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Opinión / Sabatinas

Decisión y recursos

Por Fermín Mínguez 18 septiembre, 2021 - 8:36

El éxito tiene muchos ingredientes, y cada cual tiene su propia receta, claro, como la de la tortilla de patatas; pero hay dos que parecen claros: la decisión , entendida como determinación, y los recursos, entendidos como la capacidad para afrontar un reto. Se lo cuento con una historia de aparcamiento en doble fila, ¿pasan y leen?

Sería primavera, uno de esos cuatro o cinco días al año en Madrid que pasan entre el invierno feroz y verano abrasador, y estábamos tomando un aperitivo en una terraza de un pueblo del extrarradio. Unos de esos bares que se ponen en las avenidas nuevas con una terraza tremenda con una carta de tapas que se podría encuadernar en tomos, ¿les suena? El bar hacía esquina y la terraza ocupaba media manzana, una parte de ella daba a una bolsa de aparcamiento, también típica de barrio nuevo. Llena a rebosar, lo que María llama estar a parir, a nuestro lado había una pareja de unos setenta años, amables, sencillos y discretamente elegantes tomando un mosto. Muchas parejas jóvenes con hijos pequeños asumiendo que lo de salir a tomar algo había cambiado radicalmente y las noches de copas ahora eran mediodías de cañas, excepto una pareja algo más jóven, con pinta de no haber dormido, él con camiseta sin mangas azul, ella con una chaqueta como de plástico amarillo. Hablaban en voz muy alta, y con ese lenguaje del que solo conoce cien palabras, seguro que también les suena. Guapos ambos, fornido él, por darles más datos.

El caso es que en un momento dado, la pareja mayor se levanta, se despide de las mesas de alrededor, entran en la pastelería de al lado, compran algo para llevar, parece un brazo de gitano, y se encaminan a su coche. Era verde botella, diría que un BMW serie 5 antiguo, pero podía ser un Clase S de Mercedes, grande en cualquier caso. El problema es que tenían un coche detrás que no les dejaba salir, bastante habitual en sitios con terraza, uno deja el coche y cuando molesta lo mueve y aparca. Ella se metió en el coche, se puso el pastel encima y se ató el cinturón. Él lo dejó arrancado para que ella tuviera aire y fue a la terraza a preguntar.

- Disculpen, ¿este coche es de alguien? Queremos salir…

El coche era un Saxo azul eléctrico, con pegatinas con nombres chungos (que no diré por si se llaman ustedes así, que ya voy aprendiendo), y una llamarada en el lateral. Solo le faltaba que en la matrícula pusiera “El ruedas”. Precioso.

Al no contestar nadie se acercó algo más a las mesas y volvió a preguntar. Todos nos miramos y le dijimos que no con la cabeza, el camarero le indicó con la cabeza la mesa de los Bonnie y Clyde de barrio que se estaban dando el filete y el señor se acercó a preguntarles.

- Disculpad, ¿el coche azul es vuestro?

Ni caso

- Es que tenemos algo de prisa, tenemos un cumpleaños…

- Que sí abuelo, que sí, que ya le hemos oído - le contestó él cuando sacó la lengua del garganchón - vaya que ahora voy.

Abuelo le dijo. La cara le cambió al señor. Hizo amago de hablar pero El Ruedas le interrumpió con un “¿eg que no me has oído?”, con ge de Madrid. Así que el señor fue al coche, le dijo algo a su mujer y esperó.

Nuestros John y Yoko de arrabal siguieron a lo suyo, pasando del señor. Qué después de un par de minutos, más de lo que yo hubiera esperado, volvió a decirle:

- Perdona de nuevo, es que tengo prisa, lo mueves, me voy y lo puedes aparcar en mi sitio y así te olvidas. 

Se lo dijo sonriendo, tranquilo, parecía el protagonista de Up de Disney. Encantador.

- Será pelma el viejo, ¿no ves que estoy ocupado? Anda tira, que ya voy, cojones. Esto dejó petrificado al señor, así que El Ruedas remató la conversación.

- Qué pasa, ¿que te quieres quedar a mirar?, ¡que ya voy!- ambos se rieron con escándalo- ¡¡ mira el vejete verde!! Y se volvieron a reír.

Muy serio se dio la vuelta y volvió al coche mientras desde la mesa le gritaba de nuevo algo sobre que no tuviera tanta prisa, que para lo que tenía que hacer, o algo así.

El señor nos miró, con cara de contradicción y movía la cabeza, como si se acordara de algo, todos le miramos con solidaridad pero ninguno hicimos nada. 

Antes de llegar al coche miró a su mujer desde fuera, asintiendo. Sin decir nada. Ella dejó el pastel detrás con cuidado, abrió la guantera y sacó unos papeles y se puso a escribir. Él se montó en el coche, se ató el cinturón e hizo una llamada de teléfono. Sonrío por primera vez, le miró a ella que negaba con la cabeza, como riñéndole, pero con cariño. Esperó un par de minutos más, tranquilo, y empezó a tocar la bocina. Dos toques breves, y le saludaba a macarra de catálogo. 

- Qué brasas el viejo, si le he dicho que ya voy. Pues ahora se va a fastidiar, (que igual dijo puto y joder, pero que ya saben que a mi no me gusta poner palabrotas). 

El señor empezó a acelerar, a dar acelerones, que sonaban preciosos con ese motor, por cierto, rugía poderoso el coche.

- QUÉ YA VOY. Le gritó desde la mesa, ante la carcajada de la chica. Porque le hizo gracia o porque estaba encantada de tener la tráquea libre mientras él hablaba para poder respirar.

Pero no se movió.

Así que señor y señora se miraron. Ella cogió el pastel de atrás y se lo puso en las piernas, reclinó la cabeza hacia atrás. Él miró el reloj. Subió revoluciones. Se reflejaron en el azul del Saxo dos luces blancas, como de marcha atrás. Subió más revoluciones, sonrió y… soltó de golpe el freno de mano. Hubo un momento de silencio total después del kaboom seco que se oyó. El Saxo estaba como un metro dentro de la bolsa de aparcamiento. El lateral hundido, no mucho pero lo suficiente para que la puerta no abriera, y la llamarada lateral parecía ahora el dibujo de un pedo hecho por un niño. Tremendo el viaje que le metió.

El Ruedas se convirtió en El Ruedines. Blanco se quedó.

Fue hacia el coche corriendo, creo que lo llamaba por su nombre, mi Kitt seguramente, mientras el señor seguía en el coche. Ella le acercó unos papeles, volvió a dejar el pastel detrás y se soltó el cinturón..

- ¡PERO QUÉ HAS HECHO!, puto viejo loco.

El puto viejo loco al oir que lo nombraban salió del coche, tranquilo (he de decir que algunos nos habíamos acercado por si se complicaba, y él parecía que ya contaba con eso)

- Perdona - le dijo- perdona de verdad. No me he fijado que seguías detrás, como has dicho que lo quitabas, pensaba que ya lo habías hecho y no me he fijado…

- Pero, pero, pero… ¿tú has visto, cari, cómo nos ha dejado el coche?

Cari se acercó, nerviosa, medio llorando, diciendo “joder, joder, joder, joder tronco”, que son unas preciosas palabras de apoyo, claro. La señora se bajó del coche con unos pañuelos de papel, se los ofreció con una frase tipo, “tranquila, bonita, que esto no es nada y se arregla fácil. Tranquila”. Cari no entendía nada, pero aceptó los pañuelos y se limpió el rimel que se había puesto a pistola.

El señor se acercó al joven con los papeles que le había dado su mujer y le dijo.

- Mira, este es el parte amistoso del golpe, tengo un seguro todo riesgo que te cubrirá el taller al que vayas, ya he llamado a la grúa, mira. Y efectivamente la grúa estaba llegando, así que ya hacía rato que la había llamado, claro.

- Pero, pero…

- Mira, chico, en esta vida hay que tener decisión y recursos para molestar a otro, y a mí me sobran las dos cosas. Me has hecho esperar diez minutos porque te ha dado la gana, y ahora vas a tener dos semanas de taller, ¿te merece la pena? Espero que la próxima vez tengas más respeto y más cuidado con estas cosas. Aquí sonaba un poco Vito Corleone, y quizás dijo “hay que tener cojones y recursos”, no sé.

Llegó la grúa, me dio la sensación de que se conocían, cargó el coche y pudieron salir. Ni un rasguño el BMW, claro. Al montarse ella le dijo, “todavía llegamos a tiempo”, y sonrieron los dos.

Pues eso, que me estoy alargando mucho, que sé que la historia tiene mil moralejas, saquen cada cual la suya. A mi la que me gusta es que no hay que dar por sentado que sabes a quién tienes delante, ni que historia trae, y que la prepotencia en las relaciones no trae nada bueno, porque cuando más seguro te sientes, aparece un coche antiguo al que no has tratado como deberías y te manda al taller…

Ojalá fuéramos  más como esa pareja mayor y tuviéramos esa decisión de plantar cara, en la medida de nuestras posibilidades, claro, pero ni un ápice menos.

Y seguimos sin hablar de la luz…

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