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Opinión / Sabatinas

Cosas extrañas

Por Fermín Mínguez 28 octubre, 2017 - 11:23

Se acaba de estrenar la segunda temporada de Stranger Things, ¿la conocen?, si no ya tardan. El título se refiere a una serie de Netflix, no un especial de Ferreras, pero podría.

Un fotograma de la serie Stranger Things de su primera temporada.
Un fotograma de la serie Stranger Things de su primera temporada.

Es una historia ambientada en los 80 en un pueblo de Indiana llamado Hawkins, y lo extraño es que existe una realidad paralela, el upside down, que podría traducirse como boca abajo o patas arriba, según prefieran o proceda. Una es la realidad cotidiana y la otra es una réplica exacta pero está gobernada o poseída por un ente maligno que la convierte en algo tenebroso, viscoso y nada recomendable. Es importante saber que una parte es una réplica exacta de la otra, calles, casa, muebles, todo es igual y también es importante saber que las dos están comunicadas.

En una se puede vivir y en la otra no, el Monstruo te ahoga. Son realidades paralelas, comunicantes pero no compatibles. Antagónicas. Y es curioso esto, que siendo realidades calcadas una sea tan diferente de la otra, como la percepción de la realidad, su vivencia hace que la estructura sea secundaria, y entramos en ese debate de fondos o formas, de si la gallina o el huevo, que si la letra o la melodía.

Los fondos seguro, pero seguro, son lo que tienen que sustentar todo lo demás, lo que justifique las decisiones y las posturas; pero las formas, ay las formas lo que definen y condicionan. Cuánta importancia tienen los matices, los enfoques, donde ponemos la luz y donde dejamos al Demogorgon campar a sus anchas (así llaman al Monstruo en la serie).

Cómo cuentes las cosas, o cómo te las cuenten es definitivo para la construcción de la propia opinión, sobre todo hablando de una realidad paralela desconocida, que solo se intuye o lo que es peor, se presupone reforzada por la opinión de afines. Y al final se acaba creando una imagen más personal que objetiva donde los matices acaban por apuntalar una versión y no la otra hasta que la realidad común se convierte en paralela y ya son versiones irreconciliables.

Los matices, esos que hacen que fractura no sea lo mismo que factura, que regar sea mejor solución que pegar, que poder no tenga que ver con joder, que amar es mucho más conveniente que armar y que entender es más profundo y costoso que pretender. Lo que cambia una letra el enfoque. El diccionario dice que hollar es abatir, humillar, despreciar;  hollar, que cosa los matices, ¿verdad?

Los peores desencuentros son los que se producen en los lugares comunes, los que antes fueron compartidos y ahora son defendidos. Los que las formas han desfigurado hasta hacerlos irreconocibles. Las formas y las urgencias, que estas también empujan. Y embebidos de melodías, como en el flautista de Hamelín, seguimos  la que más nos gusta, nos convenga o no, hasta perder de vista al flautista y solo escuchar la melodía.

La canción de hoy (que pega y encaja) es una versión de Highway to hell, (autopista al infierno) cantada por Carla Bruni. A mí me resulta bastante más fácil dejarme liar por la voz de la Bruni que por la de los AC/DC en esta carretera, pero soy consciente de quien seguirá prefiriendo la versión original, incluso habrá días en los que el momento requiera de una u otra, y así tendrían que funcionar los lugares comunes. Sin exigir rigideces.

No sé si alguien se sentirá aludido o reconocerá alguna situación, decirles que, cosas del destino, escribo esto desde un AVE Madrid-Barcelona, en el vagón del silencio. Sonrío. Taza y media de realidad paralela.

De momento me voy a sumergir en la segunda temporada de Stranger Things, confiando en que alguna Eleven aparezca en el panorama nacional y ayude a tirar tabiques.

Cuídense, y que les cuiden.


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