y sacarla de esa exclusividad del disfrute personal para ponerla en el centro de lo que se vive.

El riesgo de jugar es lesionarte, el riesgo de sonreír es dejar de hacerlo, el riesgo de beber es tener sed, y así con todo lo que queramos probar. Al final el riesgo de empezar es terminar, y cuando empezamos algo que nos llena podemos elegir entre asumir el riesgo de que termine y nos duela, o dejar de hacerlo voluntariamente y no asumir el riesgo.

Ser feliz sabiendo que en cualquier momento podemos dejar de serlo, pero sin que eso nos frene. Asumir el riesgo. No me digan que no suena bien. Ahora toca poner nombre y apellidos a todo esto, y no ser paulocoelhista. El que quiera ponerse como meta la armonía universal, o la autorrealización interior a través del autoconocimiento y el mindfulnes vegano, o llenar páginas con los colores del arco iris, amarillo, naranja, rojo, azul, verde y así, estupendo, pero me parece más funcional asumir riesgos más terrenos, más del barro diario.

Cuidar a los cercanos, mejorar el clima laboral no jugando a las dinámicas que propone, no avergonzarse de las propias creencias, dar tiempo y espacio a las pasiones, esforzarse por lo que nos llena aunque no proceda o nos digan que ya no toca. Asumir el riesgo que eso conlleva lo afianza.

Porque al final el riesgo de ser feliz es dejar de serlo, pero siempre merecerá la pena la sensación de conseguirlo por infinito que sea el dolor que nos producirá perderlo. Y este va a ser mi compromiso para esta temporada que empieza hoy para dos de mis pasiones, escribir y jugar a rugby: jugar con fuego. Compensará cualquier tristeza aún a riesgo de no poder sacudírmela nunca de encima.

Y es que el riesgo de vivir es morir. Y a la vida se viene a vivir, y a la muerte sólo se le gana viviendo, arrastrando la tristeza que produce pero superando su amenaza. Asumiendo el riesgo. Los mediocres sobreviven sin vivir y desaparecen sin dejan rastro, no dejemos que nos guíen.

¿Juegan?


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