Opinión / Sabatinas

El asombro

Por Fermín Mínguez 21 Abril, 2018 - 9:19

A veces la vida te da la oportunidad de conocer otras realidades y poder compararlas con la tuya, aunque sea por sorpresa; y saltan resortes y crujen estructuras, ¿conocen esa sensación? Hay quien la llama asombro.

Una chica se sorprende.
Una chica se sorprende.

He tenido la suerte esta semana de conocer el proyecto “Reimagina el trabajo” al que he llegado, como a otras tantas cosas bonitas, de la mano de Miguel, amigo siempre  y ahora compañero en estas páginas. Les invito a que se den un paseo por su web, y buceen por sus páginas, entrevistas y personas.

Me parece impagable que en estos tiempos de aludes y barros, de verdades a medias, contraverdades, postverdades y mentiras como cañones alguien decida generar un espacio para pararse y reflexionar sobre cómo mejorar el trabajo de cada cual, y por tanto, la propia manera de vivir.

Si entran en su página verán que parte de una iniciativa privada, (de la consultora CyC, que no soy de publicidades pero es que al Cesar hay que darle lo que es suyo, sobre todo si son navarros, claro), lo cual causa más emoción porque significa que alguien decide ganar menos dinero para invertirlo en algo tan bonito y poco productivo en términos de retorno económico como un proyecto de repensar.

Y no me vengan con las excusas simples de “algo les convendrá”, “por algo lo harán”, al menos hasta que no decidan renunciar a parte de sus nóminas para proyectos de mejora, que está muy bien predicar pero mejor todavía está  dar trigo, queridas y queridos.

Pues bien, esta sesión tocaba hablar del asombro, de la mano de Daniel Lasa, responsable de I+D en Mugaritz, absolutamente inspirador en su búsqueda del asombro y que entre muchas dejó alguna perla como que “Mugaritz es un lugar que escapa, nunca está en el mismo sitio”.

Esa dicotomía entre contenido y continente, lo que se es y cómo se es, como el asombro vive de esa ruptura entre lo que se espera y lo que se encuentra.  Y yo que soy de estimulación sencilla ya me vine arriba con el tema .

La RAE tiene tres definiciones para asombro:

1. Gran admiración o extrañeza.

2. Susto, espanto.

3. Persona o cosa asombrosa.

Ninguna coincidente y las tres con mucho sentido, porque el asombro, que siempre es necesario para mantenerse enchufado a la vida no tiene por qué ser agradable. Ir por la vida con los ojos abiertos y manteniendo la capacidad de asombrarse e incluso negándose la de acostumbrarse que es mucho mejor, puede hacer que te lleves más de un susto, que ya vienen bien.  "Soñar incluye la posibilidad de tener pesadillas" como dice Xavier Oliver, uno de los 99 entrevistados.

Buscando referencias al asombro he descubierto que en la mayoría de los casos se refieren al asombro como una capacidad infantil que hay que preservar, y muchas de las veces hablando de ese concepto hortera de mantener vivo al niño interior (perdón por adelantado, pero me puede). Asombrarse, como casi todo en la vida, es una cuestión de actitud y de trabajar las capacidades.

Claro que cuesta más asombrarse cuanto más experiencia se tiene, pero no es un tema de edad. Vayan a hablarles de ingenuidad a los niños que estamos masacrando en Siria diariamente en ese pulso cíclico que los países alineados en bandos echamos cada cierto tiempo sobre un tercero. No creo que sean más ingenuos que nosotros con 5 o 6 años, es la experiencia la que bloquea el asombro, y es algo en lo que tendríamos que pensar, en qué transmitimos a nuestros hijos para que vayan perdiendo la capacidad de asombrarse.

Lo malo aquí es que vivimos cada error como una vergüenza y cicatriza mal, de forma que vamos perdiendo progresivamente esa ingenuidad que nos hace arrancar proyectos poco fiables, o dar ese paso liberador convencidos de que nos irá bien, o simplemente confiar en las personas porque creemos que lo merecen. "Sería maravilloso poder volver a ser ingenuos" dice el propio Daniel Lasa. Y tanto.

Imagínense disfrutar de todo como las primeras veces, vivir en bucle en  los descubrimientos y es más, exprimirlos sin tener la certeza de que se van a repetir. Porque eso también  nos pasa, estamos tan seguros de que volveremos a comer, a beber, a besar o dormir bajo techo que no le damos el más mínimo valor.

Les prometo que yo lo intento, y lo voy consiguiendo con algunas cosas, como cada vez que escucho el “Heroes” de Bowie o contemplo la Sagrada Familia, por ejemplo, y con algunas otras que me da vergüenza compartir por aquí pero lo haré encantado con una cerveza de por medio.

Seguí mi semana de asombro y tecnología aplaudiendo a rabiar un proyecto que permite identificar el dolor en los neonatos a través de un algoritmo.

Como lo oyen. Asombro y bondad gracias al uso de tecnología y los humanos a hacer lo que mejor se nos da, cuidar. Esas son las chispas que encienden la esperanza, ¿no creen? Ahí escuché que Plutarco decía que el conocimiento no es una vasija que se llena sino un fuego que se enciende (bendita aplicación de notas del móvil que llega donde la memoria ya no…)

Así que no es un tema de llegar a un límite y parar, sino de ir encendiendo fuegos a nuestro paso. No es cuestión de dejar vivir al niño interior, sino de ser adultos plenos de capacidades, incluidas el juego y el asombro. En su medida, en su momento y dirigidos si quieren, pero que estén siempre disponibles, sin miedo.

Aunque creo que ya he cubierto el cupo de citas, voy a cerrar con otra que se recoge en “Reimagina tu trabajo” y que a pesar de no conocerla agradeceré siempre a Rafaela Santos, “hay vida después de cualquier miedo”.  Incluso al de ser señalado, o al de tener que curarse las heridas o a que te tomen por imbécil.

El mundo está lleno de asombros, en la tercera acepción de la RAE. Y ganarán.

Tienen ventaja. Jueguen.


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